“Las fantasmas hablan en la nuca…” 8M de 2018, 8M de nuestras vidas

 

 

 

 

 

Puede que sea la tercera o la cuarta vez que suena la canción de Rozalén en bucle, me empieza a picar la garganta porque la canto con ella, a grito pelado, para estupefacción de las gatas y contaminación acústica de mi calle. Entonces caigo en el verso, en las palabras, las fantasmas hablan en la nuca. Vivo con ellas, por ellas, rescatando su memoria, desde hace más de siete años. Hoy España vive una huelga feminista histórica, hoy me he levantado más tarde, no emito señales por mis redes, apenas leo los grupos de Telegram en los que las compañeras están compartiendo fotos, videos, recados, direcciones, necesidades. Hoy empiezo el día con otra canción, “You don’t own me” de Lesley Gore, con la que mi directora de tesis nos ha felicitado a sus estudiantas a primera hora. Hoy no está Pepa Bueno en la Cadena Ser y se nota, vaya si se nota, a pesar de que los señores de la tertulia intenten hablar de feminismo, la ausencia de la periodista y su enfoque y sus colaboradoras y maneras, sobre todo después de la cobertura que el programa ha hecho de la previa de este 8M. Pero las fantasmas hablan en la nuca y ayer yo recibí la cubierta del libro en el que hablo de muchas de ellas, de la memoria cercenada desde 1936 y que, a trozos, con lucha, con las feministas en la Academia, se va reconstruyendo. Hoy la calle, hoy paramos. Hoy el feminismo organizado, plural y diverso, nos marca el camino. Las fantasmas…

 

 

Barcelona, 10 de julio de 1910. Desde 1882, un grupo de mujeres de diversas adscripciones políticas (anarquistas, librepensadoras, republicanas federales, espiritistas) moviliza a las obreras, a las jóvenes, a las madres, para que acudan a las escuelas laicas, para que lean y se formen, para que sean también parte de la lucha sindical y revolucionaria. Pero esa movilización se dirige a las mujeres, se concreta en asociaciones, trabajo específico, publicaciones donde las redactoras y las directoras son mujeres que hablan de la “emancipación”, pero también de las huelgas de la ciudad, de la represión, contra la Iglesia, de la libertad de pensamiento, de cambiarlo todo, absolutamente todo, para las clases oprimidas y, dentro de ellas, para esas mujeres cuyo desamparo y desigualdad es entonces mucho mayor que el de hoy. Ese entramado de feministas radicales lleva décadas haciendo tejido en una Barcelona que el 10 de julio de 1910 ve salir a sus calles a 5000 mujeres, manifestándose a favor de una política educativa laica, defendiendo la emancipación y la educación femeninas, contrarrestando el barullo de otro tipo de asociaciones de mujeres de clases acomodadas y adscripción conservadora que se arrogan la representación de todas y niegan la injusticia y cantan, como dirá en los años veinte Clara Campoamor, “la vergonzante canción de las galeras”. 10 de julio de 1910, 5000 mujeres movilizadas por Ángeles López de Ayala. Esto lo contó la historiadora Dolores Ramos en un artículo de 1999. Ese mundo lo ha rescatado en los textos y las asociaciones de forma trascendental Christine Arkinstall en un libro de 2014. Ese mundo es nuestro feminismo decimonónico más combativo pero apenas lo conocemos salvo quienes lo estudiamos. Esto fue portada de la revista Nuevo Mundo el 14 de julio de 1910. Esas 5000 mujeres serán hoy millones en las calles de España. Porque fueron, somos. Las fantasmas…

 

