“La lejanía. Cuaderno de Montevideo” de Concha García

 

 

Fotografía de Ángel Gómez Espada.

 

 

29 de octubre 2009

En enero de 1938  Gabriela Mistral desarrolló en Montevideo,  dentro de los cursos sudamericanos de vacaciones, uno sobre literatura y folklore. Para cerrar el mismo se reunieron tres grandes poetas del cono sur: la chilena Gabriela Mistral, la argentina Alfonsina Storni y la uruguaya Juana de Ibarborou. Bajo el título “Una tarde ática” se publicaron en la Revista Nacional de Montevideo las conferencias de las tres poetas. La de la poeta uruguaya se titula “Casi en pantuflas”. Copio algunos párrafos que dan cuenta de su sentido de la intuición y del humor: “Pero hombre que se ponga a estudiar la retórica, y a aprender ritmos y medidas para luego hacer versos, podrá llegar a ser un menhir, un monolito, una infusión de adormideras, pero nunca un poeta. (…) Hubiera sido curioso preguntarle a Verlaine, que sobre las mesas de los cafés y entre ajenjo y ajenjo, escribía sus poemas, cómo realizaba su obra. El pobre ser, tartamudo de alcohol, con los ojos turbios y el entretenimiento turbado, se hubiera encogido de hombros, más elocuente en su respuesta muda que en la pretensión de explicarse con cien palabras hipantes y tartajosas”.  Guardo en el ordenador la fotografía  que exhibe en una de sus paredes el café Tortoni,  de las tres poetas sonrientes. La miro. La vuelvo a mirar como si quisiera pasar dentrodel marco. Pero estoy fuera.

 

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30 de octubre

 Bajo por Colonia, en medio del tráfago y del zumbido,  Cruzo Yaguarón, Yi, Cuareim y Rondeau. Entro a la cafetería El Oro del Rhin. El cielo cambia de color. Salgo de la cafetería y me detengo un poco más abajo para observar la cúpula majestuosa del Palacio Salvo que emerge, entre otros edificios, haciendo posible la contemplación del cielo entrelazado de nubes danzar entre  las redondeadas formas que parecen deslizarse en una oscilación alucinada. Me voy hasta Rincón. Paso delante del Centro Cultural de España, un lujo de ventanales encendidos. Recuerdo el día que leí poesía un mes de agosto que ya pasó. Era invierno. Hacía mucho frío y viento.  Pasé la tarde echada sobre la cama del hotel. Tenía algo de fiebre y pedí un whisky que me sirvieron de un bar que ubicado en la quinta planta y tenía como nombre Lautreamont, en honor al poeta uruguayo francés. Nos entrevistaron en la radio independiente uruguaya. No recuerdo qué dije. Me sentí importante.  El narcisismo no es consciente, simplemente es necesario e inevitable para darnos un sentido para existir y permanecer. En un comienzo el yo lo incluye todo, luego desprende de sí un mundo exterior, dijo Freud. Mis intereses no solo son múltiples, son también simultáneos. Giro  hacia la derecha por Florida para mirar el puerto a lo lejos.  Voy hasta la plaza Matriz. Los árboles tocan el cielo y hacen posible que sus cúpulas alberguen decenas de pájaros que me remueven el corazón. La fuente de mármol de la plaza más antigua de Montevideo fue inaugurada en 1871. Una serie de ángeles la circunvala. De la misma emergen tres plataformas cilíndricas. La miro atentamente y recuerdo que leí en alguna parte que hay una profecía alquimista que augura un feroz cataclismo mundial y que Francisco Piria marca este lugar como uno de los pocos en la tierra que no serán afectados. La zona a salvo ocupa un triángulo en cuyos vértices está la fuente de la plaza Matriz, la antigua propiedad de Piria y un lugar señalado con un pequeño obelisco en Rivera, al norte de Uruguay. Presiento días hermosos.

 

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1 de noviembre

No reflejar. Sólo refractar.  Por ejemplo, no imaginar la misma experiencia pasada cuando prestas una atención especial a otra persona y pre-concibes que todo va a ser lo mismo, abandonando todo intento antes de empezar porque el reflejo de la anterior te atrapa. No sentir que estás viviendo una situación que se repite con ligeros cambios porque la falta de curiosidad acaba tendiendo su trampa y te remite al hastío. Me refiero a que no se puede repetir siempre el mismo impulso. Se gasta la fuerza y se debilita la acción. Con la refracción el rayo de  luz que entra en la memoria sería distinto y alteraría la percepción en el recuerdo. Es como cuando paseas y ves el cielo en un charco de agua.

