“La desconocida que soy” de Índigo Editorial

 

 

Portada de La desconocida que soy, Índigo Editorial.

 

 

 

Nosotras escribimos diarios (y poemas y cartas). Así empezamos a vincularnos más profundamente: compartiendo lo que escribíamos sobre las experiencias vitales. Internet había hecho lo suyo: conectarnos con otras personas que estaban en lo mismo. Un día nos sentamos (Marina y Carla) en una plaza de Malasaña, en Madrid, y nos pusimos a charlar sobre qué hacer con aquellas relaciones entre escritura, intimidad, viaje y vida. Poco a poco las ideas se fueron materializando. Llegaron personas fundamentales en aquel diálogo (Olga dijo que publicáramos diarios de mujeres) y nació Índigo Editorial.

 

Las cuestiones que nos parecen fundamentales en Índigo fueron aflorando: valorar la literatura intimista -el diario como centro de nuestra escritura-, ofrecer el espacio a las mujeres que se les ha estado negando en la literatura, y construir un puente entre las escrituras íntimas de España y Latinoamérica.

 

Para traducir estas inquietudes, decidimos publicar una antología de diarios íntimos de mujeres, titulada La desconocida que soy y que verá la luz a finales de marzo de este año. Lo hacemos todo sin recursos económicos y por eso lanzamos una campaña en crowdfunding, para que el libro nazca del apoyo de las personas que crean en esto. Para que germine desde la ilusión y la capacidad de generar vínculos, desde el sentido comunitario del acto creativo.

 

El prólogo del libro está escrito por Laura Freixas, como no podía ser de otra forma. La escritora tiene un amplio recorrido en la investigación y escritura de textos íntimos y nos abrió la puerta a su propio diario para entablar esta conversación múltiple que supone la antología.

 

Dice Laura: «Cada vez entiendo mejor cuál es el problema para que las mujeres accedan al reconocimiento en el mundo de la cultura. No es solo una cuestión cuantitativa, eso de Groucho Marx: “Con mucho gusto le dejaría mi silla, si no fuera que estoy sentado en ella”; no, es eso, pero hay algo más: hay una subjetividad masculina (por razones sociales e históricas, claro, no biológicas ni metafísicas), que es la que la sociedad pone en un pedestal: la omnipotencia; eso es lo que se admira, lo que se desea, el traje de Supermán que los hombres quieren ponerse, con el que sueñan; y hay una subjetividad femenina (la que nos atribuyen), de calor humano y placer sexual pero también de carencia, falta, debilidad, de cuidar y complacer pero no mandar ni amenazar ni destruir, de incompletud, y eso es lo que ellos no pueden soportar. Necesitan que exista, pero tienen que sacarlo de sí, atribuirlo a esos seres tan ajenos que son las mujeres, y dejar claro que lo desprecian. Entonces nosotras, no solo en la cultura sino en lo social, familiar, psicológico, estamos ante un dilema imposible. Si intentamos adoptar otra actitud: autoritaria, ambiciosa, conquistadora, nos riñen, fruncen el ceño, nos atacan, no gustamos, no nos creen, nos ven como insoportables, ridículas o impostoras. Si, por el contrario, asumimos el papel que nos han otorgado (chica sexy, gran dama, abuelita de cuento de hadas, Isabel Preysler, Melania Trump…) , entonces sí que gustamos, pero claro, a condición de estar relegadas, mantenernos en el lugar que nos han asignado, y tratarnos con cariñoso desprecio».

 

 

 

 

 

 

 

Durante el camino, estamos aprendiendo que el lenguaje libera, pero también encierra. Que no queremos que Índigo abrigue solo a las mujeres en situación de privilegio. Que incluso el término mujer queremos ponerlo en duda y que se abra un espacio para las distintas identidades que el feminismo quiere rescatar de la sombra. Por eso, en Índigo hablamos de mujeres cursiva y queremos que la acción supere a la palabra.

 

Como escribe Concha García en su libro Los antiguos domicilios, «las mujeres no es la muje. Y en este libro, en esta editorial, queremos explorar esa multiplicidad de voces y al mismo tiempo, investigar si existe una subjetividad común que radica en lo que nos ha sido asignado y de lo que queremos desprendernos o deconstruirnos, para reconstruirnos.

