El cuarto propio de Laura Freixas

 

 

 

En cuanto visité este piso, hace algo más de diez años (me estaba divorciando: de mi marido, pero también de un estilo de vida, de unos valores; de un barrio de chalés adosados que detestaba, de una identidad de maruja de lujo en la que no me reconocía ni a tiros), vi que este iba a ser mi cuarto propio: una parte de la casa que se podía aislar, con esa disposición antigua que tanto me gusta: sala y alcoba, con un sitio para poner la cama y otro para poner una mesa muy larga, donde podría tener libros, papeles, rotuladores, post-it…; con el balcón sobre la plaza, con las baldosas hidráulicas… Un edificio antiguo, un piso alto, pequeño, modesto, con mucha luz. Creo que en mis sucesivos domicilios,  en París, en Barcelona, en Madrid (salvo la infausta etapa del chaletito adosado), he buscado inconscientemente resucitar el piso de mi abuela, en el que yo era feliz y ella era feliz cuando mi hermano y yo pasábamos temporadas con ella. Incluso dos de mis domicilios han sido quintos sin ascensor, exactamente igual que el piso donde ella vivía. 

Aquí escribo, por las mañanas, entre la ventana y el ordenador, que es también como una ventana al mundo. La ventana, como observó Carmen Martín Gaite, está muy presente en la vida de las mujeres y en su literatura: representa nuestra curiosidad por el mundo, pero también nuestra necesidad de estar protegidas de él, de ver sin ser vistas.

 

 

 

 

Y por las tardes, o algunas tardes, leo tumbada en el sofá, rodeada de objetos que me acompañan desde hace muchos años: las estatuillas de almas en pena que tenían mis padres en su dormitorio (mi padre las había comprado en algún anticuario), un cuadro de mi tío el pintor, unas cabezas de Morfeo de barro compradas por mí en alguna tienda rara que ya no recuerdo, y naturalmente, libros. Los que he ido leyendo a lo largo de mi vida y que me han construido, y los que estoy leyendo o tengo por leer, en tres estadios sucesivos: en la repisa, los recién recibidos, todavía no procesados; al fondo, los que tal vez leeré algún día, o regalaré, y en medio, sobre la mesa baja, los que estoy leyendo o releyendo o quiero leer en las próximas semanas.

 

 

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Laura Freixas (Barcelona, 1958) se dio a conocer en 1988 con una colección de relatos, El asesino en la muñeca, a la que seguirían las novelas Último domingo en Londres (1997), Entre amigas (1998) y Amor o lo que sea (2005), el libro de relatos Cuentos a los cuarenta(2001) y la autobiografía Adolescencia en Barcelona hacia 1970 (2007). Su última novela, Los otros son más felices, se publicó en noviembre de 2011.

Paralelamente a su obra narrativa, Laura Freixas ha desarrollado una intensa labor como estudiosa y promotora de la literatura escrita por mujeres: ha coordinado las antologías de relatos de autoras españolas contemporáneas Madres e hijas (1996) yCuentos de amigas (2009), y es autora de los ensayos Literatura y mujeres (2000), La novela femenil y sus lectrices (2009, Premio Leonor de Guzmán) y El silencio de las madres y otras reflexiones sobre las mujeres en la cultura (2015).

Ha traducido los diarios de Virginia Woolf y André Gide, así como las cartas de Madame de Sévigné a su hija. Es columnista del periódico La Vanguardia y ha sido profesora invitada en varias universidades de Estados Unidos.

En 2009, fundó la asociación Clásicas y Modernas que reivindica la igualdad de género en el mundo cultural. Su último libro, el segundo volumen de sus diarios Todos llevan máscara. Diario 1995-1996 se publicará la semana que viene en Errata Naturae. 

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