Tengo experiencia.  La experiencia de haber vivido todas mis vidas. Desde la niña  que está conmigo hasta la mujer de mediana edad que pasea sola buscando una señal o un lugar para quedarse siempre. No atrapada sino arraigada, feliz, complacida. He sentido con intermitencias esa necesidad  durante las  últimas semanas. ¿Qué  es vivir? Somos ángeles caídos por azar, precipitados en vidas que no hemos elegido en un juego perverso al dictado de una casualidad.  ¿Acaso un castigo? Ningún sentido tiene este ir y venir diario para buscarme en otras vidas posibles.

Languidecía junto a los transeúntes cuando me detuve ante  el  escaparate de un puesto de cigarrillos. Me llamóla  atención el anillo  de un cigarro puro en el que se podía ver el rostro de una mujer que me recordó a mí misma en  la pasada juventud. ¿Era entonces feliz cuando después de salir de la oficina buscaba un bar con amigos y me detenía como ahora ante las tabaquerías?

 

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2 de noviembre

Comparto,  calle abajo, el trasiego de los funcionarios que van a trabajar y me sorprende con agrado la escasa presencia de turistas en la peatonal Sarandí. Subo hasta Reconquista y observo la fachada reformada del Teatro Solís. Sobre los adoquines que forman el suelo en la entrada han reproducido en papel adhesivo pertinentes frases del filósofo uruguayo Vaz de Ferreira que me obligan a reflexionar:  “Podemos representar el conocimiento humano como un mar, cuya superficie es muy fácil ver y describir. Debajo de esa superficie, la visión se va haciendo, naturalmente, cada vez menos clara; hasta que, en una región profunda, ya no se ve: se entrevé solamente (y, en otra región más profunda, dejará de verse del todo)”. Una ciudad que te detiene para que pienses, no para que consumas, no para que te hastíes, no para que se repitan las indefinibles colas de turistas ante los edificios más hermosos y anodinos a fuerza de haberle desposeído de su significado original. Sin duda me enamora.  La carga vital de los uruguayos acaso esté relacionada con su hermosa familiaridad con el mundo de las cosas reales. Varias personas, sobre todo hombres, pasan por la calle con el termo de agua caliente bajo el brazo y sorbiendo mate en actitud pensativa. Nadie parece esperar nada  excepto que llegue el autobús.

Cierro los ojos después de ponerme el colirio. Cuánto sufrimiento. Sufrir es la manifestación de un desacuerdo profundo. No sabes con qué exactamente, lo intuyes rozando el momento preciso en que se arraigó sin apenas percibir su presencia.   Me culpabilizo por no haberle dado a aquella niñalo que más deseaba. Qué sabemos del deseo. Una fugaz necesidad que interviene en tu calma. Darle la vuelta, girarlo. Pensar, como Luis de Granada, que para aliviar el corazón fatigado de pensamientos diversos no se debe tomar placer en pensar y hablar de las cosas que amamos o nos son contrarias.

No hay mayor dolor que acordarse de los días felices en la miseria. Siempre piensas que podría ser peor. Yo quisiera no sufrir. Así, goteada, poco a poco, con todo el resorte que llevo y va conmigo cuando miro las calles y sus sorprendentes aceras resquebrajadas mientras percibo con intensidad la puesta de sol y me quedo perpleja,  abandonada en una esquina. Me apercibo de que sólo enferman los demasiado sensibles. No tratar de no sufrir ni de sufrir menos, sino de no alterarse por el sufrimiento, escribió Simone Weil. Hay quienes enferman para que los demás los miren. Pero quien padece una verdadera enfermedad quiere estar solo. Conocer la causa de ella podría ser el alivio.

