Sara Torres y Laia López Manrique

EL TEXTO LESBIANO

Quiero empezar con una cita, ya que hablamos de construir genealogías: por lo tanto, de buscar y registrar antecedentes, que en el caso que nos ocupa han de ser siempre muy imprecisos. Una genealogía otra, desviada, distinta, difícil de registrar y de seguir; una genealogía, digámoslo ya muy claramente, lesbiana. Por ello, mis palabras no van a ser sino eso, hilaciones de palabras de un discurso lesbiano, hilos e hilos de palabras lesbianas de las cuales voy a funcionar como eventual cauce o bobina que las trenza y las enmaraña. La cita a la que me refiero es de la poeta canadiense en lengua francesa Nicole Brossard, y dice exactamente: “Si no fuera lesbiano, este texto no tendría sentido”.

Si traigo a colación la cita de Brossard es porque , si bien es posible que la literatura lesbiana como tal no exista, ni queramos que exista como un núcleo compacto y apartado, un ghetto aislado de la literatura en mayúsculas o en conjunto, sí que existen incisiones, punzadas, filtros, giros de la mirada que son específicos de un texto lesbiano. Lo que quiero decir es que no hay literatura lesbiana, pero sí hay texto lesbiano. Y el texto lesbiano es el que se dice desde un ángulo de diferencia.

Podría pensarse, en principio, o “bienpensarse”, más bien, que un texto lesbiano es un texto que refleja, expresa o recoge el deseo entre mujeres. Alguien acotaría algo aún más restrictivo: es el que expresa o recoge el deseo entre dos mujeres. El amor entre dos mujeres. ¿Entre dos? ¿Quién ha hablado de dos? Del par, esa tácita imposición venal y venérea, rígida y normativa. El molde familiar. La familia homoparental. “Si eres lesbiana, al menos sé normal.” Atente a las normas. Al dos. A la pareja.  A esa búsqueda. Antes decíamos “heteronormativa”. Ahora decimos, también, “homonormativa”.

Platón, a través del parlamento de Aristófanes, explica en El Banquete la diferenciación sexual y la experiencia amorosa a través de un mito. Dice que en el origen existían tres seres dobles, hombre-hombre, mujer-mujer y mujer-hombre, y que estos seres fueron demediados por Zeus a causa de su soberbia. Quedaron así mujeres y hombres, dirá Aristófanes, que continuaron sintiéndose atraídos por su antigua mitad perdida. El sexo tiene que ver, así, con un corte, una sección, y el amor con la búsqueda de la complementariedad.

Pero yo, contra Platón, he traído a Safo y a Natalie Barney. De Safo tenemos el mito y los fragmentos. Las múltiples amadas/amantes. Safo la enamoradiza. Detenida en el placer y en el sufrimiento. Un sufrimiento placentero, sensorial. Su visión del deseo como un rapto de los sentidos. Safo no busca la unidad perdida. Busca la belleza, la donación, la caricia. Busca e instituye su propio lenguaje, el lenguaje del Eros. Y lo lega a la historia. Y, en la genealogía literaria, leemos con tristeza el doble rasero hacia su figura: por un lado, Safo es vista como fuente de la lírica occidental y por otro, Safo es mutilada; el monstruo bífido del canon patriarcal que reconoce y premia a una poeta como origen y desdice después su lengua, abandona su trama, el continuum de su decir.

Y traigo a Natalie Barney, la Amazona, quien decía: “yo soy la tercera”. ¿Qué significa ser la tercera? Ser un impar. Decía: “Natalie pertenece a una categoría de seres cuya especie será quizás menos rara cuando la vieja pareja terrestre, definitivamente desacreditada, permita que cada uno conserve o reencuentre su identidad.
En ese momento de la evolución humana ya no habrá más “bodas” sino solamente asociaciones de ternura y pasión. Unas antenas infinitamente más delicadas dirigirán el juego de las afinidades. Estas idas y venidas sacudirán el espacio.
El estancamiento en la fidelidad, este punto muerto de la unión, será reemplazado por un perpetuo devenir. 
Mientras esperan este éxito de todo el ser, los “terceros” van pensando entre estos dos extremos: “No estar ni solos, ni juntos.”
(…)

Este impar, este singular, trabaja en la destrucción de la pareja, y la pareja en la destrucción del impar, del singular.
Esta tercera no busca un complemento, un cónyuge, sino un semejante- desde la homosexualidad más inveterada hasta el ángel- ¡este par de alas!
(…)”

Y con ellas quiero decir que el texto lesbiano no es el que busca la mitad perdida platónica, sino el que, como decía Monique Wittig a propósito de la escritura de Djuna Barnes, se escamotea continuamente a sí mismo, se escora y se desplaza, y busca a la vez el desplazamiento de la mirada, la reubicación de la mirada, la sangrante o hueca fractura. El texto lesbiano es el que habla desde un lugar en permanente desviación, un lugar de antemano disuelto , un texto que no fija nada, que no puede fijar nada, porque parte ya de unas aguas inestables, invisibles, de un “hiato de la historia”, como dice Sara en su libro. Porque las lesbianas habitamos hiatos, espacios inespecíficos y a menudo inencontrables. Las lesbianas no formamos una gran familia, no tenemos una heráldica ni somos un soporte. Somos el espejo invertido de la identidad que no encuentra raíces más que en lo discontinuo, y con esa discontinuidad hemos buscado hacer una enorme tela de araña formada por huecos, vacíos, donde el sujeto se suelta y se descompone a sí mismo porque no tiene sustancia, y habita solo el deseo que es, como sabemos, fugitivo y efímero.

