Clara Campoamor o la «intransigencia feminista»

 

 

 

 

Acaba de ser 14 de abril, de nuevo. Una vez más, sacamos la bandera tricolor para celebrar la memoria del país que pudo ser y de quienes dieron su vida, desde 1936, por que no dejara de serlo. Suelo echar en falta, en los últimos años de una forma cada vez más consciente, las ausencias del feminismo en la reivindicación republicana: no es muy corriente que el nombre de Clara Campoamor, o el de la almeriense Carmen de Burgos, el de la también diputada María Lejárraga, se festejen estos días en relación con los sucesos de abril de 1931, si no es en el específico de la acción feminista. De algún modo, parecería que la memoria de esas mujeres de Estado que tuvieron un papel principal en la defensa de los valores republicanos y, sobre todo Campoamor, en el logro de la igualdad y la democracia radical, no se incorporó en origen a la recuperación y reivindicación de aquel período desde la llamada transición a la democracia. Me atrevo a lanzar una hipótesis polémica: quizá la izquierda de hoy —por desgracia España no tiene partidos de centro o de centro-derecha con valores republicanos, sino que son todos de vivan las caenas, del PSOE actual a Ciudadanos— seguía pensando que el voto de las españolas, aprobado en 1931, ejercido por primera vez en 1933, era el culpable de tantos males como trajo el gobierno conservador de la CEDA en los dos años siguientes.

 

Si cuarenta años de dictadura tras una guerra civil suponen una pérdida de memoria para todo un pueblo que exige una enorme tarea de investigación y rescate para restañarse, en el caso de la genealogía de las mujeres en su acceso a la esfera pública de la ciudadanía y los plenos derechos, la tarea se vuelve titánica. Llevamos décadas en ella, justo es decirlo, pero todavía hoy tenemos mucho por hacer con figuras como la que me convoca en esta ocasión republicana, paradigma de un nuevo modelo de mujer partícipe y no sumisa que cristalizó entre los años veinte y treinta del pasado siglo. Me refiero a Clara Campoamor, responsable de que la Segunda República española fuera una democracia cierta al consignar la igualdad total en su Constitución, en un artículo 25 del texto que señala algo tan revolucionario y tan sencillo como que el sexo, ser hombre o mujer, no puede ser objeto de ningún tipo de discriminación o privilegio.

 

A partir de ese principio elemental, puede Campoamor elevar una defensa del derecho al voto de las mujeres frente a la práctica totalidad del Congreso, pero también puede reconocer la nacionalidad de la mujer casada, erradicar el delito de adulterio, luchar por el establecimiento del divorcio y, en consecuencia, del matrimonio civil, promover la investigación de la paternidad o dar el mismo tratamiento jurídico e idénticos derechos a los llamados hijos “naturales”; aquellos que nacían fuera de la bendición de una unión religiosa, dignificando así, al tiempo, a la tan anatemizada madre soltera. Todo esto, toda su labor desde 1931 hasta la victoria del Frente Popular, lo dejó contado ella en un texto autobiográfico de título elocuente: El voto femenino y yo. Mi pecado mortal, publicado en la fecha infausta de junio del año 36. Pero antes de adentrarnos en el libro, que acaba de reeditar Renacimiento en la biblioteca que está dedicando a la autora, vamos a hacer una pequeña reflexión bibliográfica.

 

 

 

 

Esta maravilla para conocer la intrahistoria de la lucha por el sufragio justo, por el voto de las mujeres, por la radical igualdad en el seno de un régimen que sólo desde ella, con justicia, con plena democracia, podía ser digno de llamarse República, no parece que forme parte del patrimonio de la historia constitucionalista, legal y republicana de España. Es comprensible: Campoamor pone negro sobre blanco el volumen de miseria moral y escasa técnica jurídica que gran parte del arco parlamentario desplegó para negar el derecho al voto a las mujeres. No se salva nadie, ni los suyos, los minoritarios partidos republicanos, todo ellos de tendencias progresistas en todo lo demás; ni algunos integrantes del PSOE que, no obstante, mantuvo la coherencia de defender el sufragio de las mujeres lo suficiente como para que, a pesar de los discrepantes de sus filas, se lograra el derecho. Así se explica que este testimonio político fundamental sólo nos haya interesado a las mujeres desde que en 1981 se publicó de nuevo por Lasal, Edicions de les Dones, en Cataluña. Con la excepción de una de bolsillo que debemos al diario Público, el resto de las ediciones conocidas provienen del Instituto Andaluz de la Mujer o de la editorial Horas y Horas, de la Librería de Mujeres. Renacimiento, en su empeño de rescatar la memoria republicana, está incorporando por suerte y en el conjunto de esa mirada global sobre aquella cultura política y aquel tiempo histórico, toda la obra de Campoamor.

