Un silencio propio (para Natalia Carrero: la casa, el cuarto y el mundo entero)

 

Ilustración de Natalia Carrero.

 

 

En vez de “un cuarto propio”, “una casa propia”. En Hermano de Hielo, de Alicia Kopf (Alpha Decay, 2016), un dibujo tacha las famosas palabras de Woolf, y abre una palabra a través de otra, como si ese cuarto propio soñado y reivindicado de repente abriera su puerta y mostrara un pasillo vacío, una cocina y más habitaciones silenciosas por las que pasearnos durante nuestro proceso de escritura -estirar las piernas, beber agua, decir palabrotas, todo ello necesario mientras una escribe, al menos para mí-. En la primera página del libro, la imagen me resultó placentera, ¿cómo no? Una casa entera para escribir.

 

Hace unos días, Natalia Carrero -que ha publicado recientemente Yo misma, supongo (rata_books, 2016)- afirmó, en una entrevista para El Mundo: “Tenemos que derribar las paredes del cuarto propio.  Ni cuarto propio ni impropio. Que no haya paredes, esa propiedad privada. Que cada cual se exprese cómo y dónde quiera, no desde un cuarto que sea un espacio físico sino desde uno en el que las voces puedan convivir y dialogar. Derribar las paredes sería derribar las opresiones, porque, por muy mono que te pongan el cuarto, decorado, sigues igual de oprimida. Debemos romper esa imagen de la mujer que remite a una jaula, una cárcel…”. Entiendo estas palabras en la misma órbita que el dibujo de Kopf -casualmente, tanto Kopf como Carrero escriben a través de lo fragmentario, y especialmente Carrero aborda el lenguaje en la deconstrucción dentro de la hoja, la relación dibujo-palabra, la tachadura -. Por qué no: desde la curiosidad dialéctica, retar el concepto dorado de la literatura feminista. Me tomo su declaración como una sana intervención sobre la frase de Woolf, el grafiti de unas alas. Sin embargo, me resulta confusa la expresión “por muy mono que te pongan el cuarto”. Estoy segura de que Carrero sabe que Woolf no pedía que nadie “le pusiera” un cuarto, “mono” o no. El texto fundacional de Woolf es una reflexión sobre la independencia vital, inevitablemente marcada por las condiciones económicas. Suena a obviedad por mi parte decir que el cuarto, a día de hoy, aún hay que reservarlo y defenderlo; y si se puede fluir por una casa entera, y la calle, y las bibliotecas y las mesas de los cafés, y escribir con decisión y nervio en cada una de ellas, tanto mejor, pero la realidad es que sigue siendo necesario ese rincón propio donde guardar las herramientas de trabajo -papeles, cuadernos, libros, fetiches- sin que amanezcan revueltas o pisoteadas por el tránsito de otros.

 

En junio tuve la fortuna de asistir a un taller literario de tres días impartido por Natalia, Leer la casa, organizado por Kalimera Estudio. Natalia, con sus tijeras, sus papeles y bolis, había preparado un collage de lecturas en torno a la casa y la relación de algunos textos con ella. Invitó también a una arquitecta, Clara Murado, que nos contó historias fascinantes sobre el trazo de sus proyectos. Para dibujar una casa, tanto real como ficticia, es necesario conocer a los personajes que van a habitarla; y detectar sus deseos, de nuevo defenderlos de la injerencia cotidiana del desgaste y el detalle superfluo, distractor. Fascinada por el comentario a tantas casas literarias, recordé el libro Historia de las alcobas, de Michelle Perrot (Siruela, 2011), que enumera el cambiante rol a lo largo de los siglos de celdas, dormitorios conyugales u hoteles. Confesé a Natalia que, a pesar de que me atrae la exhaustividad y rigor del libro, no lograba leerlo “de corrido”, sino que más bien me parecía un manual de consulta para información puntual que una pueda necesitar en medio de una creación, sobre celdas monásticas o Proust recostado en la almohada. Comenté con Natalia que, me daba cuenta a raíz del taller, el concepto de alcoba me parecía incompleto, y ahora entendía por qué: por sí sola, la alcoba no explica nada; es imprescindible conocer el resto de la casa o edificio, sus normas, sus habitantes y su materia. Vuelvo a las palabras de Natalia en la entrevista y de nuevo entiendo ese “derribemos la habitación propia”, “…porque por sí sola no vale”, diría yo; aunque, insisto, Woolf nunca desligó la habitación de la casa y sus alrededores: precisamente por conocer muy bien la casa y sus alrededores declaraba la importancia del refugio. Entiendo entonces que Natalia sueña con la utopía en la que no necesitemos defensa, y puedo compartir ese anhelo. Qué gusto, escribir sin peligro de que nadie nos reclame para atender la supervivencia, para corresponder socialmente, para intentar hacernos socios de Acnur. Mientras tanto, el cuarto, por favor.

 

Me resulta también oportuna la alusión de Natalia Carrero a la decoración para asociarla con el estatus de jaula/cárcel de la habitación. Acabo de terminar Solterona, de Kate Bolick (Malpaso, 2015) y por primera vez he reflexionado sobre decoración, un tema que -yo creía- no me interesa nada. Lo mismo le sucedía a Bolick, que en su bildungsroman autobiográfico relata la crisis que le supone trabajar durante años para revistas de decoración, cuando a lo que aspira es a escribir e investigar sobre genealogía literaria de escritoras. Sin embargo Bolick toma conciencia, a través de su trabajo asalariado, de la narrativa que se despliega en toda elección de amueblamiento. Y mientras continúa su investigación, en paralelo, se da cuenta de que Edith Wharton, la “grande dame” de las letras americanas, se inauguró tardíamente en el mundo editorial… con un manual de decoración. El libro de Bolick ilumina un género “menor”, acomplejado desde el punto de vista del prestigio, y lo pone en relación, por ejemplo, con las sabrosas descripciones de objetos que realiza Wharton en sus novelas. Bolick trenza su ritual de iniciación con las casas que habita a lo largo de los años, y con las que habitaron sus referentes literarios: de la hermosa y espléndida madurez vital de The mount, la casa de Edith Wharton, a las habitaciones de hotel y residencias de la psíquicamente frágil Maeve Brennan. Bolick no resuelve, porque no le interesa, el conflicto entre trabajar o tener que abrirse paso desde géneros “femeninos”, “menores” -moda, decoración- para poder adquirir experiencia y recursos que permitan entonces un espacio creativo propio, aunque siempre amenazado por el exterior y su exigencia. Le sucedió a Wharton, a Brennan, a ella. Natalia Carrero inclina la balanza del lado negativo: jaula, cárcel, lo “mono” como trampa, elevando la vindicación a una utopía común “que no sea un espacio físico, donde cada uno se exprese cómo y dónde quiera”, para “convivir y dialogar”. ¿Se podría entender internet como ese lugar? Mm, lo cierto es que no deja de tener aspecto de propiedad, ajena, donde “se nos permite” convivir y dialogar. Y que en esos espacios comunes precisamente la convivencia y el “diálogo” se convierten, muchas veces, en un ruido terrorífico y tóxico. Pero incluso cuando conseguimos apagar nuestros dispositivos y pantallas, tampoco llega el silencio hasta que no cerramos la puerta del cuarto. En realidad, eso es lo más importante, en el cuarto, en la casa o en la calle, un auténtico privilegio social: el silencio deseado. Por un silencio propio, entonces.

 

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