Martha Gelhorn, una joven escritora en el infierno

 

 

 

Detesto las biografías porque solo se interesan en tus amantes y tus excentricidades. 

Martha Gellhorn

 

 

En el verano de 1936, Martha Gellhorn se despertó temprano cada uno de los días que pasó en la casa de H.G. Wells en Londres, obligada por su anfitrión y desesperada por la sola idea de tener que sentarse a escribir en el jardín hasta la hora del almuerzo. Maldecía el momento en que había aceptado la invitación del escritor.

 

Cuando pienso en una joven y ambiciosa americana de veintisiete años en la casa del autor de La guerra de los mundos no puedo evitar sentir un poco de envidia. Yo me habría levantado saltando de la cama, me habría vestido deprisa, un poco de rubor en las mejillas, una horquilla para controlar mi insurrecto flequillo y habría bajado corriendo por las escaleras para estar sentada a la mesa con la mermelada en las tostadas antes de que Wells hubiera siquiera abierto la puerta de su habitación. A la media hora ya tendría mi máquina de escribir dispuesta sobre la mesa junto con un buen montón de folios en blanco y así llegaría a ser la más fiel discípula. Pero Martha era una rebelde y Wells, con sus más de setenta años, era por entonces un abuelo cascarrabias que quería ver a la niña triunfar.

 

Gellhorn y Wells se habían conocido en la Casa Blanca como invitados de Franklin y Eleanor Roosevelt unos meses atrás. Edna, la madre de la joven, era una antigua militante feminista que destacó como activista a favor del voto femenino y muy amiga de la primera dama. Cuando se encontraron por primera vez, Wells se volvió loco por ella. La llamaba pelele, la aconsejaba sobre la escritura, le daba dinero a cambio de que ella le informara de los acontecimientos y las últimas modas en Estados Unidos y le enviaba cartas picantes –que incluían las palabras trópico, labio o perla dorada–, donde imaginaba los más sugerentes escenarios en los que cumplir sus fantasías. Sabiendo esto, yo, más prudente que nadie y con cierto desapego por los hombres de más de cincuenta años con ínfulas de Humbert Humbert, habría rechazado la invitación a la metrópolis británica. Pero corrían los  años 30,  y por entonces nadie imaginaba que quedaban por delante la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial. Martha tenía veintisiete años, estaba sin trabajo, sin amantes y se sentía halagada por las atenciones del experto escritor. Años después, Martha le contaría a su editor Max Perkins que el único consejo que recibió de Wells fue que nunca usara comas, a menos que no hubiera manera de evitarlas.

 

Martha Gellhorn nació en San Luis, Misuri, en 1908 y abandonó la universidad para hacerse escritora a los veinte años. Puedo imaginarme cómo una muchacha hermosa y con talento podría llegar a aburrirse ante la previsible vida del Medio Oeste americano que se le venía encima: salidas a tomar helado por las plazas, conocer a algún hombre que superara el escarnio de sus padres, guardarse toda la ambición y los sueños en los cajones más recónditos de su cuerpo y criar hijos. Pero Martha no quería eso. Ella quería ser escritora y pensó que el lugar más interesante para serlo era París.

 

Llegó a la ciudad de la luz con una máquina de escribir y 75 dólares en el bolsillo. Allí se embarcó en una relación de más de cuatro años con Bertrand de Jouvenel, un bien relacionado periodista que era hijastro (y dicen que hasta llegó a ser amante por un breve período de tiempo) de la legendaria Colette. Allí Martha fue feliz porque podía soñar con encontrarse en los salones de todo París con escritores, periodistas, editores y gente que estaba haciendo cosas. Al poco tiempo ya había superado su provincialismo, vestía trajes de Schiaparelli, trabajaba en la sede parisiense de Vogue y se vinculó a grupos de izquierdas y pacifistas.

