Todos llevan máscara. Diario 1995-1996

 

 

Todos llevan máscara. Diario 1995-1996 de Laura Freixas, Errata Naturae, 2018.

 

 

 

Madrid, jueves 12 de enero

Hace unos días me desperté triste. Quizás por la marcha de Loli [la asistenta]: se fue con lágrimas en los ojos, y me sentí desalmada… Había decidido dedicar el día a escribir y eso hice. Y el resultado fue imprevisto: esa tristeza se contagió al texto, y me permitió dar con algo que llevaba meses buscando: el «tono» de las cartas de Teo [personaje de mi novela Último domingo en Londres], cartas cuyo contenido estaba perfectamente claro desde hacía meses, pero… qué difícil, y qué indefinible, es el tono.

De todos modos, Teo me sigue pareciendo el personaje más plano, y no creo que llegue a ser convincente. Bueno, quizás convincente sí, pero limitado. Emocionalmente, no consigo ponerme en la piel de un chico joven, guapo, heterosexual. Supongo que estoy, para ello, demasiado «del otro lado»… del deseo: le deseo demasiado para olvidar mi deseo y ponerme en su lugar; lo que uno desea siempre tiene un misterio: de otro modo el deseo se evaporaría, me imagino.

Mamá en París (a Wendy, mientras yo leía): «Anda, deja leer a tu madre, que si no se muere, igual que tu abuela».

La amiga de la canguro, por teléfono: «¿Tú eres la madre de Wendy?». Y me encantó la definición.

Julia, cuando en la fiesta de Alfaguara, Ramón Buenaventura le presentó al último fichaje, un chico de diecinueve años: «Ha escrito una novela», y ella saltó: «¿Con qué?». (El chico, a la defensiva: «También está la imaginación»).

Fui con Margarita al teatro (Carcajada salvaje; muy superficial; y estoy harta de que me hablen de Central Park y John Lennon y me presenten personajes à la Woody Allen) y estaba Rosalía. Tal como me parecía, es lesbiana: vive con una tal Luisa. Parecen contentas. Luisa agradable, reservada. Está corrigiendo una novela, que le publicará Tusquets: Beatriz de Moura la llamó y se la contrató, sin leerla, sólo porque había leído la anterior (primera y única hasta ahora que ha publicado). Insólito. Hace años me habría puesto verde de envidia; ahora me da igual. Aparte de eso no trabaja; supongo que Rosalía la mantiene.

He empezado la nueva novela [Entre amigas], para la que tenía ya algún apunte. Me parece —qué inmenso alivio— que me va a ser más fácil que la anterior —bueno, la actual—. Que voy a tener problemas técnicos, pero no psicológicos. Quizás me precipito. Digamos que veo cuáles serán o son los problemas, y sé que puedo resolverlos; mientras que la otra la empecé a ciegas, a tientas, sin la menor idea de en qué consistía escribir una novela. Problemas psicológicos también los tendré, seguro. Por ejemplo, ya empiezo a imaginar la depresión de esta primavera-verano-otoño: novela acabada —depresión—; novela sin editor —super depresión—; profesionalmente, ningún avance espectacular; vieja sensación de que ni soy editora o traductora, ni tampoco escritora; etc. Pero por el momento sí puedo decir que escribir esta nueva novela me angustia, me deprime, menos que cuando estaba escribiendo la otra (y hablo en pasado porque ahora, más que escribir, completo, y después corregiré, pero la fase en que se bordea la inexistencia queda atrás).

 

 

 

Jueves 19 de enero

Lo que más me gustaría ahora mismo sería vivir en una buhardilla, pobre como una rata, y dedicarme a escribir. Pero teniendo marido, despreocuparme del dinero no significa pobreza, sino egoísmo. Y supone además caer en la situación tópica de la esposa mantenida. ¿Por qué, exactamente, no puedo soportar esa idea?… Sospecho que los mismos que me lo aconsejan serían los primeros en despreciarme si lo hiciera. Pero, sobre todo, yo misma no me respetaría.

Vaya… ¿quiere decir eso que acepto el sancta sanctorum de esta sociedad: la ecuación valor igual a precio? Si lo que hago no se paga es que no vale, y, entonces, es lo mismo escribir una novela y hacer feliz a un bebé que pasarse el día, como aquella inolvidable vecina que tenía en el barrio de Arturo Soria, tumbada junto a la piscina, un rato boca arriba, un rato boca abajo —sin bañarse jamás—, hojeando revistas de moda, fumando, charlando por el teléfono inalámbrico, y siempre —eso era lo que más me asombraba— descontenta, malhumorada y quejándose de todo.