Siglo XIX, siglo de revoluciones, siglo en el que los señores consiguieron esa emancipación de la autoridad monárquica, al menos en los conceptos, para ser ciudadanos. Decía doña Emilia Pardo Bazán que todo español, por muy progresista que fuera, seguía queriendo a las mujeres de su casa de Fray Luis de León, como en los años treinta del XX dirá Clara Campoamor que desconfía “de los laicos de Viernes Santo en merendero”. Doña Emilia abrió las puertas del Ateneo de Madrid, doña Emilia no pudo franquear las de la Academia. Tradujo a Harriet y John Stuart Mill, a Bebel. Se empeñó en introducir en esas clases medias la conciencia de emancipación y de dignidad de las mujeres, defendió su derecho al estudio porque sí, sin necesidad de explicarlo para que fueran buenas madres luego; exploró en su literatura la posibilidad de personajes femeninos geniales o abisales, diversos, de luz y de sombra. Supo del conocimiento situado y la condición fronteriza y paria de la identidad de las españolas, la teorizó en lo político y la aplicó en lo literario. Se dio de bruces contra esa misoginia de ilustres literatos que sigue hoy al pie de las tribunas de los principales periódicos. Como mujer compleja, como ser humano rico, no fue siempre coherente ni se abrazó en la práctica a la hermandad de mujeres que hoy tanto reivindicamos. Pero siempre en la palabra, siempre en los espacios públicos, siempre cada vez que pudo hablar o escribir, defendió nuestros derechos. Hoy que las pantallas se van a negro en las principales cadenas de televisión, hoy que las voces de mujeres en la opinión pública han decidido visibilizar lo que falta cuando ellas callan. Las fantasmas…

 

1918. En Madrid, sin que tengamos muchos más datos, aunque sí mucho trabajo aún que reconstruir, se reúnen representantes de cinco asociaciones de mujeres de todo el territorio del Estado. Las de Barcelona, más vinculadas a culturas políticas obreras. Las del Levante y el Sur, hermanas de la anterior, asociaciones de extracción popular que se van replicando en el territorio para dar educación a las mujeres más humildes, para dar formación política, para enseñar a luchar y enseñar a reivindicar, para enseñar, también, a ser hermanas, a trabajar juntas, a no estar solas. Están las asociaciones de Madrid, cuya procedencia económica y cultural es sutilmente distinta, clases medias (no “burguesas”, que eso aquí existe poco como clase, y de ahí nuestro devenir económico, aunque esa sea otra historia; clases medias, digo, difusas, complejas, sujetas también a opresiones, sujetas sus mujeres a la norma castrante del ángel doméstico). Cinco asociaciones en total que tienen, dentro de sus diferencias, objetivos conjuntos ante la situación de la inexistente ciudadanía femenina de las españolas. Deciden conformar el Consejo Supremo Feminista de España, deciden, ellas también, asociarse, para hacer más fuerza, para compartir información, para coordinar acciones. Qué poco sabemos todavía de cómo fue todo aquello. Coordinadora Feminista, le decimos hoy, cien años después, sin saber que hace cien años esta idea ya prendió aquí. Coordinadora 8M, redes estatales, redes sociales que sustentan la comunicación directa no ya de cinco asociaciones pioneras, sino de miles de mujeres, millones, en todo el territorio. Las fantasmas…

 

 

María de Maeztu dando clase en la Residencia de Señoritas.

 

 

 

Están los núcleos todavía más invisibles, las energías que se mueven en las primeras promociones que estudian en España para ser maestras. No pueden ser otra cosa. No pueden ser mucho más que educadoras; la Universidad está prácticamente cerrada y las que consiguen ser excepción, a fuerza de pulso y empeño, no pueden trabajar de aquello que han estudiado. Esas maestras que van por primera vez a la Escuela Normal, a la Escuela de Institutrices que conforma el núcleo intelectual asociado a la Institución Libre de Enseñanza. No pueden ser otra cosa y como son excepcionales, son las mejores maestras, las más conscientes, las que abren caminos para la educación de las niñas y pelean condiciones de trabajo, salarios iguales. Es, de nuevo, el siglo XIX. La Residencia de Señoritas no nace de la nada en 1915, no brota por ocurrencia, es resultado de una coherencia de décadas que cristaliza en el centro de educación femenina más potente que ha tenido este país, equiparable a las homólogas anglosajonas de entonces en las que se inspira. Dos nombres, dos pioneras: la maestra Concepción Sáiz, primera promoción de institutrices españolas, la pedagoga María de Maeztu. Bisagra de dos siglos, trascendentes defensoras del feminismo y de que sólo la educación modifica las condiciones de un pueblo. Hoy somos más en la universidad, hoy sacamos mejores notas, hoy todavía las carreras de cuidados y enseñanza están feminizadas, las humanidades; una barrera concienzuda hace compleja la vida de las ingenieras. Marie Curie trabajó en el increíble Laboratorio Foster de las Residencias, se alojó en la de Señoritas que, para entonces, no tenía ya sólo muchachas que estudiaban para maestras, sino para abogadas, artistas, químicas… El contacto del ejemplo, la posibilidad de existir. Las mujeres que nos enseñan que todo es posible. Imagino a una joven estudiante de Farmacia que, claro, entiende francés, escuchando a la Nobel polaca y temblando con orgullo y fiereza. Un impulso vibrante dentro. Margarita Salas, María Blasco. Dos generaciones de científicas de bata blanca que trabajan aquí, hoy. Las fantasmas…

