Cuerpos, cuerpos, cuerpos

Ha llegado el tiempo de los catarros. Por nuestra planta, la cuarta de este edificio en el que el frío se deja sentir bastante, se oyen estornudos y moqueos, arrastrar de pies, frufrú de bufandas. Es verdad que ya es noviembre y que la lluvia imprevista nos pegó buenos remojones el último fin de semana, pero también tenemos otra teoría: que estamos muy cansados. Tras muchos meses de campañas, post-campañas, estreses y tensiones, estos días valle en los que la vida casi parece tranquila son el momento en el que se acusa el agotamiento. Una se pone enferma cuando se lo puede permitir, y este año nos ha dejado las defensas por los suelos. Así que ahí anda el grupo parlamentario casi en pleno, con mala cara y sobreviviendo a base de paracetamoles.

Hay una operación que tiene el poder de llevar a cabo tanto la televisión como la Historia: reducir la persona a personaje, llevándose por delante, entre otras cosas, su condición de humano. Un momento, leído desde cierto prisma, se consigna como hecho y se constituye en verdad. A partir de ahí, su protagonista pierde una dimensión y queda plano, pasa a ser una presencia de contornos nítidos y sin dobleces. En el modo en que hemos aprendido a leer los anales y los titulares, la política aparece como algo mágicamente aislado de lo que nos mueve a todos, a cada uno, en la vida cotidiana. Los marcos de lectura son la táctica y la estrategia, la ideología y el interés. A posteriori todos los pasos pueden tener una explicación racionalizada, causa a su vez de consecuencias que encajan a la perfección.

Pero detrás de esa falsa distancia están los cuerpos imponiendo su ley. A veces, detrás del gran o pequeño paso pueden estar el catarro o el cansancio. La actitud de generosidad o cerrazón que decante la balanza de algún asunto realmente importante, bien puede pender de lo que media entre haber tenido una mañana de amor o por el contrario una noche de insomnio.

Vendrán la historia y las teles a petrificarnos pero somos cuerpos, cuerpos, cuerpos.

Que una negociación decisiva acabe en puede tener que ver con un gesto mínimo de cariño que aporte calma a la entrada de la reunión.

Que una reunión trivial acabe en escisión histórica puede tener que ver con el pertinaz dolor de cabeza de alguien.

Cuerpos, cuerpos, cuerpos.

El tiempo histórico y la lógica de lo que de hecho existe exigen algo que no es del reino de los mortales, una permanente distancia para un juicio aparentemente incorpóreo. Este autoengaño cartesiano tiene todo que ver, por lo demás, con los trajes, los tacones, los despachos asépticos, los protocolos diplomáticos. Todo en este mundo de La Política está pensado para uniformar, universalizar, desexualizar, desapasionar.

Pero no cuela: bajo todos los disfraces y convenciones, el cuerpo sigue siendo cuerpo. Olvidos, hormonas, piel, olfato: no se escapa tan fácil de esta condición de persona; de sus implicaciones desasosegantes para las hijas de la Ilustración que orgullosamente somos. Como mucho, negarlo nos hace menos conscientes.

Nunca como en este ámbito de la política he visto tanta gente que tome ansiolíticos, antidepresivos,  tranquilizantes. Las condiciones en las que trabajamos, en las que vivimos, no son para menos. Estrés, responsabilidad, disponibilidad permanente, conflicto, falta de rutinas, presiones, un teléfono que nunca para de sonar.

Hombres y mujeres al borde de un ataque de nervios que sin embargo se enfundan la americana y la voz de negociar.

Releía estos días —amparada en uno de esos catarros otoñales que me dio la excusa perfecta para una tarde de manta y reflexión— Historia menor de Grecia, de Pedro Olalla. Un libro que se vuelve revelador con una propuesta muy sencilla: repasar la historia indagando en el destello humano que se esconde detrás de los hechos que puntean la rectísima línea del relato oficial. La ira tan personal que llevó a Alejandro Magno a ejecutar a un traidor que tal vez no lo era: y todo su insomnio. ¿Cómo sería la mirada atenta de la Clea que le daba a Plutarco ganas de escribir? El frío que hacía en Esparta antes de que tuviera muros. El ataque de celos que alejó a la, por lo visto, buena consejera Eudocia de la corte del emperador Teodosio. El goce estético que asistió al rey godo Belisario un momento antes de morir, cuando recordó la belleza de los edificios de Roma y cambió su última orden. El vino que se tuvo que tomar el embajador Romero Radigales antes de ser capaz de escribir la carta con la que intentaba que los judíos de Salónica no fueran llevados a un campo de concentración.

Esa perspectiva puede acompañarnos también al leer los periódicos. Yo ya no puedo mirar ni a la Historia ni al hemiciclo sin pensar en desamores y catarros. Cuerpos, cuerpos, cuerpos. Una política distinta habrá de ser también una política a escala humana. Capaz de admitirnos como lo que somos: cuerpos frágiles y precarios, como lo eran Napoleón y Margaret Thatcher. Porque tal vez el cartesiano autómata que nos pintan la Historia y los periódicos pueda decidir con rectitud, generosidad y justicia en toda circunstancia; pero a lo mejor resulta que la presidenta de la cámara tiene un soberano dolor de ovarios en el momento en que más necesaria es su templanza.

Admitirnos frágiles y condicionados por el catarro y los cambios de estación implica bajar el ritmo, permitir el error, entrenar la empatía, recordar la importancia de tratarse con mutuo cuidado.

Cuerpos, cuerpos, cuerpos. Si no lo leemos todo desde la racionalidad impermeable —desde la negociación o la conspiración—, tal vez nos sea, paradójicamente, más fácil entendernos y llegar a los puntos de encuentro necesarios para que el bien común aflore.

Al principio decíamos mucho —porque es hermoso— aquello de que somos “gente normal haciendo cosas extraordinarias”.

Con el paso de los meses, en mi cabeza el lema ha mutado en otro. Como en el libro de los griegos, lo que más me admira y enternece es cuando veo a gente extraordinaria haciendo lo que puede.
Como todo el mundo, por lo demás.

 

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