Letters I

13 de febrero de 2016

Querida Marta:

Empiezo a escribir esta carta e inevitablemente tengo un déjà-vu de aquellas cartas que nos escribíamos cuando éramos niñas dejando de ser niñas. Mi familia se había mudado de Santiago de Compostela a Betanzos y me tocaba dejaros a vosotros, mis amigos más íntimos, y empezar una nueva vida en un colegio en A Coruña. A esa edad 60 kilómetros podían parecer miles. Me acuerdo de escribirte cartas explicando cómo me sentía, me daba la sensación de que me habían arrancado el corazón y esas cartas entre nuestras dos casas eran como las venas que hacían que la sangre siguiese fluyendo. Supongo que así de intensamente se vive en la adolescencia. En ese momento, me parecía imposible creer que podría existir otra vida lejos de las personas que amaba y dejaba en Santiago. Justo hace poco escribía a una poeta gallega que para mí las cartas de adolescencia eran como esas confidencias nocturnas en que atrevemos a desnudar el corazón y decir todo aquello que luego nunca nos atrevemos a decir a la luz del día, una forma de comunicación profunda e irremplazable.

Me acuerdo de esperar a que llegasen las cartas en el buzón, descubrir una caligrafía que reconocía a la legua y leer despacio la carta porque sabía que ese placer no duraría mucho. Estaba deseosa por que me contaras todas las novedades de lo que pasaba por allí y, claro, que me contaras cuantísimo se nos echaba de  menos a mi hermana y a mí.

Al sentarme a escribirte esta carta ha sido inevitable que me asaltasen esos recuerdos y que hiciese ciertas reflexiones. Ahora estás a muchos kilómetros de mí y sin embargo tengo un acceso más inmediato a ti, a golpe de mensaje de whatsapp, de foto o comentario en cualquiera red social. Me da nostalgia pensar que pocos adolescentes medirán el tiempo con la medida de la espera de una carta por correo postal. Recuerdo ese cálculo mental: 3-4 días en que llegue, otros 3-4 en recibir la respuesta…. Durante ese tiempo de espera, en nuestra cabeza cabía una ensoñación entera, la creación de un mundo, la recreación de una respuesta deseada… Esa ensoñación con las posibilidades de comunicación ahora a la fuerza debe ser más efímera, más pasajera.

Escribirte también me hace pensar qué es lo que demonios hace que sigamos en contacto, escribiéndonos, con esa afinidad y ese cariño grande. Nos separamos a los trece años, estuvimos otros tantos con señales débiles de vida entre una y otra, y nos reencontramos como si no hubiera pasado el tiempo en cuanto a complicidad y afecto. ¿Qué ha ocurrido? O mejor: ¿qué ocurrió entonces? ¿Qué ocurrió cuando apenas pasábamos la decena de edad y elegimos a una, dos, tres amigas con las que mantendremos un lazo así tantos años más tarde?

Ya en la treintena me resulta fácil al conocer a alguien saber, casi de forma intuitiva, si la persona que tengo enfrente es alguien con quien hay química o un fondo común, que me sea indiferente o incluso que haga lo que haga vaya a caerme mal.  A esta edad, algo quizás que no pasaba en la adolescencia, uno es precoz en saber las compañías que prefiere. Confieso que hay poca, poquita gente con la que estoy más que a gusto alrededor de una mesa con una buena conversación que pueda durar horas. Me he vuelto un poco tiquismiquis, es verdad. ¿Y por qué sabía que casi veinte años más tarde serías así, tal y como apuntabas que serías cuando eras sólo una chavalita?

Siento que hay algo de esa rebeldía de adolescente que mantienes intacta y que te permite mirar al mundo con esos ojos inconformistas y cuestionadores. Es verdad, pienso en ti, Martiña, en lo que has hecho hasta ahora, y siento orgullo. Porque te lo has currado, porque has cogido tu cámara y has ido allí a donde tenías que ir y has testimoniado aquello que necesitaba ser testimoniado sin más planteamientos.  Has creído que con tu cámara tenías que contar historias de aquellos seres invisibilizados, muchas veces oprimidos, otras veces libres en sus parajes indómitos.  Por ti hemos conocido la historia de los ashaninka en el Amazonas, los pescadores de Senegal, las diferentes comunidades de Londres a través de sus neveras o los rostros de los nuevos gallegos.  Siento orgullo porque has renunciado muchas veces a un sofá cómodo junto al calefactor para ir allí donde había una historia que contar.