Pensándolo mejor, se me ocurre otro motivo, y es que en la mentalidad que he heredado —es decir, en la burguesía catalana que he conocido—, el que gana el dinero es el único que tiene ciertos derechos: derecho a mandar; derecho a ser escuchado porque uno (los demás, no) tiene problemas de verdad; derecho a pasarlo bien (¡aquellos domingos de mi infancia: mamá, Francesc y yo apretujados sobre una manta en la hierba del campo de aviación, de las diez de la mañana a las cinco de la tarde, sin un café, sin siquiera un lavabo, sin poder dar un paso porque era peligroso, mientras papá, divertidísimo, correteaba empujando avionetas…!); y, por supuesto, derecho a pasarse por el forro la infidelidad conyugal.

Y ahí ya sí que no. Estas confusiones —dinero igual a derechos— son monstruosas. Queda la solidaridad. Por eso no me dedicaré únicamente a escribir. Pero si es por eso, ya es otra cosa.

 

 

 

1 de Febrero

Últimamente soy bastante feliz. El «bastante» procede de una sensación de trabajar mucho con escasos resultados. Escasos sobre todo en dinero. (Cosas que tengo entre manos ahora mismo, y que por querer hacerlas bien, me exigen más tiempo del que pensaba: [compilar los relatos del libro] Madres e hijas, Smart [traducir la novela By Grand Central Station I Sat Down and Wept, En Grand Central Station me senté y lloré], críticas de Bowles, Todó, Martínez Sarrión, Trapiello; propuestas de seminarios para universidades de verano, de una colección para la Fundación Ruipérez, del libro Escribir para El País Aguilar…).

Leer El joc del mentider [El juego del mentiroso, de Lluís M. Todó] me está poniendo de mal humor. Sensación de que me han robado mis temas: novela semiepistolar, evocación de Barcelona (Café de la Ópera incluido), islas griegas, homosexualidad, escritura… Cuánto nos cuesta siempre aceptar que no somos únicos, extraordinarios, excepcionales, irrepetibles… Por otra parte, intriga el porqué de semejantes coincidencias. Será que somos, más de lo que sabemos, síntoma de una época y un lugar. Captamos lo que está en el aire, sin darnos cuenta.

Esfuerzo de imparcialidad. No dejarme influir por los celos, ni, inversamente, por el deseo poco honorable de quedar bien con Anagrama [la editorial que publica la novela]. Sensación de poder, de responsabilidad, de incomodidad, cuando las galeradas están por el suelo en algún rincón, cuando me imagino al tal Todó royéndose las uñas (está muy nervioso, me dijo la jefa de prensa; Echevarría tenía que hacer la crítica, pero parece que el libro no le gustó). Cuando pienso en cómo se abalanzará a comprar El País: ese hilo mental entre dos personas, él y yo, que no nos conocemos de nada… Intento que no me influya una cosa que me ha puesto en guardia de su libro: la antipatía que me ha parecido percibir del autor, en tanto que homosexual, hacia las mujeres. Hace una caricatura muy despectiva de una profesora de Literatura; curiosamente, el peor defecto que le achaca es… ¡el de ser lesbiana (reprimida)!

(Más tarde). Veo que Todó hace crítica en La Vanguardia. Leo la solapa de su novela anterior (la tengo en galeradas) y descubro que es profesor en la Universidad Pompeu Fabra. Sorprendo en mí, cazo al vuelo, un sentimiento que me avergüenza: tiene cierto poder en lugares importantes para mi carrera; me conviene quedar bien con él…

Pero no: creo que, en definitiva (aunque no niego que todo lo otro me influya), lo que más pesa es la sympathy (que no es exactamente compasión ni simpatía; solidaridad sería mejor) con alguien que es (más o menos) de mi generación, mi ciudad, con una cultura parecida a la mía y que ha escrito una novela. Eso que decía Herralde [editor de Anagrama] y ante lo cual yo (me sonrojo al recordarlo), en tiempos, contenía la risa (desdeñosa) a duras penas: «Ante todo, respeto por la persona que ha escrito una novela». Sin olvidar —como le digo a Javier siempre que hablamos de esto— que el crítico tiene otra persona a quien respetar, por encima del autor y, por supuesto, del editor: el lector.