 

No todo era un camino de rosas para nuestra joven promesa: Bertrand estaba casado y era un hombre que dependía emocionalmente de ella. Su padre, un ginecólogo bastante liberal, era el menos conforme con la relación y llegó a decirle que “hay dos clases de mujeres, y tú perteneces a la otra”. En 1934, Martha rompió con Bertrand y volvió a Estados Unidos al calor del hogar y al aburrimiento de los infinitos paseos en compañía de su madre. Cuenta Caroline Moorehead en su biografía de Martha Gellhorn, que “Martha solía decir que había regresado a su país natal en el otoño de 1934 porque se había dado cuenta de que la pobreza que veía en Europa también existía en su propia tierra, y quería estar presente para escribir sobre el tema”.

 

Entonces pasó algo que dio un giro a su vida, un giro inesperado y brutal que cambiaría su forma de verlo todo. Martha comenzó a trabajar para la Administración Federal de Ayuda de Emergencia (FERA) haciendo informes sobre las terribles condiciones de vida de la gente en las zonas rurales de todo el país tras la Gran Depresión. En aquellos años, Estados Unidos tenía a un cuarto de la población en paro y la gente se moría de hambre y enfermedades derivadas de la pobreza en las zonas más alejadas de las grandes urbes. Martha acompañó a la fotoperiodista Dorothea Lange recorriendo las tierras más remotas. La joven estaba tan desquiciada con lo que se iba encontrando que en una cena en la Casa Blanca le confesó a Eleanor Roosevelt que “todos los parados tienen pelagra y sífilis”. Se volvió tan desobediente en aquellos años, que llegaron a despedirla por haber instigado un motín entre un grupo de trabajadores de Idaho sobre los que estaba escribiendo un reportaje. En ese momento exacto fue cuando se encendió la mecha de su compromiso.

 

Durante aquel tiempo también había escrito una novela en clave chick lit sobre tres amigas universitarias que iban en busca de sexo y se preguntaban acerca del sentido de la vida, pero en el camino solo encuentran desilusión y enfermedades venéreas. Se tituló Qué loca búsqueda en honor al poeta Keats y cosechó críticas negativas y la decepción de un padre, quizá, demasiado exigente. Martha estaba tan destrozada que llegó a escribirle a Jouvenel en una carta “que mi libro haya sido un fracaso ha significado para mí mucho más de lo que había imaginado”.

 

Pero ella estaba decidida a enmendar los errores de su juventud y quería escribir “grandes cosas sólidas que se te echen encima y te llenen la mente de gloria y terror”. Entonces inició una serie de retratos semificticios sobre las víctimas de la Gran Depresión que se llamó Los problemas que he visto: una sindicalista, una prostituta adolescente, una abuela que tenía que vivir del subsidio del paro. Y así es como le encontramos sentido a la aparición de Wells en esta historia. Este es el libro para el que el escritor británico le había encontrado editor y por eso la invitó a pasar el verano en su hermosa mansión de Londres cerca de Regent´s Park. Cuando se publicó tuvo reseñas muy apasionadas y entusiastas, hasta su padre se sintió orgulloso de ella. Martha había conseguido hacer algo a la altura de su prometedor talento. Decidió mudarse a Nueva York para empezar de nuevo.

 

Ambiciosa y perseverante como era, intentó conseguir trabajo en la revista Time y en The New Yorker. Pero desgraciadamente, el optimismo no duró mucho. Su padre murió poco después de un ataque al corazón y así, con la muerte del mismo sobre los hombros y el rechazo de las dos publicaciones, pensó que había llegado el momento de regresar a Europa y escribir una novela sobre los pacifistas franceses y alemanes que habían conocido la masacre de la I Guerra Mundial, una idea que le había robado el sueño durante los años que pasó en París.

