La libre y gozosa admisión de Úrsula Martínez

 

 

 

Úrsula Martínez va a construir un muro de ladrillos ante nosotros. Nos damos cuenta en el momento en que mezcla la masa con agua y la remueve con la paleta de albañil. Lo peculiar es que Úrsula está en escena, enmarcada por un teatrillo rojo de títeres, y nosotros ocupamos el lugar de las gradas de Naves Matadero, Madrid. Además, Úrsula viste muy elegante: de traje de chaqueta blanco y tacones, una impecable dama con aspecto de candidata a la presidencia. Úrsula extiende el cemento con precisión, coloca los voluminosos ladrillos sin mancharse una gota, y nos explica, desde esa concentración, qué le sucede “a veces”. Úrsula se aísla progresivamente tras el muro que ella misma edifica.

Justo antes se ha presentado por su nombre. Hemos recibido su aparición como la de una diva esperada, hemos aplaudido y jaleado. Quizá alguien no la conoce en la sala, pero va a hacerlo en el transcurso de la función: acciones concisas, enunciados transmitidos con sencillez. En Free Admission, Úrsula desgrana el cotidiano contraste de su vida, entre lo banal y lo sublime, como nos sucede a todos nosotros. Nos habla de su madre, natural de Molina de Aragón -de la que ha tomado el apellido-, nos habla de los insultos que recibe por internet; de celos profesionales, de relaciones complicadas entre “princesas dementes” y “princesas menopáusicas” -ella se identifica con el segundo grupo-, de cocaína, del peso de la Guerra Civil española en su historia familiar, de la muerte de su padre debido a un error hospitalario, de calcular el IVA cada trimestre. El tono sosegado deliberadamente conduce a explosiones de humor, pero también a puntos de fuga irónicos, ambivalentes: al relatar su dolor ante la muerte paterna, pide cambio de música y luces, y escenifica un llanto desgarrado. Como espectadores, reconocemos la ironía de la escenificación, pero no dejamos de percibir una verdad cruda sobre el escenario.

Martínez suele tomar este camino. Célebre por sus números de burlesque Hanky Panky o Light my fire -y también, por supuesto, por sus piezas escénicas, como esta Free Admission, o My stories, your emails, otro solo teatral sobre la atención continua que recibe de sus fans-, su manera de desnudarse está bañada en esta aparente sencillez que deja huella, por la pulcritud con que llega hasta el final. En Hanky Panky Úrsula inauguró ese look “respetable” de traje de chaqueta y collar de perlas… para aplicar un truco de primero de escuela de magia: el pañuelo que desaparece en un pase de manos. ¿Dónde está? La elegante dama se despoja prenda a prenda hasta revelar dónde lo guarda. En Light my fire, Úrsula se viste de otro estereotipo: la stripper. Pezoneras brillantes, tanga de pedrería, hace su entrada entre el público, bailando desaforada con un cigarrillo en la boca, con el que ella misma se encargará de deshacer su mínimo vestuario, quemándolo en rápidas fogaradas. Martínez subvierte el striptease para convertirlo en una celebración del juego con el cuerpo, a través del humor y la sorpresa. Ya lo dijo Pepa Anastasio, profesora de Hofstra University, en su ensayo Pisa con garbo. El cuplé como performance:

“La mujer-objeto del cuplé […] se convierte, si no en sujeto consciente de su capacidad para articular sus propios significados a través del performance, al menos en el vehículo a través del cual el escenario, las tablas, se constituye como un lugar para la creación, o contestación, de significados establecidos”.

Pepa Anastasio repasaba en este ensayo las posibilidades que exploraron artistas de cuplé y sicalipsis -género escénico erótico- en las primeras décadas del siglo XX en España y Latinoamérica. En el caso de Úrsula Martínez, hija del siglo XXI, queda claro que es perfectamente consciente de su capacidad para redimensionar significados. En esa precisión en la puesta en escena -gestualidad, acción, vestuario, música- todo nos encamina exactamente hacia el lugar que ella desea para todos nosotros: no un mensaje cerrado, pero sí un estado de libertad donde un desnudo ya no nos incomoda, y podemos dejar al descubierto otras cuestiones oprimentes.

Cuando coloca el último ladrillo, perdemos el rostro de Úrsula, que desaparece tras el teatrillo tapiado. Entonces, su voz pide a una espectadora que saque el móvil. Úrsula reaparece desnuda y llega al graderío de espectadores. Úrsula se hace un selfie con la espectadora. Suena la música de Rocky. Úrsula sale del escenario por la puerta de emergencia, y pide a una técnico que la siga con una cámara. La grabación aparece proyectada sobre el muro de ladrillos. Y entre las cortinas rojas del teatrillo de títeres vemos cómo Úrsula invade, desnuda, el patio de Matadero, un domingo por la noche cualquiera, en riguroso directo, para nuestro regocijo. De nuevo, Úrsula Martínez ha invocado la alegría del desnudo.

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