Ayer fui a ver a Trapiello a su casa. Está claro que no nos tenemos demasiada simpatía. No me quejo, es culpa mía: aquel día en que me traicionó mi vanidad, mis celos, aquella conferencia en la Biblioteca Nacional a la que yo le había invitado diciéndole que hablaría de su diario; no le vi en el público, y lo que dije sobre su diario fueron algunas frases sibilinas y desdeñosas, comparándolo con el artículo semanal de Gala. Mi inconsciente tiende trampas a la vanidad ajena para castigarla: una catarsis, que me recuerda (caramba, esta asociación se la tengo que contar a la psi) a aquella chica argentina, creo, hija de un militar, y militante de una organización de izquierda, que atrajo a su cama al padre, militar, de una amiga suya: era una emboscada; sus compañeros salieron del escondite y lo mataron. La psi me hizo observar, cuando le hablé de la vanidad de T., que el detonante había sido mi propia vanidad herida al no verle entre el público (… pero estaba). Sin embargo, su diario, del que me entregó el tercer volumen, me gusta mucho.

Vive en un precioso piso antiguo de Conde de Xiquena, con ese olor de los pisos viejos. ¿De qué vendrá? Muebles antiguos, pero sin pretensiones; acogedor, decorado poco a poco, con veladores de mármol, con alcobas, con libros viejos, con una bonita vista sobre una calle intacta, de edificios de ladrillo con balcones, decimonónicos, muy madrileños, y al fondo la iglesia de Santa Bárbara, gris, con estatuas y palomas.

Su pequeña vanidad: hablando de los diarios de Martínez Sarrión me dijo que el libro (acaba de aparecer; al día siguiente pedí, y obtuve, la «reserva» de crítica para El Urogallo) «está muy bien, entre otras cosas porque me cita», y se fue a buscarlo para leerme la frase que lo citaba, o mejor dicho, sólo la lista de autores que citaba: «… Machado, Juan Ramón Jiménez y mi humilde persona».

Luego, hablando de César A., me contó que sabía de buena tinta que había llegado un día a Diario 16 ordenando que nunca más se reseñara un libro de Hiperión, porque había pasado delante de su librería (de Hiperión) y su libro (el de César) no estaba en el escaparate. Como el mismo Trapiello dice en su diario, hablando de algo que cuenta Baroja, es una calumnia tan burda que no puede ser sino una mixtificación del propio Baroja. Del propio Trapiello. Por cierto, que como hacen los famosos, a mí no me preguntó nada, ni siquiera cuando, casi intencionadamente, di pie a ello, por ejemplo cuando alabé su casa, tan bien decorada, tan vivida, y dije que la mía, en cambio, con esto de mudarse cada dos o tres años… Hablando de Extremadura, le comenté el previsto viaje en bicicleta, y no sé por qué, le precisé que no era con mi marido. «¿Con una amiga?», dijo él; ni siquiera era una pregunta; y dije: «No, con un amigo» (Olivier). Una de esas cosas que uno hace sin querer y sin saber muy bien por qué, y que con ciertos escritores me pasa con turbadora frecuencia. Tal vez fue una pequeña venganza por su falta de interés por mi humilde persona.

Su diario es realmente espléndido. Por cierto que, en más de una ocasión, él, describiendo un encuentro con alguien, se pregunta si esa persona, en ese mismo momento, estará relatando, en su propio diario, etc. Aprovecharé la crítica (que voy a hacer en Turia) para hablar de eso y decir que T. imagina, «seguramente con razón…». Sólo para divertirme. Algún día quizás alguien podrá leer su relato y el mío del mismo encuentro, en nuestros diarios respectivos, publicados… Como dice Pla, la qüestió és passar l’estona.

Hoy comí con Edgar. Una buena amistad, realmente, a pesar de que tengo mis reservas. Me dijo que no estaba tan seguro de «tener editor», o sea, de que le siga publicando la misma editorial, porque su última novela «no funcionó demasiado bien», según él porque «es un libro difícil». (Porque no tiene ningún interés, pensé yo). Como dice T. en su diario, la vanidad y la envidia las vemos siempre, y sólo, en los demás. En cambio, mi amistad con Margarita me avergüenza un poco: tanta admiración por su parte… La amistad con Olivier al principio tenía algo de eso también. Pero yo también admiro a Olivier, y nuestra amistad se ha ido haciendo más igualitaria a medida que él se ha ido a rmando.