 

 

 

 

En  Hotel Florida. Verdad, amor y muerte en la Guerra Civil, un brillante ensayo sobre la vida de seis escritores en la Guerra Civil Española (Martha Gellhorn y Ernest Hemingway; Gerda Taro y Robert Capa; y Arturo Barea e Ilsa Kulcsar) escribe Amanda Vaill que una vez en Londres, Martha Gellhorn consiguió librarse del Wells más romántico (éste se había enredado con Moura Budberg, una antigua amante de Máximo Gorki) y se conformó con el papel de mentor. Le confesó que creía en ella, en su talento y en el porvenir como escritora que la esperaba si conseguía disciplinarse. Él se empeñó en que se levantara a las ocho de la mañana, desayunaran juntos y cada uno en un lugar diferente de la casa, escribieran durante horas. Pero ella no era capaz de acatar semejantes órdenes disparatadas. Era una escritora errática y espontánea que necesitaba disfrutar de las distracciones que podía proporcionarle una ciudad como Londres y eso era contrario a la idea de madrugar.

 

Un día decidió darle una lección a Wells y llevó a cabo un plan: se sentó con la máquina de escribir en el jardín y tecleó hasta dar por concluido “Justica nocturna”, la crónica del linchamiento de un labrador negro de diecisiete años que había presenciado cerca de Mississippi. El tono severo y notarial de Martha hacían que la historia fuera mucho más espeluznante. A Wells le gustó el texto y consiguieron venderlo a The Spectator en Londres y al Reader´s Digest en Estados Unidos. Acababa de demostrarle al escritor lo que podía hacer si se lo proponía.

 

Pero no todo era lo que parecía. El descaro de Gellhorn llegaba muy lejos porque se había inventado la historia completamente. Nunca oyó a la víctima “soltar un alarido terrible, como el gañido de un perro”. Martha había conocido a un camionero cuando trabajaba en la FERA que le había contado que estaba volviendo de una “fiesta de corbata” que era como llamaban a los ahorcamientos clandestinos de negros y había conocido a un hombre al que le habían linchado a su hijo. Y con ese par de anécdotas Martha construyó la crónica de un episodio ficticio como si hubiera ocurrido de verdad. En aquellos meses fue cuando recogió sus crónicas sobre la Depresión en un libro que llevó por título The Trouble I’ve Seen y se publicó con prefacio de H.G. Wells ese mismo año. Cobró su cheque, se olvidó del tema y se trasladó de nuevo a París donde todo había cambiado mucho desde su última estancia.  

 

 

 

 

En 1936 Alemania estaba gobernada por una dictadura antisemita a manos de Adolf Hitler. En marzo de ese año, las tropas del dictador habían invadido ilegalmente Renania, una comarca fronteriza en el nordeste de Francia y algunos de los pacifistas del círculo de Jouvenel, habían girado a la derecha y decían que los verdaderos enemigos era los comunistas y los judíos. Incluso Jouvenel parecía inmerso en esa órbita fascista. Había publicado una entrevista con el führer donde este decía que amaba a Francia, pero en sus memorias Mein Kampf escribía que Francia era “enemiga mortal de nuestra nación”.

 

París ya no era una fiesta: las calles estaban llenas de vagabundos, gente sin empleo, pobreza y matones fascistas que se dedicaban a hostigar a todo aquel que fuera diferente. Aunque Martha empezaba a sentir que necesitaba hacer algo con su vida y comprometerse con una causa, sus padres la habían educado para que siempre intentara poner la verdad en cuestión. La joven no se sentía cómoda con la atmósfera “abyecta” de París donde los huéspedes del Ritz se quejaban de que no había personal suficiente para hacerles las camas. Y decidió irse a Alemania donde comenzó a documentarse para su novela en las hemerotecas de Stuttgart y Múnich.