 

Las predilecciones, aquellas mujeres con las que el estudio te granjea una relación estrecha que acaba siendo parte de lo que tú eres, de cómo ves el mundo. Rosario de Acuña, de excepción tolerada a azote de la Iglesia y el conservadurismo. Esto también lo contó Dolores Ramos: nos enseñan el Regeneracionismo en las escuelas, esa generación del 98. Costa, Unamuno. Cirujanos de hierro. De ese relato, de todo lo que pasa en España desde 1868, están excluidas las mujeres: no somos parte del contrato, nadie se pregunta si el contrato vale al no estar nosotras. Sabemos de Joaquín Costa pero no de una Rosario de Acuña a la que el primero admiraba y con quien compartía análisis sobre cosas tan olvidadas todavía hoy como el campo en España. Acuña, acusadora de la Modernidad capitalista que arengaba a las mujeres para ser autónomas, para mirar a la tierra, para ser autosuficientes con sus granjas y serlo, así, en las conciencias. Las horas para estudiar tras la faena, la certeza de autonomía. La coherencia de vivir por las ideas y ser lo que hoy llamaríamos precaria o pobre por convicción. Una madrileña afincada en Gijón que tiene que huir de España por escribir un artículo de prensa contra el machismo y la violencia sexual que las jóvenes sufrían en la universidad que ya las acogía, 1910. Acuña, a la que el cura de la parroquia del barrio de Somió tildaba de bruja. A la que le reventaban las ventanas a pedradas, a la que le llegaban tantas amenazas de muerte. A ella la recuperó Xosé Bolado y, recientemente, no puede leérsela sin el trabajo de la también historiadora Elena Hernández Sandoica. En la nueva política hablamos mucho del rural, de energías, de lo que nos falta en esos campos que son la mayor parte del territorio y que están olvidados de los derechos elementales, de los servicios. María Sánchez, Cuaderno de campo, no sé cuántas ediciones de un libro de poemas escrito desde ahí. Las fantasmas…

 

Cigarreras, claro, cómo olvidarlas. Las primeras obreras organizadas de forma autónoma, emancipadas por la miseria del trabajo, guerreras, en las principales ciudades. Convencidas de que la unión hace la fuerza sin que ello provenga, necesariamente, de una conciencia política articulada en textos. Huelgas por el salario, organización de cuidados de las hijas e hijos pequeños en los propios centros de trabajo. Temidas por los patronos, incendiarias. Emilia Pardo Bazán las retrató en La Tribuna aunque no les dio, del todo, la enorme voz que merecían. Porque Amparo, la Tribuna coruñesa, habla desde el dolor y repite las consignas. Porque Amparo es símbolo que aún no encarna con autonomía aquello que poco después, con tanto esfuerzo, hemos conseguido. Clara Campoamor en la tribuna del Congreso y Margarita Nelken y Victoria Kent y María Lejárraga y Dolores Ibarruri. Irene Montero, primera diputada que defiende una moción de censura en esa cámara, las recuerda, a las cigarreras, para explicar qué país se quiere construir y desde dónde se ancla. La emoción sobrevenida. Las fantasmas…

 

 

 

 

 

El Congreso se saca hoy de la manga un premio a Josefina Carabias, pionera de pioneras, también, en esto del reportaje, la actualidad parlamentaria, pulsar la vida de los años treinta y poner el foco, con convicción, en el pulso de la vida de las mujeres, las modernas anónimas, las no conocidas. A negro las pantallas, sin voces de mujeres las radios. Muda la opinión pública de una forma insólita. Años treinta. Verdadero sufragio universal y una efervescencia por el voto que era, en realidad, un nacimiento. Los reportajes de Carabias en Estampa, como antes los de Carmen de Burgos, primera profesional del periodismo, corresponsal de guerra, esa “Divorciadora” que abrió el melón de la indisolubilidad del matrimonio… en 1904. El Congreso hoy debería estar mudo pero el acto a Carabias y entonces Trujillo, Bernal, Requena, Borraz, Kohan, Momoito, Fernández, Bueno, Fallarás, Pastor, Barceló, Méndez, Artal… No las puedo nombrar a todas porque es imposible, pero cómo han cambiado la faz de los medios a fuerza de su empeño. Las fantasmas…

 

 

 

Trabajadoras y diputadas del Grupo Confederal. Fotografía de DaniGago.