Hablé con Edgar de qué haré cuando termine la novela. Por un momento vi —como si una pared de granito se resquebrajara— la posibilidad de no encontrar editor, y toda mi felicidad, mi serenidad, se resquebrajaron también, y por la grieta se abalanzó un mar de angustia. Como siempre, noto que la base secreta, el fundamento, de mi identidad, estriba en la certeza de que seré una verdadera escritora, una escritora… nada: sólo reconocida. Con lectores. Con nombre.

De todos modos, debo decir que cuando trabajo en la nueva novela me siento mucho más tranquila y segura que cuando empecé la anterior (empecé, y continué, y hasta hoy). Isabel, con quien comí el otro día, me obligó a reflexionar sobre ello. Me hablaba de un amigo suyo que escribe desde hace años cosas informes, impublicables; que lo ha dejado todo por escribir, y no sirve para escribir. Que ella misma ha dejado trabajos, novios, fines de semana, diversiones, por escribir; ¿y si luego resulta que…? Yo creía escucharme a mí misma, hace cinco años, cuando la gran crisis. Disfrutaba de mi propia serenidad al decirle, encogiéndome de hombros: son las reglas del juego. Es la única manera. No se puede tener una vocación condicional, eso no lleva a ninguna parte… «¿Y esa actitud tuya, cómo se aprende?», me preguntaba ella. Y yo, sonriente: «Por el fracaso». Y le conté mi trayectoria. Mi travesía del desierto, que todavía no ha terminado. Y siempre pienso que lo peor no es cruzar el desierto, sino no estar seguro de que después estará la tierra prometida…

Volviendo a Edgar. Todo muy agradable hasta el final, cuando mencioné la cartita que me ha escrito en respuesta al prólogo [que escribí para mi antología Madres e hijas]. Me pregunto si hice bien en pedirle que lo leyera antes de publicarlo… Bueno, sí: así las críticas no me cogerán por sorpresa. Pero qué agresiva es la suya… Volvió a hablar de «fascismo», me dijo que se niega a «entrar en ese juego» del mismo modo, dijo, que Violeta Friedman se negó a que se publicara su artículo recordando su experiencia en Auschwitz al lado del de un historiador que decía que los campos eran mentira. Caramba con la comparación. La verdad es que su esquela me dolió, me hizo sentir otra vez esa incomodidad olvidada, de hace muchos años, cuando ser feminista me hacía sentir que yo tenía razón pero que no me atrevía a decir esas verdades por miedo al rechazo, al ataque. Me cita como ejemplo para imitar a algunas escritoras que no es que refuten la existencia de algo femenino en literatura, sino que se niegan a hablar siquiera del tema. Yo creo que, en realidad, su actitud (habría que encontrar una palabra para definirla) consiste en querer ser «tan buenas como un hombre»: no pueden soportar el hecho de ser mujeres (hasta el punto de no querer siquiera hablar de ello) por desdén e irritación hacia todo lo femenino. Ellas se lo pierden.

Cuánto me gustaría poder dedicarme, días enteros, sin pensar en otra cosa, a la nueva novela. Meterme, sumergirme, zambullirme en ella, vivir sólo en y para ella.

¿Por qué no lo hago? Ésas son las preguntas que el análisis obliga a hacerse, descartando las respuestas fáciles, un poco deshonestas, que uno encuentra fuera. Por ejemplo, el precio que pagar: es necesario saber que todo tiene un precio —y no se trata del dinero, como yo creía; o no sólo del dinero, sino de algo mucho más amplio: la renuncia—. Y la respuesta honesta puede ser o bien que me falta valentía, me falta coherencia, tengo miedo a mi deseo. Me lo dijo la psi un día, de paso: «Si no tuviera tanto miedo a su deseo…», y esto, que parece una banalidad, dicho por ella, y en el contexto en que lo dijo, se me quedó grabado; y lo he visto plasmado en el personaje de Emma [de Último domingo en Londres], siempre huyendo despavorida de lo que de veras desea, siempre haciendo justamente lo contrario… Como decía: o me falta valor, o bien esas otras cosas —los talleres, los artículos…— que hago como disculpándome ante mí misma por hacerlas, como si las hiciera sólo por el dinero, por publicar, por el prestigio o por tener una «existencia» de cara a los demás… las hago en realidad porque también las deseo, también me gustan. Lo cierto es que me dan energía: me veo apretando los puños, aprovechando el tiempo… Y bien sé que aunque en ambos casos sufro: sufro si no tengo nada más que hacer que escribir, sufro si no tengo tiempo para escribir… Iba a decir que el segundo sufrimiento es menor, pero no es cierto: recuerdo la tristeza de los sábados, cuando trabajaba en Grijalbo y vivíamos en Passeig Sant Gervasi: cansada tras una semana de hacer cosas que no me importaban realmente, que no me satisfacían íntimamente… No; es una cuestión de dosis, de proporción, de equilibrio. Pero sigo sin encontrar el equilibrio justo, y eso me exaspera.