 

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3 de noviembre

Los Yuyos en los años veinte  era una cafetería muy célebre. Hoy está casi oculta en la ancha calle llamada Luis A. Herrera,  esquina Cubo del Norte, entre los enormes plátanos que cobijan el barrio del Prado,  formando unas bóvedas desde las que entra el sol filtrado y deja una luz que maravilla las aceras. Regresa este flujo de vida que se diluye entre la curiosidad y el extrañamiento.  Es un lugar con grandes ventanales  pero curiosamente

muy oscuro. En las paredes hay retratos antiguos. Me detengo ante una carta enmarcada del ex presidente  Tabaré. En ella se disculpa de su ausencia al acto de celebración del primer centenario del local. Las fechas pasaron, y el recuerdo de que hubo un día especial ya diluido en el tiempo resuena a través de la carta enmarcada. Ese gusto por detenerlo todo me hace pensar en una invocación para que la muerte llegue lo más tarde posible. Hay también una foto del famoso encuentro de Vaz de Ferreira con Einstein en 1925, y unos farolillos de arrabal que irradian una luz amarillenta. Estoy metida en un espacio de tiempo detenido.

 

Hierba artificial, sol

una esquina iluminada

briznas en suspenso

en la terraza

tiembla el asfalto

veinte metros más abajo.

 

 

Al salir del café respiro hondo y me quito la chaqueta. Recorro la Avenida Agraciada que me llevará a Bulevar Artigas. Camino lentamente mirándolo todo. Las viejas quintas del Prado desmayándose de abandono donde imagino a niños revoloteando en sus jardines de principios de siglo. Las brechas de las amplias aceras, los contenedores de basura, un grupo de jóvenes con la clásica moña azul. Sus gritos me devuelven al presente y pienso en un poema de Hilde Domin titulado:  Nadie viene después de nosotros,  que da luz a lo que siento. Porque el poema,  cuando llega al mismo tiempo que la sensación que percibo alumbra una zona que casi siempre permanece oscura pero que existe.

 

Los días venideros

los días detrás del horizonte

pertenecen a hombres que serán diferentes.

Nuestra primavera es esta primavera,

nuestro verano es este verano,

y nuestro otoño, este otoño.

 

*

 

4 de noviembre

Hoy he salido de clase y,  como siempre,  la profesora me ha acompañado hasta la puerta del hotel. No quería subir a la habitación y esperé que su auto se alejase. Cuando se lo tragó la calle,  tomé Yaguarón y anduve unos cinco minutos hasta la altura de la librería Puro Verso, frente a la Casa de España,  en cuya entrada, después de un angosto espacio, hay un gran salón construido a principios del siglo XX donde una foto de los reyes  en pose hierática y sonriente parece vaciar aún más la solitaria sala. El contraste llega pronto con violencia cuando salgo del lugar. Observo al hombre que lleva las riendas de un famélico caballo que sostiene un carro de madera con dos ruedas de caucho. El carro está lleno de basura. Un niño de unos diez años baja de un impulso y recoge unos cartones. Su rostro inexpresivo carece de maldad. Al terminar la tarea el caballo comienza a andar arrastrando el carro que circula entre los autos. Montevideo sin esos carros seria menos Montevideo. Cada día se recogen 1.600 toneladas de basura en la ciudad. Cada vez hay más pobreza. Se ve. Se les ve. Decía Simón Bolívar que el arte de vencer se aprende en las derrotas.

 

La noche tan negra deja ver a través de los cristales desde la terraza unas estrellas que parecen pompas de jabón luminoso. He apagado la luz para observar mejor el fenómeno. Alguna vez pasa con rapidez una pequeña estela que parece desprenderse del lechoso incendio, tan veloz que no  puedo pedirle un deseo. Durante muchos meses le pedía el mismo deseo a las esporas que en primavera flotaban en el aire, esas partículas finísimas desprendidas del árbol urbano a las que yo incentivaba para que recorrieran los celestes espacios y atendieran mi demanda.  La magia del deseo inventa algo de una misma que necesariamente no tiene,  pero que anhela. En cuanto se colma no tienes bastante y deseas más. Los deseos nunca son los mismos, esencia de un estado de felicidad que no se repite, vienen a recordarnos sencillamente que estamos vivos.

 

*

 

5 de noviembre

He ido a comprar pan integral, cerveza y queso. Me vuelvo a meter en mi habitación como si me persiguiese alguien.

