La vida subterránea de Clara Janés

Fernando Alvarado. EFE

Fernando Alvarado. EFE

Cuando llegué a Praga por primera vez me contaron que en la isla de Kampa –un extenso trozo de tierra en mitad del río Moldava– vivió encerrado durante quince años un poeta extraordinario que no hablaba con nadie y siempre dejaba la luz de su habitación encendida hasta el alba. Me dijeron que en aquellos años, cuando la ciudad se ocultaba en la penumbra, desde el otro lado del río podía verse su ventana iluminada tan sólo por una pequeña vela. El poeta, que no era otro que Vladimír Holan (1905-1980), escribía sus versos en la quietud de la madrugada siguiendo el consejo de la noche.

Con la curiosidad de cualquier buena aspirante a escritora quise conocer dónde se encontraba exactamente la antigua casa de Holan y si todavía, en mitad de la noche, podía verse luz en su ventana. Al poco tiempo supe que una poeta española que por entonces yo desconocía, había sentido tanta fascinación por los versos del checo, que durante un par de años emprendió la difícil tarea de aprender el idioma para poder hablar con él. Fue así –tirando del hilo que a veces esconden las cosas–, como llegué a La voz de Ofelia (Siruela, 2005), un libro donde Clara Janés (Barcelona, 1940) contaba su historia de amor con la poesía de Holan.

En la primera página del libro vi una fotografía de una ventana oculta tras un árbol inmenso, la misma ventana y el mismo árbol que podían verse allí, en la isla de Kampa, ante mis ojos estaba el secreto: la casa en la que Janés y Holan se vieron por primera vez, la casa que ella buscó, igual que yo busqué algunas décadas más tarde, seguía allí, detenida en el tiempo. Janés cuenta que después de publicar Las estrellas vencidas (1964), su primer poemario, vino un silencio que se prolongó durante seis años hasta que se encontró con la poesía de Holan. Y entonces resucitó. Hubo un antes y un después en su escritura. Janés fue arrancada de las tinieblas por los versos del checo: “Detenido por una mujer a las puertas de una ciudad desconocida / le supliqué: Déjame pasar, sólo entraré / para salir de nuevo y volveré a entrar sólo para salir, / porque la oscuridad me da miedo como a todos los hombres. / Pero ella me dijo: / ¡Pues yo he dejado allí la luz encendida!”.

La muerte de su padre fue para ella un golpe en el pecho, un instante terrible de dolor que “siendo una muerte, fue también un nacimiento: estructuró el resto de mi vida y me estructuró a mí modificada por esa muerte; me orientó no sólo hacia la vida subterránea, sino hacia la escritura de la primera trama de recuerdos que era, fundamentalmente, la creación de un lugar de acogida, una evocación de la atmósfera en la que él, mi padre, estaba vivo…”. Janés tenía 18 años cuando su padre murió en un accidente de tráfico en la carretera de Els Monjos a los 45 años. “Mi padre había dejado el mundo en un momento de plenitud. Luego se sucedieron años de nieve y hielo, años de abandono y autorreplegarse en lo más hondo de sí; años oscuros y amargos”. Años que terminaron el mismo mes de abril que su hermana Nona le llevó el libro Una noche con Hamlet. La luz que Holan dejó encendida en el poema era justo lo que Janés necesitaba para sobrevivir a la pérdida de su padre: “Y yo, al leer su poesía, tras seis años de esterilidad, fui también rescatada. Es que distintas muertes anidaban en mi cuerpo, distintas muertes que vigorizaban la vida subterránea que, sin duda, se habían iniciado con la muerte real de mi padre que me había cercenado el horizonte”. Por eso, como escribe Jaime Siles en el prólogo a su reciente antología poética Movimientos insomnes (Galaxia Gutenberg, 2015), la escritura de Clara Janés es, en gran parte, un canto de supervivencia.

Ella misma cuenta que tras aquellos años de abandono, de hallarse en un estado latente, replegada sobre sí misma, bajo una tierra helada, volvió a su propio ser gracias a las palabras de Holan. Durante un año entero sostuvo los versos del checo entre las manos, los llevó de un lado a otro de la ciudad, de parada en parada del autobús, aún no lo sabía, pero él era el desconocido amado que ella había presentido en el jardín de Pedralbes, el jardín de su infancia, donde su libertad se desplegaba.

