Ana Gorría, 35 años. Filóloga y traductora.

Nawal El Saadawi

Nawal El Saadawi

Como mujer, no podía comer en el comedor principal del club de la facultad, ni siquiera como invitada. Sólo algunos años antes, una mujer tampoco habría podido usar la biblioteca de estudiantes de pregrado. En 1972 me convertí en la primera mujer que obtuvo la Beca Junior, que libera de la enseñanza a algunos estudiantes graduados, de modo que puedan continuar con sus labores de investigación. Recibí en ese momento una carta de felicitación de un prestigioso académico especializado en estudios clásicios, en la cual decía que sería difícil saber cómo llamar a una colega (fellow), ya que el término “fellowess” le resultaba extraño. Quizás el griego podría resolver el problema: puesto que el masculino para fellow era hetairos, podría ser llamada hetaira. Sin embargo, como yo bien sabía, es la palabra del griego antiguo no para fellowess, sino para “cortesana.

(…)

Ahora estamos intentando crear una academia donde las mujeres y los miembros de minorías étnicas, las lesbianas y los gays, y las personas que viven en culturas no occidentales, pueden ser vistos y también escuchados con respeto y cariño, como conocedores y a la vez como objetos de estudio; una academia en la que “fellowess” no signifique se r llamada “cortesana”; una academia en la que el mundo sea visto como lugar donde existen muchos tipos de ciudadanos y donde todos podemos aprender a actuar como ciudadanos de todo ese mundo.

— Martha C. Nussbaum

 

Creo que nunca he tenido un primer contacto con el feminismo. En mi esfera más íntima, en mi ámbito familiar siempre he considerado a las mujeres personas. Como personas sí que sufren violencia y limitaciones sociales, pero que han podido incluirse en la esfera pública a través del trabajo. Pienso en mi abuela paterna, madre soltera en los años cincuenta durante la dictadura franquista, cuyo apellido conservo yo y mantienen los hijos de mi hermana. Es decir, pertenezco a eso que los antropólogos llamarían una saga matrilineal por cuatro generaciones y creo que eso moldeó mi mente al menos en mi primera infancia y mi adolescencia. Solo he tenido consciencia de las desigualdades, las limitaciones y la violencia cuando he accedido a mercados como el cultural o el laboral, ya que creo que en el ámbito educativo al menos desde la democracia la sociedad provee de herramientas para que la esfera pública sea construida indistintamente por hombres y mujeres. La entelequia educativa, creo, que es una de las razones que llevan a negar a algunas y algunos esa desigualdad que perpetua los patrones de dominación que nuestras madres y, en la mayor parte de su vida, nuestras abuelas han padecido. El patriarcado no es más ni menos que un modo de producción propio de la sociedad preindustrial que ha sobrevivido porque mantiene privilegios, pese a que en la sociedad industrial y posindustrial resulte incompatible mantener la división del trabajo propio de la sociedad preindustrial. Hoy todos somos potencialmente mercancía aunque los métodos de producción aprovechen en su favor las asimetrías estructurales de la división del trabajo propias de la sociedad preindustrial a su favor y que se perpetúa en la reproducción de esquemas. Considero, en consecuencia, que la sociedad ha cambiado, pero el referente simbólico para las personas sigue siendo el hombre y de ahí que el ninguneo o el silenciamiento, no solo por cuestiones de género sino de edad o de estrato social, siga siendo evidente y efectivo en los techos de cristal que existen realmente. Valoro aquellas propuestas culturales que no solo no segregan a las mujeres sino también incluyen a los jóvenes sin distinción. Porque aquello de las mujeres y los niños primero sigue siendo algo vigente y tendemos a confundir edad biológica con madurez personal. ¿Cuál es el antónimo de joven? Está claro que en absoluto el antónimo de joven es inmaduro sino viejo. Sabemos que las sociedades las construyen las mujeres y los hombres y el silencio y la violencia se ejercen indistintamente de la genitalidad. Si tuviera que referir alguna experiencia personal concreta, además de la violencia a la que nos vemos abocadas en la esfera pública ¿qué mujer no ha sentido violado o vulnerado su espacio personal en la calle por un desconocido? He de recurrir a situaciones donde existe competición dado que no somos ni mujeres ricas de Riad ni mujeres pobres de Oaxaca ni niñas ni niños parias de la India. Recuerdo que en la revista que llevábamos en la facultad era la única chica, y yo quería estar en poesía porque me gustaba. Éramos dos en la sección de poesía y amablemente se me ofreció pasar al estatus de secretaria de la revista, cosa que yo rechacé. También en situaciones en las que me he visto en situaciones de autoridad junto a hombres he visto que tanto hombres como mujeres no me incluían en su diálogo a la hora de tomar decisiones. Creo que el principio de minoría simbólica, y no la acción afirmativa (necesaria frente a los techos de cristal) hace daño porque se considera nuestra situación en la esfera pública como una concesión que no tiene nada que ver con nuestro valor.

Soy consciente también de que son dinámicas que nos atraviesan, muy probablemente, porque carecemos de “modelos de relación” en ese sentido, es decir, de referentes cuando me han sido propuestas cosas el nivel de proactividad de las mujeres es mucho menor y, en consecuencia, es algo que se retroalimenta. Tenemos que educarnos en generar nuestras propias listas y dejar de pedir salir en ellas porque el enemigo son los esquemas heredados y que, muchas veces de manera acrítica, reproducimos.

 

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