La mirada desenfocada de Julia Margaret Cameron

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Su hija y su yerno le regalaron una cámara fotográfica para que tuviera con qué entretenerse en su solitaria vida en la región de Freshwater, en un extremo de la Isla de Wight. Una mujer etérea que pasea junto a acantilados de aguas heladas. No se imaginaron que ella, Julia Margaret Cameron, ya con 48 años, iba a convertirse en una de las pioneras de la fotografía del siglo XIX.

            Cameron no tardó en captar las posibilidades que le ofrecía aquel artilugio. No hacía tanto que había sido inventado, y todos discutían acerca de cuáles eran sus usos más adecuados -y de cuánto dinero se podía ganar con ellos-. Para Cameron, la cámara dejó de ser una mera cuestión de entretenimiento; había algo poderoso dentro de ella, una inquietud, una emoción, que querían cobrar vida a través de las lentes. Capturaba los rostros de los demás: familiares, sirvientes, amigos de la selecta burguesía intelectual inglesa… En estas composiciones, los retratos, se alzó como una maestra. Colocaba a sus modelos en esmeradas poses, con escenarios teatrales, unas puestas en escena inspiradas en la literatura, la religión y el arte Renacentista. Se inspiraba tanto en Lord Byron y Coleridge como en las representaciones clásicas de la Virgen con el niño Jesús.

            Sólo tardó dos años en llegar al South Kesington Museum, hoy llamado Victoria&Albert (Londres), de cuyos fondos proceden las fotografías que podemos admirar en la Sala Bárbara de Braganza de la Fundación Mapfre de Madrid hasta el próximo 15 de mayo. Entabló una buena amistad con su director, Henry Cole, al que escribió numerosas cartas en letra grande, curva y redondeada, como podemos admirar en los múltiples cuadernos y cartas que acompañan su archivo fotográfico. Cole fue, además de amigo y mentor, uno de sus más fervientes defensores cuando llegaron las críticas, que lo hicieron pronto, y muy airadas.

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            ¿Quién era aquella mujer desconocido que se atrevía a enviar sus fotografías a un museo de la talla del South Kesington? ¿Qué sabía ella de fotografía? Es más, ¿que podría saber ella del arte? “Debemos reconocer a esta dama su atrevida originalidad, pero a costa de todas las demás cualidades fotográficas”, le dijeron desde The Photographic Journal. La cualidad fotográfica que le faltaba era la de la perfección. Si la fotografía había aparecido como la más avanzada técnica pictórica en lo que a reproductivilidad mimética se refería, Cameron decidió emborronar ese uso. Sus retratos presentan manchas y hasta arañazos. Sacaba adelante negativos estropeados.

            Hoy en día, identificamos fácilmente este comportamiento con la experimentación, la vanguardia y la transgresión. En su momento, Cameron fue vista como una amenaza dentro del sector de la fotografía, que libraba su propia lucha porque este nuevo medio fuese considerado un arte a la altura de la pintura y la escultura -Cameron batalló a este respecto-. Pero ella nunca hizo caso de las críticas, y siguió con sus imperfecciones y con sus retratos artificiosos. “¿Qué es el foco y quién tiene derecho a decidir cuál es el adecuado?”, se pregunta, no sabemos si siendo consciente de la rebeldía anticanónica que expresaban sus palabras.

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Fotografía de Kike Rincón.

            En la exposición de la Fundación Mapfre, la primera gran retrospectiva dedicada en nuestro país a la fotógrafa inglesa en el 200 aniversario de su nacimiento, podemos disfrutar de algunas de sus imágenes más famosas. El que ella misma señaló como su primer éxito, el retrato de la niña Annie Philpot. Múltiples variaciones de su sirviente acunando a su nieto en devotas pero arriesgadas reinterpretaciones del tema de la Madonna. Fantasías con efecto pictórico en las que algunos de sus más allegados -e ilustres- amigos posaban como Safo, Sibila o Cupido.

            Llama la atención el retrato de perfil de una joven muchacha. La hemos visto nada más entrar, de frente, los ojos acuosos y la melena salvaje en la imagen promocional de la muestra que llena la ciudad. Y había algo en su mirada que nos intimidaba y a la vez nos resultaba vagamente familiar. Pero hacia el final del recorrido, cuando nos detenemos ante este perfil, hermoso, lánguido, delicado y algo triste, nos damos cuenta de a quién nos recuerda: ella, Julia Jackson, una de las modelos más habituales de Cameron, con esos ojos caídos, ese cuello largo, esa nariz aguileña, es la inconfundible madre de la inconfundible Virginia Woolf.

            La segunda mitad del siglo XIX fue increíblemente prolífica para la fotografía anglosajona. Mientras Cameron seguía enviando sus fotografías a importantes museos, vendía colecciones y publicaba lo que hoy podríamos llamar fotolibros, otros nombres como Gustave Le Gray, John Murray y Roger Fenton se abrían camino. Una época que se movía entre la experimentación y el academicismo.

            Y ya casi acabado el recorrido, cuando estamos a punto de volver a subir las escaleras, nos topamos con otra imagen que nos resulta familiar. Una niña, una cualquiera, ese vestidito, ese mohín en el gesto, echada en su asiento. Inconfundible, Charles Lutwidge Dodgson, el hombre del país de las maravillas, aquel que amaba a las niñas y se preguntaba: who in the world Am I?

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