 

Un segundo excurso bibliográfico: una mujer tan fundamental como ella, que de la más absoluta nada, de ser una nadie, una hija de la ínfima clase media de Madrid, que es tanto como decir una mujer condenada a ser una de tantas Matildes, de las “mujeres obreras” de Luisa Carnés; una nadie, en realidad, como la propia Luisa Carnés, consigue torcer el curso de su historia, formarse ya adulta, obtener la licenciatura de Derecho, ser pionera en defender casos, en abrir su bufete, en colegiarse, en conferenciar sobre asuntos jurídicos desde la perspectiva de género y de los incipientes derechos humanos, llegar a ser diputada, darnos a las mujeres un motivo de orgullo cada abril republicano… una mujer tan fundamental como ella apenas ha sido investigada. Es decir, si alguien quiere saber quién fue Clara Campoamor, tiene que buscar en bibliotecas o en librerías de viejo la biografía que elaboraron Concha Fagoaga y Paloma Saavedra allá por 1981 (con una reedición ampliada a mitad de los dos mil, llevada a cabo por el Instituto de la Mujer y también descatalogada), y puede tener la certeza de que aunque se ha ampliado un poquito el conocimiento en los detalles o las anécdotas, tampoco se ha dicho mucho más con relevancia de lo que ya ellas consignaron hace cuarenta años. No tenemos ediciones de sus artículos hasta la guerra, sólo desde el año pasado podemos leer algunos de los que publica en el exilio en la prensa argentina, gracias de nuevo a Fagoaga y a la editorial Renacimiento. Las fundamentales conferencias de los años veinte, que se pusieron a disposición pública con una edición institucional en Madrid también en 2007, están perdidas para la memoria de la teorización feminista española, siendo no obstante tres piezas que valen su peso en oro para entender de dónde venía el feminismo decimonónico español y en qué punto se encontraba en los años previos a la República.

 

 

 

 

Resumo los excursos: Clara Campoamor es una suerte de madre constitucional olvidada de demasiadas personas, lo que abona el campo a las gloriosas perlas históricas que disfrutamos últimamente a cuenta del significado de la palabra “liberalismo”, bajo la que se adscribe sin duda Campoamor pero no menos, o no sin relacionarla de forma indisoluble con la palabra “república” y, claro, con “feminismo”, por no hablar del progresismo decimonónico español y todas sus batallas perdidas: del año 1812 a 1873. Así la describió un colega de hemiciclo como forma de criticar el trabajo constituyente de la abogada, empeñada en que nadie le tumbase una hoja de ruta clarísima que empezaba en la igualdad escrita en la ley para acabar con las mujeres como sujetos de pleno derecho en todos los ámbitos de la vida: se habló de ella como “la intransigencia feminista”. Lástima que esa parte no suene tanto en la reivindicación sesgada y cándida de su figura que se quiere hacer desde el espectro conservador.

 

Vamos al libro que, insisto, Renacimiento pone de nuevo en circulación y yo convertiría, si pudiera, en lectura obligatoria de cualquier clase de Historia que quisiera hablar de sufragio en su complejidad y prestando atención a lo más importante que puede decirse de éste, una vez se le concede a la totalidad de los varones después de 1868, que es el momento en el que se vuelve verdaderamente universal y es también un derecho de las mujeres, sin condiciones. Una pequeña nota biográfica: cuando Campoamor se decide a dejar por escrito cómo llegó al escaño y para qué lo empleó, se encuentra en un momento político complejo pues su intransigencia feminista le granjeó el apartamiento de los que habían sido sus compañeros y de la posibilidad de integrar listas de esos partidos republicanos que no le perdonaron la forma exquisita en la que metió el dedo en la llaga de sus contradicciones, miedos y mezquindades. La autobiografía es, así, un repaso ordenado, pegado al diario de sesiones, de las cosas que se dijeron y de quién lo hizo para negar a las mujeres la plenitud de los derechos ciudadanos, incluyendo los momentos de insultos, de risas, de violencia, que le tocó vivir en una cámara aquejada, el 1 de octubre de 1931, de lo que la propia Campoamor llamó “histerismo masculino”.