 

Alemania resultó ser un país “tóxico” lleno de gente uniformada y banderas con esvástica. Los letreros de Juden verboten (Prohibido a los judíos) cubrían las ciudades y era algo que resultaba descorazonador para Martha pues sus padres eran medio judíos. En esos momentos, en España estallaba la Guerra Civil y los periódicos alemanes hablaban del gobierno republicano como “la chusma de cerdos y perros rojos”. Martha no aguantó más los horrores de Europa y decidió volverse a San Luis. Una vez en el medio oeste pensó que lo mejor que podía hacer durante el largo invierno que se avecinaba era acompañar a su madre viuda y esperar a que algo –emocionante, trepidante– ocurriese. Estaba preparada para “empezar desde cero” y dispuesta a disfrutar un poquito de la fama codeándose con el poeta Edgar Lee Masters y la novelista Margaret Ayer Barnes, ganadora del Pulitzer, en una charla en la feria del libro de Nueva York, algo terriblemente inesperado ocurrió.

 

Cuando volvió de París, su libro se había convertido en un éxito y el texto “Justicia nocturna” había servido para que Eleanor Roosevelt se lo entregara a Walter Francis White, director de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP), que llevaba varios años intentando aprobar una ley contra los linchamientos. White le escribió una carta a Martha para que testificara ante un comité del senado. Qué se le pasaría por la cabeza a la joven escritora aquellos días cuando supo que si lo hacía estaría mintiendo a Dios y al Estado. Y si no lo hacía, tendría que contarle a la primera dama toda la verdad. ¡Qué dilema! Gellhorn se decantó por escribirle una animada carta a la primera dama en la que, de alguna manera, se arrepentía, pero donde confesaba “por lo visto soy una escritora (o una mentirosa) muy convincente, ya que todo el mundo se creyó que había sido testigo directo de un linchamiento que en realidad me había inventado”. No podemos culpar del todo a Martha porque las revistas habían aceptado su crónica sin preguntar ni a ella ni a su editor la veracidad del asunto y ahora ella quería ser “una chica valiente que iba a arreglarlo todo solita”.

 

Después de todo aquello, seguía pendiente su intervención en la feria del libro de Nueva York. Cuenta Amanda Vaill que Martha casi nunca había hablado en público cuando le llegó el momento de intervenir en el International Building en pleno complejo del Rockefeller Center en la Quinta Avenida presidido por la estatua de bronce de Atlas que levantaba el peso de la tierra sin esfuerzo. Era un frío día de finales de noviembre y conociendo el tema de la intervención que le habían asignado a Martha (Escuchar a Estados Unidos) a una se le quitarían las ganas de salir siquiera de la cama. Los anteriores ponentes habían hablado sobre el estado de la literatura, pero Martha quiso demostrar a los asistentes que los escritores son los responsables de desarrollar la conciencia social del pueblo, que los escritores “debían dramatizar, difundir y vender la democracia” a los lectores porque, si no lo hacían, “se arriesgaban a que les ocurriera lo que estaba pasando con los escritores alemanes”.

 

Unos días después, cuando le contaba a la primera dama el episodio, se burló de los demás ponentes, sobre todo de la escritora Margaret Ayer Barnes quien “había contado que había tenido que pedir información a su marido sobre las quiebras de bancos para poder incluirlas en sus novelas. Qué patético era”, decía Martha, “asumir en público el papel de mujer de una forma tan lamentable, cuando en realidad la escritura era una actividad igual que la fontanería”. La soberbia de nuestra joven Martha –después de días leyendo sobre ella una acaba sintiendo que es como de la familia–  no tenía límites puesto que lo que dijo Barnes no tenía nada que ver con el papel que a la mujer se le tenía reservado. Ella era una escritora profesional que justo ese mismo día, unas horas antes, había impartido un taller sobre la necesidad de que los escritores verifiquen sus fuentes porque “si el autor cometía un fallo, mil lectores lo iban a detectar enseguida”.

 

La tormenta provocada por su falsa crónica ya casi había pasado y toda la familia decidió irse a Cayo Hueso a celebrar la Navidad. Fue idea de la madre de Martha con la intención de distraer a sus hijos en las primeras fiestas sin su padre. Una cartel luminoso sobre la fachada de estuco anunciaba el nombre del local “Sloppy Joe´s Bar”. No estaban acostumbrados a tomar cócteles en pleno invierno, pero quisieron hacer algo diferente para olvidar y la isla, situada en el extremo más meridional del continente, era un lugar perfecto.

