Reflexiones en torno a “La academia de las musas”: poetas huérfanos y creadoras subversivas

 

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La academia de las musas es el último trabajo con el que el cineasta José Luis Guerín ha cautivado a sus espectadores. Tras una invitación de su amigo el profesor italiano Raffaele Pinto, especializado en la obra de Dante, Guerín comienza a filmar sus clases y a sus alumnas del posgrado de filología. En el seminario, se debate acerca de la influencia de las musas en la antigüedad y el profesor plantea un curioso experimento: crear una academia de las musas cuya función última sea reinstaurar la palabra como motor generador de belleza y nuevas ideas. Nos hallamos pues, ante un doble experimento: el del profesor y el del cineasta, quien comienza su experimento fílmico grabando las clases con naturalidad y de esta experiencia surgen los personajes que no son otros que ellos mismos representando y viviendo ciertas situaciones. De esta forma nace un innovador formato que cuestiona de raíz el lenguaje cinematográfico y que ha hecho que Guerín se alce con el Giraldillo de Oro en el Festival de Cine Europeo de Sevilla 2015.

Pese a las críticas que algunos puedan interpretar a partir de este artículo, reconocemos que se trata, sin duda, de una película de gran belleza. Los diálogos platonianos entre profesor y alumnas en diferentes planos teóricos (en la clase) y prácticos (fuera de ella) van seduciendo poco a poco a los espectadores. En las escenas que tienen lugar fuera del espacio físico universitario, se interpone, a menudo, un cristal entre nosotros y ellos para proporcionarles la intimidad que el seminario les roba ya que en las escenas de las clases, el espectador debe refrenar su deseo de alzar la mano y participar activamente en el ágora.

Nuestra reflexión se centra en la concepción misma de la musa. La hipótesis del profesor es que la musa de nuestros tiempos debe abandonar su papel de guía pasiva de la antigüedad y ser, en sí misma, objeto deseado y ente deseante, a un mismo tiempo. Sin embargo, poco a poco el profesor se transforma en el poeta antiguo y pasa a vampirizar a sus alumnas-musas y a nutrirse de su intelecto y su sensualidad bajo la sospecha de su mujer, Rosa, del tipo de relaciones que mantiene con ellas y los celos asociados a este hecho. En realidad estas musas antiguas y desfasadas a las que se refiere el profesor, fueron mujeres que a lo largo de la historia del arte, de la ciencia y del pensamiento, han apoyado, ayudado y dirigido a los hombres en sus indagaciones y creaciones.  De manera que deberían reconocerse en calidad de artistas y pensadoras. Sin embargo, el sistema patriarcal les ha adjudicado siempre un papel secundario y las ha invisibilizado.

Pinto no quiere, en última instancia, ayudar a desarrollar creadoras sino musas activas que en un remedo de la coyuntura en la que vivimos adopten roles cambiantes pero que siempre sirvan para los beneficios egoístas y unilaterales de los demiurgos. Se cae así, inevitablemente, en la trampa de la “musa activa” que no es sino una reformulación moderna de la mística de la feminidad. Si bien es cierto que en el filme no todas las alumnas se muestran receptivas a la idea del profesor; la existencia misma de una academia de las musas, en lugar de reivindicar a la mujer como un verdadero ser creador libre de elegir y conformar sus propios discursos, la pone al servicio de los poetas y es, por tanto y en sí misma, conservadora, en tanto que mantiene el orden actual de las cosas.

Tanto las musas como objetos de deseo inalcanzables de la antigüedad, como estas musas 2.0 que deben, supuestamente, servir de guías mediante la aspiración de sus propios deseos y anhelos, comparten el mismo deber: insuflarle a los hombres la capacidad de producir ideas nuevas. Esta idea parte de la premisa de la identificación de la mujer con la inspiración, lo quasi divino, lo impredecible, lo irracional, es decir, la naturaleza. Mientras que el hombre es cultura, ciencia, razón, y mente, la mujer se ve relegada a la mistificación debido a que, supuestamente, las labores reproductivas la identifican más con la naturaleza. Este dualismo cartesiano reduccionista que distingue entre la naturaleza y la humanidad, implica lógicas de dominación que colocan al hombre en la cúspide de la jerarquía. La mujer no puede ser creadora porque, al quedar fuera de la cultura creada por y para el hombre, deja de ser un sujeto activo en ésta y su esencia oscilaría entre lo divino y lo humano.

Según el profesor, la musa debe modificar su propio símbolo, su propia definición, pero siempre dentro de los marcos que le son ya dados. No obstante, consideramos que la exigencia de las creadoras no debe ser redefinirse en un marco impuesto que la aliena, sino cuestionar el marco mismo y hacer una crítica profunda a todos los símbolos de la feminidad, así como a los mencionados dualismos excluyentes que distorsionan la verdadera imagen de las mujeres y parir nuevas definiciones de sí mismas. Las mujeres no podemos, ni debemos, vernos sujetas a los intereses de ningún demiurgo sino que debemos ser musas y poetas de nosotras mismas.

La película, en cualquier caso, invita a la reflexión acerca de si el personaje del profesor acaba satirizado y caricaturizado y vencen las creadoras o si realmente es él quien se alza vencedor al convertirlas definitivamente en sus musas.

 

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