De vidas ajenas. Janet Malcolm y el sótano prohibido

 

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Al final de «El Aleph» de Borges, el narrador baja al sótano de una casa, un sótano prohibido donde están, sin confundirse, todos los lugares del mundo vistos desde todos los ángulos. Allí ve tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, todas las hormigas que hay en la tierra, la circulación de su oscura sangre. La periodista Janet Malcolm (Praga, 1934) busca acercarse al inconcebible universo que se encuentra tras la puerta de ese sótano con cada uno de sus textos y se pregunta «¿cómo puede ver uno todas las hormigas que hay en la tierra cuando lleva puestas las anteojeras de la historia?».

Pocos datos se conocen de su vida. Nació en Praga y creció en Nueva York, hija de dos judíos checos que emigraron a Estados Unidos en 1939; su padre fue un psiquiatra que nunca aprendió a escribir en inglés y su madre, una abogada que nunca pudo ejercer en América. Exponente del Nuevo Periodismo y contemporánea de Joan Didion y Renata Adler, Malcolm se mueve como una criatura anfibia: practica la entrevista, la biografía y el ensayo con similar maestría.  Se considera una persona impaciente que se aburre con facilidad y, precisamente, por esa cuestión, no quiere aburrir al resto con los detalles de su vida. «Una mujer menuda, vital, pulcra, de aspecto frágil, mirada firme y frente despejada» tal y como la describe el escritor Eduardo Lago en la única entrevista que ha concedido en español. Su carrera periodística está ligada desde el principio a The New Yorker donde comenzó publicando artículos sobre decoración y arte.

A Janet Malcolm le gusta considerarse una especie de amanuense: la gente le ha dictado sus historias y ella las ha vuelto a contar. En la mayor parte de sus libros plantea la naturaleza problemática de las biografías: «No es fácil resistirse a la oportunidad de salir del frío vacío de la oscuridad y entrar en el salón de la posteridad, magníficamente iluminado, mediante pretensiones exageradas de intimidad con los invitados». Será que las biografías son el único género que proporciona algo que uno por sí mismo no puede obtener: la forma en que los otros lo ven. Malcolm cree que se debe desconfiar de ellas. Y afirma que «los biógrafos más astutos, conscientes del problema, corren a insuflar transfusiones enormes de citas en la escena». Un ejemplo que ilustra bien esta cuestión es el pasaje de Leyendo a Chéjov (Alba, 2004) donde Malcolm enumera las distintas versiones de la muerte del autor. Ella misma cuenta que «son tan distintas entre sí que resulta imposible saber qué sucedió realmente. La biografía tiene como punto de partida un puñado de datos, lo demás es invención del escritor».

En cada uno de sus ensayos biográficos (Leyendo a Chéjov, La mujer en silencio: La controvertida relación de Sylvia Plath y Ted Hughes, Dos vidas. Gertrude y Alice) se propone hacer un viaje personal a las vidas de sus protagonistas y, como astuta biógrafa, colma de citas sus textos. Entrevista a los que conocieron a sus biografiados, lee su correspondencia, se traslada a sus antiguos paisajes y explora, sin reserva, sus archivos. En Leyendo a Chéjov describe cada uno de los escenarios donde Chéjov pasó algún momento de su vida o en los que situó sus relatos con un estilo cercano a la crónica. Viajó hasta Oreanda, una aldea próxima a Yalta, y se sentó en el mismo banco junto a la iglesia, contemplando la misma vista del mar donde Gúrov y Anna Serguéievna, los héroes de La dama del perrito (1899), se sientan al amanecer para reflexionar acerca de que «todo es bello en este mundo». La propia Malcolm se define como «un personaje de un nuevo drama: la farsa absurda del peregrino literario que abandona las mágicas páginas de una obra genial y viaja a un escenario original que solo puede defraudar sus expectativas».

Sus libros se nutren de su propia mirada; un “yo” periodístico que no se guarda nada, que duda y se deja seducir por la variedad de voces con las que compone su relato. «El “yo” del periodismo se relaciona con el autor solo de una manera tenue, digamos, la manera en que Superman está relacionado con Clark Kent». El periodista y el asesino (Gedisa, 2004), uno de sus libros más célebres, trata sobre Joe McGinniss, abogado defensor de Jeffrey MacDonald, un médico acusado del asesinato de su mujer y sus dos hijas. McGinniss aprovechó la cercanía a su cliente para escribir Fatal vision (1983), un best seller sobre la culpabilidad del presunto homicida. Con ese libro Malcolm cuestionó la ética periodística y por ello fue odiada por muchos de sus compañeros de profesión. Así comienza: «Todo periodista que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es una especie de hombre de confianza, que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de estas ara luego traicionarlas sin remordimiento alguno». Los periodistas establecen con cada uno de sus entrevistados una relación de aparente amabilidad y les extraen información a cambio de contar su verdad. El problema viene cuando el entrevistado lee el texto publicado y los periodistas intentan justificar su traición. «Los más pomposos», dice Malcolm, «hablan de libertad de expresión y dicen que el público tiene derecho a saber; los menos talentosos hablan sobre arte y los más decentes murmuran algo sobre ganarse la vida».

Comenzó a ser conocida y cuestionada por su tercer libro En los archivos de Freud (Alba, 2004). En 1984 fue demandada por difamación por el psicoanalista y responsable de los papeles de Freud Jeffrey Masson, el personaje principal. Este la acusaba de inventar frases y declaraciones que él no había hecho. Malcolm no dejaba en muy buen lugar a Masson, que le reclamó diez millones de dólares. El nombre de Malcolm quedó manchado durante diez años hasta que un juez rechazó la demanda. Ella misma escribió sobre el caso que «los personajes de las obras no ficticias, en no menor medida que los personajes de las obras de ficción, se deben a los más personales deseos y a las ansiedades más profundas del autor». Y como si de Flaubert en el juicio por Madame Bovary se tratara, Malcolm confiesa: «Masson, c ´est moi».

En su último libro Cuarenta y un intentos fallidos (Debate, 2015) le dedica una breve necrológica al periodista Joseph Mitchell (1908-1996) a quien siempre consideró su maestro. «La hazaña de Joe», escribe, «estaba tanto más allá de lo que cualquiera pudiera hacer que no inspiraba envidia; simplemente inspiraba (…) leer a Mitchell es un remedio famoso entre los escritores para cuando uno se queda atascado». Al igual que le ocurre a Malcolm leyendo a Mitchell, aquellos que lean a Malcolm encontrarán en ella una maestra capaz de obligarte con su mirada —siempre analítica y honesta— a asumir riesgos y comprometerte con la escritura. Cada uno de sus libros es una prueba fiel de que ha traspasado la puerta de ese sótano prohibido, ha visto a todas las hormigas que hay en la tierra y ha sabido volver para contarlo.

*Este perfil fue publicado originalmente en el Ahora Semanal el 28 de agosto de 2015.

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