 

En un extremo de la barra había un hombre alto y corpulento leyendo un periódico con unos pantalones cortos atados por un cordel. El extraño alzó la vista y vio al trío de desconocidos: Alfred, el hermano de Martha que estudiaba medicina, Edna y la propia Martha con su melena cobriza más espectacular que nunca y un hermoso vestido negro de verano. Ya os podéis imaginar. El rostro de Ernest Hemingway no pasaba desapercibido en ninguna parte y la joven fue directa hacia él para presentarse. Él había sido su ídolo desde siempre. Martha tenía una foto suya colgada en la pared de su habitación de la universidad. No cuesta figurarse hasta dónde llegaría el fanatismo. Dispuesta a fantasear, podría llegar a pensar que, si yo me encontrara en una chiringuito de una playa de Cádiz con Jonathan Franzen, haría exactamente lo mismo. Así que no puedo culparla. Pero además de lo evidente, los críticos habían comparado la prosa cortante de Gellhorn con la de Hemingway y aquello no podía ser una coincidencia. Los dos se sentaron en la barra a contárselo todo.

 

 

 

 

El escritor le habló de que sus dos mujeres habían estudiado en San Luis (por entonces, Hemingway seguía casado con Pauline) y que él conocía la ciudad porque vivió allí cuando era joven. Estaba tan cómodo que se ofreció a enseñarles a los tres las ensenadas más escondidas de Cayo Hueso. Y cumplió su promesa: acompañó a los Gellhorn durante tres semanas de vacaciones. Martha se quedó una quincena más, según ella misma, se convirtió en “un elemento decorativo más de la casa de los Hemingway, como una cabeza de antílope”. Juntos bebieron copas hasta el amanecer, nadaron en el mar, hablaron infinitamente sobre lo que escribían y sobre la guerra en España. Ella le llamaba “Ernestito” y él “hija”, apodo que utilizaba siempre que se dirigía a una mujer más joven.

 

Pauline, la mujer de Hemingway, debió de darse cuenta de que algo ocurría entre los dos porque cada vez que alguien le preguntaba por su marido ella contestaba lo siguiente: “me temo que Ernest está muy ocupado enseñando a escribir a la señorita Gellhorn”. Poco podía hacer Pauline. El escritor estaba totalmente obsesionado con la Guerra Civil española y de todo su círculo Martha era la persona que mejor conocía la situación que se estaba viviendo en Europa. Ambos se entusiasmaban hablando de la posibilidad de un viaje a España para conocer la guerra de primera mano ya que a Hemingway le habían ofrecido escribir un reportaje sobre la contienda española. Aquello parecía destinado a suceder. El propio donjuán confesaba avergonzado a un amigo que era “un idiota con las mujeres. Siempre acabo pensando que tengo que casarme con ellas”.  Y qué podemos decir de Martha a estas alturas. Seguía siendo asombrosamente joven, escribía bien, tenía la valentía de la inconsciencia y estaba enajenada por su conquista. Martha llegó a escribirle una carta a Elanor Roosevelt en la que le contaba que “les parecía que quedaba muy poco tiempo para hacer algo” y que debían “trabajar todo el día y toda la noche, pero también tenían que vivir, y amar a la mayor cantidad de gente que pudieran conocer, y hacerlo todo deprisa, muy deprisa, porque cada día les quedaba menos tiempo”.

 

Gellhorn dejó San Luis y Hemingway fue tras ella para concretar los detalles de su viaje con John Wheeler, el hombre que le había propuesto hacer el reportaje, y con los escritores John Dos Pasos y Archivald MacLeish que también estaban planeando viajar  a España para hacer una película sobre la guerra. Martha había encontrado finalmente ese algo emocionante, trepidante que le iba a proporcionar un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento: “Yo me voy a España, con los chicos. No sé quiénes son esos chicos, pero aun así me voy con ellos”.

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