De muy joven yo ya buscaba libros que representaran, que me devolvieran la imago de la lesbiana para buscarme a mí misma y los he encontrado siempre en una enunciación dolorosa, dolorida o simplemente en una enunciación en fuga, liviana, en permanente escapada. Alejandra Pizanik, Djuna Barnes, Renée Vivien, Radclyffe Hall, Violette Leduc, alguna Yourcenar, alguna Tsvetáieva, alguna Jaeggy, Woolf, la Brossard antes citada, Rich, Audre Lorde, Peri Rossi, Sylvia Molloy, Jeanette Winterson, Ana Becciu, Diana Bellessi,… infinitas otras a las que llegamos con cuentagotas por algún guiño inesperado del destino literario o más bien del destino editorial, a las que recobramos por azar o por el empeño de alguien que las rescata como tesoros aún vírgenes para nuestra lectura.

Y en el empeño del rescatar viene la necesidad insatisfecha de echar raíces. De encontrar el lugar el lugar del que no venimos, de reconocer a las que estuvieron antes para establecer con ellas un guiño lejano y cómplice.

Porque si la mujer y la lesbiana son construcciones del discurso, representaciones hechas desde el poder y que el poder trata de encarrilar, corregir, hornear o asimilar, también ocurre que las mujeres y las lesbianas construyen y construimos discurso, nos buscamos, nos autorrepresentamos, resistimos. O-seré más específica y realista- al menos algunas de nosotras sí lo hacemos. El esfuerzo es tratar de pensar, imaginar, “un mundo raro”, un mundo nuevo, utópico, maleable, fértil, ¿imposible? Puede que sí lo sea en el marco de lo conocido, de lo que hemos transitado hasta ahora. Pasajeras perpetuas de un barco móvil, la utopía lesbiana responde a la imagen ficiticia, ficcional, de la isla.

Yo escribí un poema donde decía “la isla desmembrada donde solo una canta” y Sara me dijo, no solo una no, al menos hay dos (y un suspensivo que agrega los posibles). Porque nacer en una isla es hacerlo bajo “un principio de soledad” como escribió Marguerite Yourcenar acerca de Safo en su libro Fuegos; es ser la “Isla. Cima. Sola” que, en la Carta a la amazona, refería Marina Tsvetáieva a partir de Safo, también, como epítome de las lesbianas: “Sauce llorón, sauce desconsolado, sauce, cuerpo y alma de las mujeres”. Pero la utopía lesbiana es la isla porque nosotras somos solas y porque queremos ser o somos tantas, en contacto, en intersección, en intemperie, en nuevas formas de relación, porque somos una y la otra y la colindante e inventamos ese espacio que remite a un referente mítico e inabarcable. Renée Vivien y Natalie Barney fueron a vivir y escribir juntas una temporada a Lesbos. Monique Wittig y Sande Zeig también lo hicieron. En el Borrador para un diccionario de las amantes, dicen, inventando una canción: “Adiós, Pont-neuf, Samaritaine, cerro Saint Roch, Petits Carreaux/vamos hacia las islas/porque no nos quieren más en las ciudades”. Por tanto, la isla, o las islas, en plural, representan a la vez nuestro continente y nuestro contenido, nuestro deseo y nuestro único amarre. Lesbiana, dicen estas inventoras de mitos a las que nos sumamos, es “aquella que vive en un pueblo de amantes, aquella cuyo interés se dirige en primer término a sus amantes, aquella que siente un deseo violento por sus amantes, aquella que “no vive en el desierto”, que no está “perdida”.


SARA TORRES (Gijón, 1991) estudió Lengua Española y sus Literaturas en La Universidad de Oviedo y en Queen Mary University of London. Actualmente realiza estudios de posgrado en King’s College, Londres, MA en Critical Methodologies. Acaba de publicar La otra genealogía (Torremozas, 2014) Premio Gloria Fuertes de Poesía Joven. Es parte de la coordinación del proyecto Hesperya. Ha colaborado en diversas publicaciones como Kokoro, Nayagua y Ellas Dicen. Textos suyos aparecen en las antologías Frondas de fuego, Mecánica celeste, Sangrantes, Lo demás es oscuridad y La honda presencia.

LAIA LÓPEZ MANRIQUE (Barcelona, 1982) es licenciada en Filosofía y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Barcelona y ha trabajado como profesora y dinamizadora de espacios de literatura y escritura; y como lectora y correctora editorial. Su último poemario es La mujer cíclica (La Garúa, 2014). Ha publicado textos críticos, poemas y relatos en revistas como Voces Nuevas-XXII Selección (Ediciones Torremozas, 2009), Cartoemas (2010), Mujeres que aman a mujeres (Vitruvio, 2012) o Hijas del pájaro de fuego (Fin de viaje Ediciones, 2012), entre otras. Además, es coeditora de la revista Kokoro.

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