El cuarto de escribir y de planchar

 

 

 

Durante los primeros meses de vida de mi hijo, mi estudio perdió su utilidad original y pasó a convertirse en el cuarto del tendedero y de la plancha. Mi marido y yo comenzamos a organizar aquí la colada como solución provisional ya que, hasta entonces, el tendedero había estado en la habitación del bebé. Pero pasaron las semanas y los meses, y como yo no tenía tiempo para sentarme delante del escritorio, la ropa limpia colonizó mi despacho.

 

Este verano volví a trabajar, pero no he conseguido sacar el tendedero de mi estudio; la colada sigue aquí, a la izquierda de mi mesa. Cada mañana, después de dejar al niño en la guardería, aparto los calcetines pendientes de emparejar que hay sobre mi escritorio y quito algún pantalón o americana de la silla. Mientras tecleo estas líneas, a un lado de mi portátil hay una bolsa con un pijama de bebé que tengo que cambiar esta tarde en una tienda porque a mi hijo le queda pequeño y, a la derecha, un sacaleches que se conecta al ordenador por USB. Hace menos de un año, cuando me bloqueaba con la escritura, solía tumbarme sobre la cama a leer o a pensar, pero ahora, cuando no sé cómo seguir un texto, enciendo el extractor y paso quince minutos viendo alguna película de cine clásico en el portátil mientras la leche materna cae una bolsita para congelar.

 

Mi despacho tiene un horario. Por las mañanas es un lugar de reflexión y de trabajo y por las tardes vuelve a ser el cuarto de la plancha. Después de recoger al niño en la guardería, al llegar a casa, empujo el ordenador al fondo de la mesa y coloco la cesta de la ropa limpia sobre mi escritorio para organizar las camisetas y los pantalones. Por las tardes, la escritura no me abandona, se me ocurren muchas ideas mientras corro detrás del niño o gateo con él en el arenero del parque, pero la mayoría de las frases se pierden y no llegan a introducirse en ninguna historia. Consigo apuntar algunas notas en el teléfono o con una mano en el portátil mientras cargo al bebé en brazos, pero desisto rápido porque a mi hijo le atrae la luz de las pantallas y siempre las quiere tocar.  

 

La escritura me ha preparado para uno de los principales retos de la crianza: la soledad. Sin embargo, todavía estoy acostumbrándome a tener que dedicar tanto tiempo a mi hijo. Intento acotar mi rol de madre y mi rol profesional con un horario, pero no consigo separarlos. En mi lista de tareas pendientes anoto sin jerarquías los quehaceres domésticos y los profesionales: los e-mails pendientes de contestar, el pago de la guardería, la fecha de entrega de un texto y la llamada a la casa Bosch para que arreglen el microondas que dejó de funcionar misteriosamente hace una semana. Cuando escribo más y desatiendo la casa, casi no hay ropa tendida en mi despacho. Cuando antepongo las tareas domésticas a la escritura, apenas tengo sitio para trabajar.

 

 


 

Gabriela Ybarra nació en Bilbao en 1983. Es licenciada en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Pontificia de Comillas y máster en marketing por la Universidad de Nueva York. Actualmente vive en Madrid en donde escribe, analiza redes sociales y elabora estudios de mercado. Su primera novela, El comensal, se ha convertido en un fenómeno editorial y ha recibido el Premio Euskadi de Literatura.

Actualmente vive en Madrid y compagina la escritura con el análisis de redes sociales. Sus textos han aparecido en medios como El País, ABC, El Mundo o Revista Eñe. En 2018 El comensal ha sido publicado en Reino Unido por la editorial Harvill Secker.

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