 

No estamos de acuerdo en la excepcionalidad de la literatura escrita por mujeres. No queremos estar en una estantería aparte. Pero queremos tomar el espacio que merecemos como creadoras. Estamos en esto para habitar el territorio que nos ha sido secuestrado. Para poner el cuerpo y la voz. Para usar la palabra donde se nos impuso el silencio.

 

Creemos en la importancia de recordar la voz de aquellas que nos precedieron y también de alzar la de quienes son nuestras coetáneas. Por eso ‘La desconocida que soy’ compila fragmentos de diarios de autoras contemporáneas de España y Latinoamérica. Son muchas las que hoy escriben diarios como un ejercicio terapéutico pero no es solo eso. En la escritura íntima hay memoria, registro de una época, testimonio, intercambio de ideas.

 

 

Viernes.

Ha salido el sol, pero no sé la hora exacta en la que escribo. Se ha caído el reloj de la mesa, se ha quebrado el cristal, se ha perdido el minutero: atisbo de revolución contra el tiempo. Encuentro el espacio azul que va de la causalidad hasta mí misma y avanzo. Color que cae como el agua, y lluvia. Color que cae. Augurio que avanza como el sol sobre el otoño. Hubo, extenso, alguna vez.

Sol Iametti

 

 

 

 

Lo que nos parece esencial es que en la literatura intimista, contamos quiénes somos y qué nos ocurre desde la dimensión que supone lo íntimo y que inevitablemente, se hace político y público. En nuestra escritura íntima hay autocensura, secreto y subtexto. Pero también hay grito, libertad, autoexploración.

 

El diario de las mujeres escritoras ha sido entendido como un lugar sin importancia literaria, como una almohada a la que le contamos “las penas”. Pero nuestros diarios movilizan intelectualmente a quien los lee. Despiertan preguntas. Conmueven. Ahogan y ayudan a respirar mejor.

 

En nuestros diarios estamos vivas y somos seres pensantes. En nuestros diarios cambiamos la realidad que pretende determinarnos.

 

 

Ayer morí —tuve esa sensación de pisar mis pasos como si estuviera toda entera descalza, del corazón a los pies—. Un frío soberbio mordiéndome y arrancando de cuajo cualquier calidad y salud de mi cuerpo. «Esto por ser mujer», me decía el frío. «Esto por tener senos», me decía el dolor. Y yo no podía parar de refugiar el lugar en donde criaturas podrían, si me dejase, encontrarse con la vida.

Laire Sur

 

 

La desconocida que soy es un recorrido a través de los extranjerismos, el cuerpo, la soledad y la rabia, el viaje, la alegría, la enfermedad, el recuerdo, la muerte y por supuesto, la vida. Estamos seguras de que vale la pena que este libro se haga real, que salga a la calle, que sea subrayado y compartido, que sea debatido. Que ocupe en las estanterías el lugar que merece.

 

 

Todo el tiempo que transcurre en esa ciudad inmensa me siento pequeña, pero al mismo tiempo soy consciente de lo particular e irrepetible de mi existencia. El pequeño milagro reflejado en mis manos de gota de agua, en mi mirada de travesía marítima, en mi piel de mapa indescifrable. Todo el tiempo soy diminuta pero contengo un universo. Soy viajera maga que recorre en dos horas y media la distancia entre Sevilla y Madrid, y en un segundo el no-tiempo entre una vida y otra. Todo el tiempo reflexiono sobre lo aleatorio de ser Susana y sobre el misterio de ser también una mujer de El Congo, el camarero con acento castizo, un emigrante en un país extraño, o un librero que ofrece libros usados. Todo al mismo tiempo. De todo ello solo hay un testigo imperecedero: la naturaleza. Los árboles que acumulan anillos y vuelos de pájaro, mientras nosotros los humanos aprendemos la lección de humildad ante lo definitivo e innegociable de la impermanencia. Y de nuevo me conmuevo. No sé qué clase de energías se están moviendo en mi interior. Y ya me tengo que ir a trabajar. No hice la cama. Hoy no hice la cama, ni ayer, y me compré unas sandalias blancas de piel, porque me hacían falta.

Susana Simavilla

 

 

 

Queremos un papel activo en el arte. Si el arte no nos interpela, nosotras lo haremos. Si en las historias aparecemos disminuidas, invisibles, siempre disponibles, entonces inventaremos nuestras propias historias, y las contaremos.

 

Para todo esto ha nacido Índigo: para que en esta fiesta seamos nosotras las que pongamos la música.

 

 

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