Todo lo que ser testigo de Jehová me enseñó sobre el feminismo

Besosdevino de Diego Cuevas.

Besosdevino de Diego Cuevas.

Uno de los poemas más bellos está en la Biblia. Me lo recitaba mi abuela cuando todavía me limpiaba los mocos con la manga del chándal. «Oh, ¡si él me besara con besos de su boca! Porque mejores son tus amores que el vino», me leía ella con el libro entre los brazos, aunque a veces ni siquiera lo necesitaba: había memorizado aquellos versos de El cantar de los Cantares en su garganta y se le escapaban por la lengua sin querer. Luego me iba corriendo a mi habitación, cerraba la puerta y apretaba mis ojos, ponía la mano en forma de puño y acercaba mi cara, le daba besos. Tenía seis o siete años y solo quería aprender a besar y a beber vino. Los lanzaba, a veces me acercaba un poco, estiraba mucho el cuello. «Muá, muá, muá», sonaba aquella boca rosa y seca de chiquilla. Yo sé que mi abuela entonaba aquellos versos como un himno al amor romántico y conyugal, incluso beato. Pero para mí este canto erótico —«Me he desnudado de mi ropa, ¿cómo me he de vestir? He lavado mis pies, ¿cómo los he de ensuciar? Mi amado metió su mano por la ventanilla y mi corazón se conmovió dentro de mí»— representaba una pulsión que aún no había descubierto, una sed que te erosiona los órganos si no la satisfaces; la pasión, el deseo, el apetito.

Amarillo Indio.

Amarillo Indio.

Hasta los ocho o nueve años fui testigo de Jehová y me sorprende lo epatados que se quedan algunos cuando lo comento. Hace poco me dijeron que cómo era posible, que no me pegaba en absoluto. «¿Ya no te queda nada de nada?», preguntan como si fuera un virus. Pero lo mejor fue cuando me escupieron un: «¿Testigo de Jehová? Pero ahora eres feminista…». Quise decirle: «Testiga, tes-ti-ga», para que viera que yo el feminismo lo llevo muy adentro y que me doy palmas en el pecho con él mientras grito «olé, olé, olé, ¡viva el lenguaje inclusivo!». En realidad, esa pregunta con tantas oquedades como la boca de un boxeador encerraba una cuestión mayor. Lo que quería decir era: «¿Cuándo dejaste de ser una reprimida y empezaste a utilizar expresiones como “comedme el totomomo”?». Así que yo recordé a aquella niña que leía versos erótico-religiosos con su abuela, aquella cría que era la única que no se reía del «mariquita» de la clase, aquella que se dormía escuchando cuentos bíblicos en una cinta, aquella que no entendía que Eva hubiese pecado porque, como solía pensar en mi interior, «¡la manzana es la mejor fruta del mundo!». Evoqué a aquella mocosa porque, aunque me criaron bajo la idea de que nada de sexo hasta tener vástagos, quise decir que era feminista gracias a que fui testigo de Jehová, y no a pesar de. Conocer a aquellas mujeres que se regían por la palabra de Dios me hizo querer entenderlas. Mis amigas gitanas, muchas de ellas creyentes hasta el aliento, me dicen que respecto a la lucha feminista las payas estamos desorganizadas, que estamos formando islitas. Juzgamos a la otra si quiere ser ama de casa y anhela que su vientre sea sembrado, si baila reggaeton —«eso es de chonis», me dijeron el otro día—, si lleva burka, si dice que jamás se acostaría con una mujer. Algunas hablan de «la policía del feminismo», pero a mí me recuerdan más al portero de discoteca que, de un solo vistazo, decide si puedes entrar o no al garito. Las gitanas feministas que yo conozco nunca dejarían de lado a una de las suyas aunque esta les diga que ser lesbiana es una deshonra. Ellas confirman lo que yo pensaba: que el feminismo no es estar de vuelta de todo y tener un conocimiento absoluto, sino cuestionárselo todo.

Quizá yo leyese el Nuevo Testamento en lugar de leer a Simone de Beauvoir, y mi referente femenino era Hermione Granger en vez de Virginia Woolf, pero en aquellas reuniones donde cantaba cánticos a Yahvé y las mujeres iban con falda —por debajo de las rodillas siempre— y los hombres con pantalón, aprendí que no me gusta que alguien dictamine una sentencia sobre mí por mi educación cristiana y de moral cuestionable, así que ¿por qué hacerlo yo? Recorremos la senda juntas aunque algunas cojeamos o nos sentamos en el polvo por cansancio mientras las hay que trotan, galopan o corren. Si la Biblia tiene un relato casi pornográfico en su Cantar de los Cantares ¿por qué no iba a ser feminista una testigo de Jehová, una musulmana o una atea? Dejemos de señalar con el dedo y demos la mano a las que se caen por el camino.

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