Ahora estás en Senegal, sé que este lugar es especial para ti. Es un lugar que de nuevo nos une con sus lazos: el Atlántico, la pesca. Sé también que no es fácil ser mujer, blanca, sin casar, en ese país con una profesión como la de fotoperiodista que no puede ser entendida para una parte amplia de la población. Con tus fotos nos descubres los rostros de algunas de las mujeres de allí. Como la de Rosalie y cómo marginaron y culpabilizaron a ella y a su hijo por haber nacido con parálisis cerebral….

No he podido evitar el carácter sentimental de esta carta, ya me conoces, me perdonarás. Espero tu respuesta donde esos ojos enormes tuyos den cuenta de tu nueva vida y de quienes la pueblan. Estoy deseando que me cuentes cómo está siendo esta experiencia para ti, Marta, mujer, blanca, occidental, soltera, viviendo y retratando la gente y las mujeres de Dakar.

Por lo demás, aquí la vida sigue más o menos tranquila, en Galicia no para de llover desde hace tantos días que he perdido la cuenta, de la mañana a la noche, así que yo me preparo en este refugio que es el teclado del ordenador para aprovechar y tender estos puentes que son las palabras hasta Dakar. Quizás hoy, que he escrito esta carta, sea el buen momento para empezar el último libro que me has regalado: Half of a Yellow Sun de Chimamanda Ngozi Adichie (siempre dando en el clavo…)

Qué ganas de saber de ti.

Te quiero,

Patri

 

 

 

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Dakar, 6 de Marzo 2016

Querida Patricia:

Habrán pasado veinte años, pero leo tu carta con la misma ilusión y la misma emoción que cuando teníamos catorce y nos escribíamos para mantener viva nuestra amistad en esa etapa vital e inocente en la que descubrimos muchos secretos de la vida mientras aparecían nuevos enigmas que no sabíamos si se resolverían con el tiempo.

Antes era de Santiago a Betanzos, hoy es de Vigo a Dakar, y la distancia me parece la misma: enorme pero, en realidad, pequeña. Como dices en tu carta, estamos a golpe de whatsapp o de email, ambos instantáneos, sin embargo seguimos prefiriendo las cartas, y que todo vaya a su tiempo, respetando los ritmos.

Te leo y parece que lees mi pensamiento. Para mí hay cosas que no han cambiado. Sigo viviendo la vida tan intensamente – o más, si cabe – que en la adolescencia, cada día me parece un regalo y también una oportunidad, así que lo exprimo al máximo. Quizás sea esa la razón por la que mi carta se demora tanto; te había prometido contestarte antes, y no he sido capaz de cumplirlo. Desde que vivo en Dakar, no sé decir que no, y cada propuesta, cada idea y cada ocasión que se me presenta, la cojo con fuerza y la vivo al máximo. Tiene sentido, mi trabajo consiste en contar historias, y para eso tengo que vivirlas.

Es cierto que podría haberte contestado en cuanto recibí tu carta, pero tenía poco tiempo para hacerlo y quería hacerlo bien. Recuerdo que aquel día, en solo media hora, tenía que cruzarme la ciudad para asistir a la proyección de un documental que llevaba tiempo queriendo ver: Congo, un médecin pour sauver les femmes de Angèle Diabang, una joven cineasta senegalesa. Ella estaría presente para hablar de la película y no quería perdérmelo; además, quería hacerle una entrevista para el blog en el que colaboro: África no es un país. El documental de Angèle da voz a las mujeres que han sido víctimas de brutales abusos sexuales durante la guerra del Congo, donde la violación se utilizó como arma de guerra para destruir el futuro y la conciencia de una sociedad entera, la congoleña. Una auténtica barbarie que solo podría ser llevada a cabo por nosotros, los humanos. Aunque Congo, un médecin pour sauver les femmes, también cuenta la historia del cirujano Denis Mukwege, que fundó un hospital para acoger y curar las heridas, tanto físicas como emocionales, de toda una generación de mujeres debido a que un gran puñado de soldados y rebeldes que luchaban en una guerra sin sentido convirtieron el cuerpo femenino en un campo de batalla, provocando una herida muy profunda en una sociedad que todavía hoy no se ha recuperado.