En “La gruta de las palabras”, una conferencia que impartió en la Universidad de Oviedo en el año 2005, la poeta reconoce que cuando llegó a sus manos el libro de Holan, “fue por azar, yo tampoco sabía de dónde venía ese camino y no sólo no lo sabía, sino que lo había abandonado. Hacía seis años que por un sentimiento de escepticismo, porque soy un ser, aunque en apariencia manso, muy pasional ­–si algo no me sacude de verdad, abandono– y, habiendo empezado a escribir movida por la lectura de san Juan de la Cruz, Quevedo, Góngora, Manrique, Lorca, Guillén, luego Eliot, Rilke…, no encontraba otro poeta que me hiciera vibrar así…”.

Fue en el año 74 cuando Janés, animada por su creciente interés en la escritura, habló con el editor de Holan, Carlos Barral, para que los pusiera en contacto con é. Pero Barral intentó desanimarla: “Mira, olvídate de esto, porque yo he estado en Praga y no me ha querido ver, Gallimard ha estado en Praga y tampoco a él lo ha querido ver… no te va a querer ver”. Aún así, consiguió la dirección del traductor y le envió En busca de Cordelia, un libro que ella había escrito en respuesta al suyo. El traductor se lo entregó a Holan que le envió de vuelta un libro dedicado a “Clara Janés con amor”. Y desde aquel momento ya nunca más pudo quitárselo de la cabeza. Por entonces estaba escribiendo poemas para él, poemas que formarían la primera parte del libro Kampa donde pueden leerse estos versos: “Y yo no soy una doncella / ni puedo proponerte / un futuro para proyectar… / pero me siento alegre / pues aunque sea en palabras / y sin saber quién soy / una vez me has mirado”.

Después, ella le escribió una carta diciéndole que nunca había tenido mucho interés en conocer escritores, aunque su padre había sido editor y había estado rodeada, pero que a él le gustaría conocerlo. Y Holan le respondió diciendo que podía ir a verlo: “Fue un día 7 de junio cuando llegó su carta. Compré un diccionario. Leí el checo por primera vez. Entendí que la melodía del texto era la de un poema. Entendí que decía que había presentido el mío, que yo estaba con él y, por lo tanto podía ir a verle cuando quisiera. No contesté a esta carta. El día 12, desde Madrid, tomé el avión con destino a Praga. El 13 entré en la casa custodiada por las rosas rojas, la gruta de las palabras”.

Janés cuenta que él estaba paralítico de medio cuerpo, sentado a la mesa y que ella le llevó un ramo de rosas, vino y los poemas de Kampa. Holan, tímidamente, colocó las rosas en un jarrón y se lo puso delante, escondiéndose tras él. Cuenta también que le gustaba mucho la poesía de Emily Dickinson y que por eso, seguramente, se escondió tras las flores. Dickinson, que permaneció encerrada también durante largos años, en ocasiones, cuando alguien iba a verla, se ocultaba detrás de un ramo de flores.

En aquel primer encuentro, estaban ellos dos, Vêra, la mujer del poeta, Forbelský, su traductor, y su editor, Justl. Holan no le dirigió ni una mirada durante las tres horas que pasó en aquella casa: “no hay ruina en ese tiempo, todo sigue presente: la mesa, el mantel blanco almidonado, los pasteles, el coñac egipcio, el viento que se apodera de los árboles, la lluvia que aviva el color de las hojas, el rojo de las rosas, las súbitas grietas de luz que rasgan el aire… «Cerrad la puerta para que no entre el rayo. La poesía es una atmósfera», dice. Y empieza a oscurecer”.

Cuando se despidieron, cuenta Janés que él se puso a temblar, le cogió las manos, se las besó y le dijo que volviera. Pero ella pensó que únicamente volvería si lograba aprender checo y podía visitarlo a solas. Con todo el arrojo y el disparate que suponía aquello, estudió checo durante dos años y volvió en el 77 y en los sucesivos hasta la muerte del poeta.

En el año 72, cuando Holan todavía desconocía la existencia de Janés, escribió “Una noche con Ofelia”, un poema que hablaba de una Ofelia que es de Barcelona, como ella, que sale de un concierto del Orfeó Català, donde ella iba mucho de niña porque su madre tocaba el clavicémbalo y que emprende viajes por Europa. En uno de aquellos viajes hace una parada en Bohemia, como ella haría años después, a conocer a un gran poeta, Karal Hýnek Mácha, y habla con él. Según se lee en el poema, en aquel momento llega el cobrador del gas y como el poeta no tiene dinero, ella se saca del bolsillo conchas marinas y se las entrega al cobrador a modo de monedas. Janés escribe sin perder el entusiasmo que la caracteriza como una gran contadora de historias que cuando ella apareció por primera vez en su casa “era una aparición, era un personaje que él había adivinado mucho antes de que yo hubiera tenido intención de entrar en contacto con él. Supongo que mi mera concentración en su poesía había creado una extraña transmisión que él convirtió en ese poema”.