Basta por hoy. Estaba un poco inquieta y escribir, de un tirón, estas páginas, me ha sentado bien.

 

 

 

Sábado 11 de noviembre

Negativa de Herralde. «Querida Laura» (son cuatro líneas, y naturalmente ya me las sé de memoria a base de darles vueltas), «créeme que lo siento pero tu novela no ha gustado lo bastante ni a los demás miembros del jurado ni a mí mismo. Very sorry. Un abrazo, Jorge». Lo curioso es que no estoy deprimida. Unas pocas lágrimas ayer por la tarde, tarde lluviosa, mientras iba a buscar a Wendy. Me resulta humillante, pero hay que sobreponerse. De todos modos quedó entre las diez nalistas, sobre ciento veinte.

La nueva tira de mí con la fuerza de una ballena que ha mordido el anzuelo (aunque bien mirado me parece que a las ballenas no se las pesca con anzuelo). Lo cual no elimina las dudas, claro. Me parece que al personaje de Tina le falta espesor. Por lo demás, las cosas que digo sobre la pareja, el sexo, los progresos, el amor, los años setenta, quizás son perogrulladas, quizás es lo que todo el mundo comparte, pero de nuevo, ¿cómo saberlo? Lo que Tina dice sobre la vocación artística y la obra, lo que Eli piensa sobre la maternidad, no creo que sean banalidades, sin embargo, lo primero puede parecer un rollo, lo segundo, cursi… Pero una cosa que he comprendido por fin es que al crítico imaginario no se le puede desarmar. Al real aún menos, claro. No hay blindaje posible contra el riesgo de demolición. También he entendido, creo que ya lo he dicho, que si las críticas siempre me parecen demoledoras, descalificadoras, es porque las de mi padre, las que hace a cualquier obra de arte, movidas por la tremenda envidia que tiene a los artistas, lo son. Y también veo cómo me he movido siempre, me sigo moviendo, entre el optimismo estúpido de mi padre, su adoración, por lo demás traicionera, esa idealización de mis posibilidades (como cuando con diecinueve años, al volver de la India, me azuzaba para que le vendiera un reportaje fotográfico a La Vanguardia), y el angustiado pesimismo de mi madre, para quien uno no puede nada ni es nadie, y el otro es todopoderoso y tiránico. Entonces, cualquier empeño se convierte en un cara o cruz, en un test para saber si soy omnipotente y brillantísima e invulnerable, o si todo sale mal y es imposible y no hay nada que ganar sino todo que perder.

Visita a Trapiello. Su casa, sus modales, su expresión, todo me recuerda el título de un artículo suyo, «Voluptuosidad del tedio». Tiene casa de viejo, con grabados mohosos en marcos dorados, y un aparador de caoba, y un viejo sillón forrado de damasco, y un velador con fotografías, y algún discreto ramo de flores. Todo en tonos sepia y grises. Evoca bata de franela y zapatillas a cuadros, renta antigua, gato en la intersección del rayo de sol y el calorcillo del radiador. Me regaló su último libro, Mil de mil, recopilación de artículos. Ya en la puerta me preguntó por mis cosas. Le conté que tenía novela terminada, esperando decisión de Anagrama, y nueva novela en curso. Me sorprende a mí misma con qué naturalidad cuento a quien quiera oírme que espero decisión de Anagrama, aun sabiendo —pues está claro que me lo imaginaba— que sería negativa. Él acaba de terminar novela, que le «debe» a Plaza, ésa y otra, fue parte del contrato del premio. Me contó que de los diez millones Hacienda se lleva la mitad, que el anticipo es para tres novelas… en fin, que haga como haga las cuentas, gana menos que la asistenta. Igual que en mi caso, su cónyuge mantiene a la familia. Que hay quien piensa que es rentista, por lo de la casa en Las Viñas y el piso en Conde de Xiquena, pero —me ha explicado por enésima vez— la casa es poca cosa y el piso lo compró hace veinte años por un millón.

¿Soy vanidosa? No lo sé. En todo caso me cuido muy mucho de mostrarlo. En cambio sí sé que soy terriblemente vulnerable a la crítica, y que soy muy envidiosa, cosa que me da cien patadas.