Igualmente, solo una acción como la del Doctor Mukwege, que continúa al frente del hospital luchando cada día por ayudar a todas las mujeres que sufrieron estos abusos, podría haber sido realizada por un ser humano, en este caso no solo humano, sino también muy humanizado.

Así es el mundo en que vivimos Patri, y tú lo sabes muy bien, que también has visto muchas cosas, nuestro mundo es un lugar en el que el horror y la heroicidad conviven en el mismo espacio, al mismo tiempo. Y, al igual que cuando teníamos 13 años, el mundo sigue girando y la vida sigue lanzando más preguntas que respuestas. Y yo que creía que cuando creciera lo entendería todo mejor… ¡Qué ilusa era! Bueno, en realidad todavía lo soy, quiero pensar que algún día llegaré a entender muchas cosas que todavía no entiendo.

Cuando veo historias como la que cuenta Angèle, quiero volver a ser una niña, y volver a escribirte cartas sobre lo aburrida que es la vida en Santiago desde que tú y tu hermana os habéis marchado. Pensándolo bien, y aunque me dé pena saber que nuestra adolescencia ahora vive en algún lugar de la memoria, me alegro de poder conocer a gente como Angèle en persona, que solo inspira ganas y fuerza para luchar por construir un mundo más justo y abrir el debate de un tema tan dolorosos y sin embargo necesario como es la violencia hacia las mujeres.

Aquel día llegué tan descolocada de la proyección del documental y del debate que, aunque quería, no podía escribir ni una palabra, las letras no me salían. Y así estuve hasta que pasaron 24 horas, intentando digerir todo lo que había visto, buscando la panera de ponerlo en palabras. De repente sonó el teléfono y la voz al otro lado me decía: “mañana salimos hacia el desierto, vamos a recorrer la zona Norte del país para visitar a las comunidades nómadas de los peuhl que, poco a poco y gracias a la construcción de unos cuantos pozos en una zona desértica y muy castigada por el cambio climático, han ido asentándose y ahora por primera vez las reservas silvo-pastorales del Norte de Senegal están habitadas por los pastores peuhl. ¿quieres venir? Queda un hueco en el coche”. Y creo que la respuesta ya la sabes, porque hasta hoy no has vuelto a saber nada de mí.

Estoy recién llegada de un viaje por toda la zona norte del país, donde un gran equipo de científicos, antropólogos, sociólogos, biólogos e ingenieros trabajan en un proyecto de reforestación que pretende recuperar toda la zona del Sahel, antes verde y rica, hoy totalmente castigada por las continuas sequías y el avance del desierto, que no da tregua. Una semana con los peuhl, el pueblo nómada más grande del mundo y que ahora se ha ido asentando por distintas regiones de África del Oeste, igual que ocurrió una tarde con Angèle, me ha cambiado la vida, y ambas experiencias me la seguirán cambiando.

Estoy viendo cosas increíbles aquí, tan increíbles que me cuesta encontrar palabras para contar todas las historias que me voy encontrando, por eso estoy deseando que vengas a visitarme y las veas tú misma, conmigo, y me ayudes a sacar de dentro y a poner en orden todo lo que vemos, tú con un texto, yo con imágenes, para intentar entender, aprender, armar y compartir la experiencia. A falta de palabras que lo definan, te envío un par de fotos que quizás te ayuden a hacerte una idea de lo que están viendo mis ojos y de la cantidad de ideas que me rondan por la cabeza.

Vente pronto! Estoy deseando enseñarte todo lo que estoy aprendiendo aquí, y como ya te dije, para mí las palabras se quedan cortas, necesito tu presencia para que me inspire y tu visión para que todo tenga sentido.

Aquí te espero.

Te quiero,

Marta

 

 

 

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Somos Patricia y Mö y escribimos cartas desde siempre, creemos que no somos las únicas. Echamos de  menos la costumbre de enviar un sobre al buzón de correos con nuestras inquietudes y confidencias y esperar con ansiedad que llegue  la respuesta. Con este proyecto queremos recuperar una correspondencia que dé cuenta de aquello más valioso de nuestro día a día como mujeres, sin que se diluya entre otras formas de comunicación. Queremos tejer una cuerda fuerte de palabras a la que asirnos a través de cartas con mujeres que admiramos.

En esta primera entrada, Patricia se escribe con su amiga de la infancia Marta Moreiras, fotógrafa con base en Dakar, Senegal.

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