Clara Janés acaba de cumplir 75 años y, aunque esta historia de amor con el poeta checo queda muy lejos en el tiempo, aquella resurrección supuso para ella el comienzo de una prometedora carrera como escritora y traductora. A su primer poemario Las estrellas vencidas le seguirían otros como Libro de alienaciones, Los secretos del bosque, Huellas sobre una corteza, Orbes del sueño y muchos más, que han sido recogidos en la antología Movimientos insomnes (Galaxia Gutenberg, 2015). Mientras escribo estas líneas imagino a Janés sentada ante su escritorio repasando cada uno de los versos que desde hace más de cincuenta años la han atrapado, han hecho que se lance a traducir. Además de a Vladimír Holan, ha traducido a autores como Seifert, Adonis, Saurrate, Duras, Darwish, Sujata Bhatt, Forugh Farrojzad, Safo, Rilke y Bobrowski. Por esta labor le concedieron el Premio Nacional de Traducción en 1997. Ha escrito ensayos biográficos sobre la obra de María Zambrano, su maestra, Federico Mompou, Pureza Canelo y Vladimir Holan. Y lo más reciente es Guardar la casa y cerrar la boca (Siruela, 2015), un ensayo sobre el papel de las mujeres en la historia de la literatura. En su corazón sigue siendo aquella joven poeta que no ha dejado ni un solo día de indagar en los caminos poéticos del yo. Su trabajo se ve recompensado con el reconocimiento máximo en nuestro país: desde este año ocupa el sillón de la letra U en la Real Academia Española.

Si de Holan se dijo que era un alquimista que trabajaba con el verso como un orfebre, Janés no se queda lejos, con cada uno de sus poemas (propios o traducidos), se acerca más y más al corazón de la palabra. Cuenta Janés que según los sufíes el corazón es el espacio donde nace la poesía. Si nos fijamos en el corazón, nos advierte la poeta, observaremos que también es una cueva, una gruta, un lugar de nacimiento. La gruta de las palabras es para ella el lugar donde vivía Holan, un espacio que, también como el corazón, estaba en el centro. Y ella misma se pregunta ¿por qué el corazón? ¿Por qué el hombre se siente tan impotente frente a la vida? ¿Qué sentido tiene la muerte? “Cuando la poesía llega de verdad al lector, se convierte en cobijo, en consuelo, perpetua acogida, la inmensa piedad de la permanencia”. Eso es la poesía para ella: refugio y supervivencia.

Escribe Jaime Siles en el prólogo a Movimientos insomnes que en “La vida, los libros”, una conferencia pronunciada en la Biblioteca Nacional de Madrid en 2005, se refirió a un recuerdo suyo que tiene que ver con la base de toda su escritura poética: “la vida es como la música que cruza la oscuridad”. En la poesía de Clara Janés subyace una complejidad que no vemos a simple vista, un pensamiento profundo, un lenguaje poético de pocas y precisas palabras; un significado hondo que nos acerca al abismo: “¿Oyes esa música / que cruza como luz la oscuridad / mientras la oscuridad gira / y yo con ella?”.

La joven poeta que cantaba por las calles de Barcelona con la carta de Holan en la mano, que se aprendió su letra en un lenguaje que desconocía, supo encontrar el camino entre la infancia de Pedralbes, la soledad de su jardín, y la isla de Kampa. “Vuelve Barcelona y vuelve Pedralbes mientras, lejos, uno mira por la ventana crepúsculos, cielos, lluvia, simplemente por pegar la nariz al cristal, por no mirar adentro”. La poeta mira hacia fuera y en el momento en que contempla crepúsculos, cielos, lluvia, se da cuenta de que es hacia el propio interior hacia donde hay que mirar. Como buena discípula, Janés siguió el consejo de María Zambrano: aunque el hombre no preste atención al incesante sonar de su corazón, el corazón está a punto de romper a hablar.

Mientras leía La voz de Ofelia y recorría la ciudad, yo, al igual que Clara, era de Praga. Iba por las calles sin necesidad de preguntar, subía al castillo, vagaba por Malá Strana, recorría una y otra vez la isla de Kampa, llegando sin querer a la ventana de la casa de Holan, cruzaba el Puente de Carlos y me perdía por las callejuelas  y daba vueltas y vueltas por la Plaza de la Ciudad Vieja, como ella, bajo los arcos de sus casas desconchadas, amarillentas y grises, los jardines y los bosques, esperando a que en lo más alto del bosque checo, justo cuando se acerque la tormenta, el poeta encienda la luz.

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*Una versión de este texto fue publicada en el Ahora Semanal el 18 de diciembre de 2015.

 

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