Charlando yo sola en el diván comprendí y dije en voz alta cuál es mi problema con la envidia: que yo no he tenido que competir, en mi infancia, con una persona de carne y hueso, sino con un fantasma, la imagen idealizada que tenía de mí mi padre; y claro, esa competencia es mucho más difícil, uno siempre pierde. «Exacto», me dijo la analista. Y añadió que, por eso, cuando una persona idealizada por mí se vuelve de carne y hueso, cuando la conozco, entonces la humanizo y la reduzco a sus verdaderas proporciones.

Erica Jong dice que para terminar un libro hace falta anxiety and agression [ansiedad y agresión]. Existe un espíritu de rivalidad, competencia, y alegría por fastidiar a quien pretendía rebajarnos o sencillamente no nos admiraba, que es un espíritu desenfadado, alegre, creativo, aunque sea agresivo y envidioso y mezquino. No sé. En todo caso, ya no lo vivo con vergüenza y dolor sino que me divierte. Me refiero por ejemplo, a que me encanta, después de que Edgar me desaconsejara gravemente, no recuerdo bien con qué argumentos, publicar en Revista de Occidente, me encanta, digo, publicar junto a él, brindándole mi no solicitada compañía… En cambio, cuando se trata de mi novela, de mí como escritora, sufro mucho con estas cosas. Por ejemplo, al pensar en que Edgar me recomendó que no la publicara, aunque ahora que lo pienso también me recomendó que no publicase en Revista

Lo que me recuerda mi almuerzo ayer en La Madriguera (una encantadora librería-café, eso tan raro por estos pagos, en la calle Santiago, junto a Ópera, entre calles llamadas La Escalinata o Costanilla de Santiago o Herradores) con Noni Benegas. La cultura de estos argentinos me apabulla. Noni ha leído hasta las cosas más extrañas y marginales, y en París frecuentaba, por ejemplo, a Luce Irigaray. Estuvo varias semanas en casa de ella en Fontainebleau, en su estudio en Megève (donde también veraneaba Lacan) y en su piso de la calle Lacanal. Me la pintó como una mujer muy sui generis, un poco loca, pero con una formación impresionante, doctora en Filosofía, en Literatura y en Lingüística si no recuerdo mal, con hermosos ojos azules, de aspecto frágil, con un especial magnetismo… Hablamos de hacer una tertulia, un día al mes, con Silvia Tubert y algunas más. Sería una buena idea.

El domingo pasado salimos de casa temprano para ir a Montejo, a ver el Hayedo y dar una vuelta. Qué encanto tiene esta calle [calle del Pez] los días festivos por la mañana, tan silenciosa y vacía, con el brillo metálico de los tejados de pizarra, esa luz diamantina de Madrid…

Asistí al encuentro con Erica Jong. Perfectamente peinada, perfectamente maquillada, vestida con una elegancia quizás excesivamente lujosa y burguesa. Me gustó el encuentro —estaban Cristina Alberdi, Cristina Almeida, Rosa Montero, Elvira Huelbes…— por la solidaridad, por las preocupaciones comunes, como por ejemplo el haber notado todas un cierto retroceso, una vuelta del machismo explícito incluso en ámbitos —El País, sin ir más lejos— donde antes habría sido, por lo menos, de mal tono. Me gustó el que E. J. hablara de la reconciliación con la madre como una de las recompensas de la edad madura, o que Rosa Montero subrayase la ambigüedad de la relación con la madre, a la que una —en nuestra generación, al menos— ama, pero también desprecia, dice Rosa (recuerdo Las edades de Lulú: la protagonista mira a su madre, una señora de mediana edad, de clase media, deformada por sus muchos embarazos, y dice que lo que siente por ella es «asco»…); E. J. por su parte habló de que su madre had always encouraged me [«siempre me animó»], pero a la vez se había mostrado envidiosa y había sido con ella más cruel que nadie. (Y una madre tiene las armas para serlo…).