 

Quienes no conozcáis su prosa os descubriréis ante una cronista bárbara, divertida, mordaz, con una capacidad de contar algo tan farragoso como un debate de detalle jurídico con viveza y sin perder rigor, de forma que hasta quienes no venimos del ámbito verbal de los estudios jurídicos nos enteramos de algo. Quizás esa es la gran virtud del libro: que te enteras, claro que sí, de todo lo sucedido cuando tras las elecciones de 1933 se encontró a la culpable perfecta de que las minorías republicanas perdieran el gobierno en favor del totum revolutum de partidos monárquicos y de derechas, la CEDA, y del republicano oportunista por excelencia, Alejandro Lerroux, que se avino a una mala relación con Gil Robles. Campoamor explica, para poner en coto esa acusación de que sus compatriotas votaran lo que les había dicho el cura para echar a perder la República, algo que nos puede resultar contemporáneo: era la ley electoral republicana, que no permitía coaliciones electorales a posteriori pero sí favorecía las agrupaciones previas, la que condenó a esos partidos que en el año 31 fueron capaces de ir de la mano con el PSOE pero para 1933 estaban a la gresca; asunto que, claro, remedian bajo el manto fuerte del Frente Popular para el año 36. Era el marco dado y su ingenuidad, no que cada española de entonces votara lo que le saliera del coño, lo que puso en peligro la República.

 

Eran las mujeres, sin embargo, las culpables de los males de un régimen que viraba a la derecha sin frenos y sin control, y no la tibieza del republicanismo patrio a la hora de encarar el problema religioso, a la hora de meter mano a los terratenientes y llevar a cabo una reforma agraria aplazada desde la Ilustración, a la hora de asegurar que las condiciones de vida y de trabajo de la gente más humilde se garantizaban lejos de los centros urbanos y cerca de aquella España otra, oscura y caciquil, que si aún colea hoy, seguía teniendo amplio margen de maniobra en aquel entonces. Pero fueron las mujeres, poco educadas porque nunca se les ha permitido la educación; beatas porque se había querido refrenarlas con el adoctrinamiento religioso, evitándoles el ejercicio de la libertad individual, no fuera a ser esta camino previo a mandar a la mierda a más de uno; ignorantes porque se les censuraron los libros y se les puso en las manos el papel couché de entonces y el vicio de la moda; arteras porque en lugar de espíritu y dignidad se les había conducido a la caza indiscriminada de marido y a la molicie y la mentira no fuera a ser, insisto, que dijeran hasta aquí. En un repaso que quienes conozcan las obras de Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán o Rosario de Acuña no les va a resultar ajeno, Clara Campoamor vuelve, por enésima vez, a deshacer en sede parlamentaria los argumentos sobre el cerebro de las mujeres, sobre su mayor o menos capacidad intelectual en relación con los derechos reales a la educación reglada, sobre si están sometidas o no al poder eclesiástico porque sí, la Iglesia activa muy rápido su defensa del voto y la movilización de sus fieles de sexo femenino, pero los señores republicanos no se molestan en absoluto por atraer a las mujeres a su causa, cosa que, y vuelvo al principio, hicieron de forma denodada desde la proclamación del día 14, la periodista y escritora Carmen de Burgos y las diputadas Lejárraga y Campoamor.

 

Este libro que parece que sólo leemos las feministas debería ser, digo, lectura de todo el mundo para entender cómo se peleó en el derecho y la dialéctica nuestra condición jurídica íntegra, humana, digna. Lectura obligada para llegar a esta mujer fundamental, dueña de una prosa de lectora empedernida, criada a las faldas de las redacciones de los periódicos, orgullosa de sí como puede estarlo quien sale de la nada para conseguir, no sólo su propia realización, sino el empeño mayor aún de que las demás nadies, las que han tenido menos suerte o menos tesón que ella, tengan derecho y dignidad en cada palabra de la ley. Regalaos la oportunidad de leer una vez más a Clara Campoamor, de que cada vez más el 14 de abril podamos celebrar algo que se diluye pero es central en la historia del feminismo hasta entonces: que ellas sabían, todas ellas sabían, que sin república no puede haber democracia y sólo en el régimen de libertad, igualdad y hermandad de una república las mujeres podríamos ser, por fin, personas.

 

 

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