 

 

Sé que Laura está en el centro de prensa, como ha estado en los últimos meses, poniendo al servicio de esa Coordinadora lo que sabe de medios y comunicación. Sé que Sofía está en esos medios, repitiendo algo que no es discurso, porque es vida plena, ante cada micrófono y ante cada duda sobre lo que significa esta huelga feminista. Sé que mi hermana tiene en el hospital servicios mínimos. Sé que Noelia no va a su instituto a dar clase, como tampoco lo hace al colegio, Lola. Sé que mamá no habrá parado del todo, pero hoy no será como otros días. Sé que tantas paramos por todas, que tantas destinan hoy su fuerza a movilizar la calle, que las que no pueden también tiemblan por dentro y quizá, pueden sentir, con orgullo mal disimulado, que nos educaron bien, que nos criaron fuertes, que lo que ellas pasaron para que hoy estemos aquí no queremos que nunca más se repita. Sé que las compañeras tienen un piquete en los putos leones del Congreso, que espero ver fundidos algún día para reparar ese pasado colonial de España que todavía vivimos ignorando. Fue Victoria Kent quien fundió los grilletes de las cárceles de Madrid para ponerle una estatua a Concepción Arenal, visitadora de cárceles. Las fantasmas…

 

Pardo Bazán lo llamó mujericidio y es, probablemente, la palabra más dura de esta violencia estructural que aniquila la vida en el planeta a golpe de testosterona, dinero, ideología y dolor. Paramos por las que faltan, por las que han sido asesinadas, por aquellas desaparecidas, por sus cuerpos y memorias, por los de las que aún sufren esa violencia. Paramos y gritamos por recursos, por cambios estructurales, por otra educación. Paramos porque nos están asesinando y ante ese hecho todo silencio pasa a ser cómplice.

 

Necesitaba escribir. Mi trabajo asalariado ya no es escribir, por lo que en el día de la huelga feminista, bordeando la contradicción y sumergida en el impulso que activó la canción de Rozalén, escribo estas páginas mientras celebro la pequeña estadística de mujeres que hacemos hoy huelga de 24 horas en el Congreso de esos Diputados (no sé si paran las funcionarias de la casa, las mujeres de otros partidos más allá de dos horas; sé que no pueden hacer huelga las camareras, pero son aliadas; me pregunto por la doctora y la enfermera del turno de tarde, por la guardería junto a la sala Clara Campoamor). El Congreso como ejemplo de tantos lugares repletos de mujeres, enjambres de mujeres, en puestos funcionariales medios, en puestos precarios de servicios, las Matildes variadas, obreras, empleadas, que inmortalizó Luisa Carnés en 1934 y que hoy seguimos siendo, aunque este ordenador, aquel móvil, el trabajo, los viajes, los amores, las posibilidades. Las fantasmas…

 

 

*

 

 

La escritora Luisa Carnés.

 

 

 

 

—Buenas tardes, señorita Matilde.

—Hola.

El joven deja el tablero encima de la silla y se retira.

—Hasta mañana.

—Hasta mañana.

“Esto”, no. Ni “lo de Marta”. Ni tampoco la inconsciencia de Laurita. Hay que destruir toda esta carroña. Destruir. Para edificar. Edificar sobre cimientos de cultura. Y fraternidad.

“Antes no había más que dos caminos abiertos ante la mujer: el del matrimonio y el de la prostitución”.

[…]

“Ahora, ante la mujer se abre un nuevo camino…”.

—Señorita, un pastel de carne.

“Ese camino nuevo, dentro del hambre y del caos actuales, es la lucha consciente por la emancipación proletaria mundial”.

La mujer nueva, “sin tipo”, ha hablado y le ha respondido la pequeña Matilde.

Mas la mujer nueva ha hablado también para todas las innumerables Matildes del universo.

¿Cuándo será oída su voz?

 

 

Fragmento de Tea rooms. Mujeres obreras de Luisa Carnés (1934; Hoja de Lata, 2016).

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