No me gustó el bajo nivel intelectual: Jong está muy lejos de Sontag o Simone de Beauvoir, pertenece a otra mentalidad, triunfadora, simplista, didáctica, voluntarista… No me gustó el tono mitinero. Por ejemplo, decía que una a veces se pregunta, por la noche en un hotel, a miles de millas de su casa —cuando tiene que presentar un libro, supongo— si es ahí donde debería estar. The answer, of course, is yes. Claro, cuál iba a ser. Me quedé con las ganas de hacer una pregunta: ¿usted no duda nunca? ¿No hay algún aspecto, en todo esto de la liberación de la mujer, respecto al cual tenga dudas? Yo personalmente tengo muchas. Por ejemplo, cuanto más me acomodo al papel tradicional de la mujer, cuanto más descubro el encanto y el placer de la feminidad —que para mí se traduce en el placer que me produce la vida cotidiana: una despensa bien provista y en orden, vestir a Wendy, un día de lluvia como hoy…— más perpleja estoy en cuanto a lo que eso puede significar en términos tanto individuales —depender económicamente de un hombre me parece peligroso, aunque al mismo tiempo confío ciegamente en E.— como sociales, políticos, etc.

 

 

 

18 de noviembre

Ayer asistí a un coloquio en Casa de América: La mujer en los medios de comunicación, con Teresa Castanedo (Telemadrid), Consuelo Álvarez de Toledo (El Mundo), Mercedes Pujol (Radio 5), Fernández Miranda (Defensor del Pueblo) y Gerardo Ríos (Amnistía Internacional).

Mensaje implícito o sobreentendido, unánimemente, el de siempre: el feminismo del cincuenta por ciento. Se habló del porcentaje de mujeres entre periodistas, y entre directivos. Mercedes Pujol dijo en un aparte que ella no había querido ascender porque prefería dedicar más tiempo a su vida privada pero eso era «una opción personal» y lo que ella pedía era libertad para poder elegir. Pero lo dijo muy discretamente. Alguien del público, una mujer de unos cincuenta años, replicó que los hombres no tenían ese problema, que nunca se planteaban renunciar a un ascenso para dedicar más tiempo a su familia, que a ella y su generación siempre les aconsejaban que fueran farmacéuticas para tener más tiempo libre. Me quedé con ganas de decir a M. P. que la supuesta opción personal era, en realidad, colectiva, y que no podemos jugar con dos barajas, reclamando unos derechos que no tenemos intención de ejercer. Yo misma debería reflexionar mucho más antes de abrir la boca… Porcentajes de mujeres que protagonizan noticias. Porcentaje de hombres versus mujeres que leen periódicos (aproximadamente 60/40, aunque el dominical de El País iguala o invierte la tendencia), y que leen revistas de moda, o cotilleo, o motor, o deportes; Consuelo Álvarez de Toledo leía los porcentajes con comentarios como «desolador»; ¿qué tiene de desolador el que los lectores de Marca sean un noventa por ciento hombres y los de una revista de patrones de costura no- venta por ciento mujeres? C. A. T. reclamó «una información sin sexo» y me quedé con ganas de contestarle que tal información, suponiendo que fuera posible, sería limitadísima, dejaría fuera uno de los factores que más condicionan la vida de todos nosotros (muy especialmente de todas nosotras). Pero en el turno de preguntas intervinieron dos hombres, sólo dos, que dijeron: uno, que si pensaban las ponentes que debería haber asignaturas específicas en la carrera de Periodismo que trataran temas femeninos, por ejemplo que estudiasen a mujeres emblemáticas como Catherine Deneuve o Brigitte Bardot y su amor por las focas, pregunta confusa y con retintín, de un tío bajito y torcido con gafas; otra, de un joven que, con desparpajo, preguntó si el que las mujeres compitiesen por puestos directivos no iba «en contra de su naturaleza». En ambos casos, las ponentes escurrieron el bulto por no entrar al trapo. C. A. T. dijo que, como asignaturas específicas, a ella le parecía que sólo una, en la Facultad de Medicina: la Ginecología (tono mitinero y rotundo; aplausos)…

Me quedé con ganas de rebatir lo de «información sin sexo», poniendo como ejemplo la marcha de los negros sobre Washington, hace unas semanas, en que el organizador, un líder negro islámico, pedía que acudiesen sólo hombres; que las mujeres se quedaran en el hogar con los hijos, que era su lugar: los que dieron la noticia en varios telediarios y en la prensa, al menos lo que yo leí —y me interesé por el tema, o sea que busqué— pasaban por ese «detalle» como sobre ascuas: eso es información sin sexo. O información sin sexo es que al progra- ma de Garci en TVE (se proyecta una película y luego varios invitados la debaten), en años de emitirse semanalmente, no haya invitado nunca a una mujer; información sin sexo es que de eso no se hable: sin duda sería de mal gusto, se nos acusa- ría de pensamiento políticamente correcto…

A la salida me encontré con Carmen Limón, que fue alumna mía en el Círculo de Bellas Artes y es psicoanalista. Me contó que a una paciente suya actriz le habían pedido que interpretase a un marciano. «¿Hombre o mujer?», preguntó la actriz, y cuando le dijeron que no se sabía, dijo que, en tal caso, «no puedo».