 

 Más tarde

Un pueblo con sus casas diseminadas en la ladera de una montaña.  Amanece. Se escucha el paso de un hombre por la nieve y el cucú de un ave que anima a otras aves y forman un coro arrítmico al que se unen los  ladridos de algunos perros. El hombre mira hacia su pueblo. Está justo delante de la pantalla. Ambos, los espectadores y el protagonista estamos  viendo el mismo paisaje. De pronto,  la cámara gira y nos encontramos frente a una carretera en medio de un inhóspito paisaje nevado sin apenasvegetación. Sólo las formas caprichosas  que dibuja el suelo elevadas irregularmente. Sin aviso alguno nos trasladamos a la ciudad de Estambul nevada y ruidosa. El  puerto está en movimiento con cargueros y navíos de pasajeros. El protagonista lo percibe mirándolo y la cámara no deja de enfocar mientras el hombre se aleja y deja el paisaje sin su presencia. Luego entramos a un edificio. Podemos oír las pisadas crujientes en la escalerade madera que el joven sube hasta llegar al apartamento del fotógrafo. Un hombre con apenas cincuenta años nos deja una mirada desesperada. Vemos la televisión encendida,  los primeros planos de ambos fumando en solitario,los mezquinos actos de vigilancia que ejerce el  hombre mayor sobre el más  joven. Éste con su mirada nos delata el deseo de vida: de mujeres, de un trabajo. Sin embargo la mirada del hombre maduro nos pone en evidencia que la derrota es una cuestión de voluntad y de destino. Seguimos al joven en sus paseos por el  puerto, en el interior de los centros comerciales, transitando los parques de la ciudad, siempre  vigilante y al acecho de una hermosa hembra. No hace falta más lenguaje que el silencio. La cámara de Nuri Bilge Ceylan manejada con destreza nos hacellegar elresto.Me quedé imaginariamente en ese apartamento de Estambul con ellos, mirándolos a hurtadillas. Al final cuando después de una escena en la que el joven ve un fantástico barco moverse avanzando entre los edificios, también quise ser una pasajera de ese barco. Lejano(Uzak)  evoca el deseo de irse: del  país, del pasado, del tiempo. Vuelan bolsas de plástico que el viento deposita en algún que otro barco solitario y hace frío. Salgo de la cinemateca encogida. 

 

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6 de noviembre

La oscura tez de unos, los blancos brazos de otros, las jóvenes confiando en su cuerpo, los maridos no parecen ejercer su papel, las mujeres de mi edad que también caminan solas, unas con aire de tener prisa, otras confiadas antes de cruzar el semáforo. Algunas son guapas, hermosas hembras que han gozado de existencias similares y que en el círculo de los días pasados como un palimpsesto sintieron las mismas emociones cuando creyeron estar enamoradas. ¿Qué sabemos, ahora, del amor?  Amo las calles y el espacio que me concede la ciudad para el olvido. ¿Se puede amar si no has vaciado todavía tus viejas envolturas? Y sin dejar de mirarte dentro ¿se puede intuir si alguna vez llegará de nuevo esedía?

Que el amor no sea el reflejo de tantas parejas que parecen ir juntas y que a medida que pasa el tiempo sienten que su fuerza ya no las sostiene. Se ladean.

 

 

 

 

***

 

Concha García. Poeta. Nacida en la Rambla (Córdoba). Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona, ciudad donde vive. Autora de ensayos sobre poesía en diversas publicaciones  y de diarios como: LaLejanía, Cuaderno de Montevideo(Carena, 2013) y Los antiguos domicilios (La Isla de Siltolá, 2015) El cielo azul de tu país (Chamán ediciones, en prensa) .

Autora de dos antologías de poesía de la Patagonia Argentina. Premios Aula Negra  de la Universidad de León, Barcarola  y Jaime Gil de Biedma. Autora de varios libros de poesía. Los últimos hasta ahora: Acontecimiento(Tusquets, 2008) y El día anterior al momento de quererle (Calambur, 2013). Las proximidades,  Editorial Calambur, Ya nada es rito y otros poemas(Obra reunida 1987-2003) Editorial Dilema, Madrid 2017.

Parte de su obra ha sido traducida al inglés, italiano, polaco, francés, árabe y chino. Presidenta de Mujeres y Letras y autora de ensayos como Asomos de Luz (acerca de la literatura escrita por mujeres).

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