El cuarto propio de Elvira Lindo

 

 

 

 

He tenido muchos cuartos propios, tantos como mudanzas. De niña siempre compartía habitación con mi hermana. Cuando finalmente nos establecimos en Madrid, mis padres nos compraron una estantería dividida en dos con dos pupitres. Se cerraban con llave, así que siempre tuve la sensación de intimidad e independencia aunque fuera un cuarto compartido. Yo he sabido siempre abstraerme aun estando rodeada de gente porque crecí en el seno de una familia numerosa.

Pero no fue hasta que decidí dejar mi trabajo como guionista de la tele y la radio, en el 92, para dedicarme a escribir cuando sentí la necesidad de tener un rincón para mí. 

Desde entonces, aunque nos hayamos mudado (demasiadas veces) siempre hemos trabajado en dos cuartos contiguos.

Nunca cerramos las puertas así que de vez en cuando gritamos para preguntarnos alguna duda o nos hacemos pequeñas visitas. 

Mi último cuarto, este del que ya no me quiero mudar, tiene un gran ventanal a la calle. Tengo una vista urbana, de luces de la ciudad y aceras concurridas, y eso me resulta muy inspirador. No me gusta llenar el espacio con muchos libros porque para eso compartimos el cuarto de la biblioteca, pero aún así acabo siempre por acumular una pila de los libros que quiero o debo leer que me agobia un poco, porque me recuerda el trabajo pendiente o las novelas de amigos y conocidos a las que todavía no he concedido un rato. 

Ahora se me han llenado las repisas de lápices de colores porque he empezado a dibujar. Siento que sólo el trabajo manual consigue limpiarme un poco el pensamiento. Aunque dibujo como una niña chica me gustan mucho los utensilios de dibujo y tener a la vista los lápices, los sacapuntas y las gomas me hace pensar que hay muchas maneras de ser feliz en un cuarto propio y no todas tienen que estar relacionadas con mi oficio, sino con los oficios que admiro.

Me considero afortunada por tener mi cuarto pero creo, y no sé si se me entenderá, que ese espacio propio estuvo en mi corazón desde que era niña. En cada casa que vivíamos, o en la casa de mi abuelo que estaba siempre llena de gente, yo me las arreglaba para encontrar un rincón para escribir lo que entonces eran mis secretos. Y luego cuando nuestros hijos eran niños nos acostumbramos a escribir interrumpidos siempre por sus voces. Las puertas siempre estuvieron abiertas y, sin embargo, yo conseguí mantener mi intimidad intacta. En los últimos años me he vuelto más maniática y necesito orden y silencio. De cualquier manera, trabajar en las redacciones de la radio me hizo experimentar el placer de escribir en compañía de otros. Hacíamos ruido con las máquinas de escribir, teníamos de fondo la radio sonando y las voces de los compañeros. No creo que pudiera volver a escribir con ese bullicio pero me alegro de haberlo vivido. 

He escrito en los lugares más inverosímiles así que estoy convencida de que aunque me encanta mi cuarto hay algo mucho más importante que el espacio físico. Las palabras de Woolf no son literales. Entiendo la habitación propia como el hecho de ser poseedora de una soberanía personal y de una libertad de acción. De manera que hay tardes en las que, a pesar de reconocer mi cuarto como uno de los espacios más acogedores de la casa, tomo el ordenador y me voy a la mesa de la cocina a escribir, y de pronto la cocina se convierte en el lugar idóneo, porque no solo hay que huir de los demás para hacer lo que deseas también se trata de una huida de ti misma, de lo ya sabido y de lo acomodaticio.  En ese aspecto, mi habitación propia es ya más interior que exterior, así la siento.

 

 

 

 

 

 

 

***

 

Elvira Lindo nació en Cádiz en 1962. Comenzó estudios de pe­riodismo, pero los abandonó al comenzar a trabajar en la radio con sólo diecinueve años. Hizo labores de guionista, locutora, comentarista y presentó varios programas de RNE, tareas que repitió en la SER y en la televisión. Es en estos guiones donde surgió el personaje de Manolito Gafotas, que desde la publi­cación del primer libro de la serie, en 1994, goza de un éxito enorme. Su obra incluye las novelas El otro barrio (1998), Algo más inesperado que la muerte (2003), adaptada a los escena­rios, Lo que me queda por vivir (2010), Lugares que no quiero compartir con nadie (2011), la obra de teatro La ley de la selva (1996), y sus crónicas de El País en Tinto de verano (2001), Otro verano contigo (2002) y Don de gentes (2011). En 1998 fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura Infan­til y Juvenil, y en 2005 recibió el Premio Biblioteca Breve por la novela Una palabra tuya, llevada al cine con gran éxito por Ángeles González-Sinde. También ha escrito numerosos guio­nes cinematográficos, como La primera noche de mi vida, que cosechó varios premios en festivales nacionales e internaciona­les. Ganadora del Premio Atlántida del Gremio de Editores de Cataluña en 2009, colabora habitualmente en el diario El País.

1 Comment

  • Carmen dice:

    Es cierto que el cuarto propio está en nuestro interior y puede estar en cualquier lugar con tal de que sintamos estar en un espacio personal e íntimo.

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