 

 

 

Domingo 28 de abril

Todo el fin de semana (bastante mediocre, en el hotel España de Burgos) intentando ver claro.

Hace años que me he dado cuenta de que actúan en mí dos fuerzas, una creativa, de sensibilidad, poética, y otra mezquina, envidiosa, de ambición angustiosa, que me destruye, que sabotea la primera, pero no sabía muy bien cómo, cómo produce ese efecto paradójico de ponerme bastones en las ruedas, en lugar de impulsarme hacia lo que tanto ambiciono. Ahora veo algo: veo, por ejemplo, que me reprocha más que estimularme; más que acicate (acicate: he visto un par en el museo de las Huelgas: son espuelas), es látigo. Y hace que, en vez de pensar en literatura, piense en mi carrera literaria (y en las ajenas, ay).

De todos modos, he conseguido pensar en la novela sin sentir que el escaso entusiasmo de Beatriz de Moura me había pinchado el globo de nitivamente. 

Mañana por la noche voy a una presentación de un libro, de Martín Casariego, de Plaza. Qué rabia, tenía planeado ir al cine, a ver Vivir rodando, con Liliana y Pepa, y luego a cenar… Cenaré con ellas, y luego iremos juntas a la presentación; pero qué ganas tengo de vacaciones…

Y, claro, no puedo faltar porque es una ocasión única de hacerme la encontradiza con Murillo, o sea, ni llamarle, ni esperar a que me llame. ¡Mira que si no va…!

E. dice que está dispuesto a quedarse cuatro o cinco años más en Madrid a condición de cambiar de casa. Ya hace algún tiempo que, por cosas que «pesco» y en las que no insisto porque sé que le agobia que le acose a preguntas (ya lo observó Maryse: me dijo que oyéndome hablar de mi relación con E. se daba cuenta de que con él vigilo mis palabras; es cierto, forma parte de la diplomacia conyugal, supongo que él tendrá sus diplomacias conmigo), hace tiempo que preveo que no nos marcharemos inmediatamente. ¡¡¡Qué suerte!!! Estoy un poco enfadada conmigo misma por no disfrutar más esa buena noticia.

Total, E., que siempre necesita tener la vista puesta en algún desplazamiento geográfico futuro, ya sea irse a vivir a otro continente o pensar en el próximo fin de semana, ahora ha empezado a darle vueltas a la idea de una casa fuera de Madrid. Yo, claro, preferiría quedarme en Pez: me gusta el piso, me gusta el barrio (E. lo detesta)… pero si la alternativa es cambiar de continente (y perder tantas cosas: el trabajo, los amigos, la incipiente carrera literaria…) me voy a Majadahonda o adonde sea, de mil amores. Además, ya no tengo esas bruscas sensaciones que tenía antaño de que no soporto mi vida, de que mis circunstancias me encierran como en una pecera, de que todo me asfixia y necesito salir, irme, adonde sea…

 

 

 

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Laura Freixas (Barcelona, 1958) se dio a conocer en 1988 con una colección de relatos, El asesino en la muñeca, a la que seguirían las novelas Último domingo en Londres (1997), Entre amigas (1998) y Amor o lo que sea (2005), el libro de relatos Cuentos a los cuarenta(2001) y la autobiografía Adolescencia en Barcelona hacia 1970 (2007). Su última novela, Los otros son más felices, se publicó en noviembre de 2011.

Paralelamente a su obra narrativa, Laura Freixas ha desarrollado una intensa labor como estudiosa y promotora de la literatura escrita por mujeres: ha coordinado las antologías de relatos de autoras españolas contemporáneas Madres e hijas (1996) yCuentos de amigas (2009), y es autora de los ensayos Literatura y mujeres (2000), La novela femenil y sus lectrices (2009, Premio Leonor de Guzmán) y El silencio de las madres y otras reflexiones sobre las mujeres en la cultura (2015).

Ha traducido los diarios de Virginia Woolf y André Gide, así como las cartas de Madame de Sévigné a su hija. Es columnista del periódico La Vanguardia y ha sido profesora invitada en varias universidades de Estados Unidos.

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