Diario de unas células madre XIV

 

 

 

Quiero explicarte la tristeza, Carmela. Imagina que te estás bañando y una capa de cemento cubre todas las piscinas. Eso. O que te quedas llorando en la cuna, sin que yo acuda rápido a cogerte. O que entras a una sala llena de pelotas y no te dejamos coger ninguna. No más brazos, no más música, no más cuentos ni comida. Imagina que no nos reímos. Todo eso es la tristeza, mi vida. También lo que tenemos ahora posado en el cuerpo, como si fuera una nueva capa de la piel. Se ha muerto tu bisabuelo. Mi abuelo. Una de las personas a las que más he querido. Y a ti te adoraba, no quiero olvidarme de él ni de eso. Te alegrabas siempre al verle. Le tocabas la cara con cuidado. Le dabas besos. Veías algo que te llamaba la atención y le mirabas con tu cara de sorpresa, buscando su complicidad. Te acercabas de nuevo a él y le volvías a hacer carantoñas. Tu bisabuelo me quería mucho, pero se olvidó de mí al tenerte. No le importaba si yo no iba a verle mientras tus abuelos le llevaran. Antes de ti, siempre le parecía que era poco todo lo que iba a visitarle. Me llamaba a menudo para recordarme que estaba ahí, para ver lo que hacía o para mandarme besos. Me gustaba que me llamara, aunque me obligara a ponerme a chillar para que me oyera. Todavía tengo su voz en las uñas, y no hago otra cosa que arañarme con ella. Pasará la tristeza, pero no quiero olvidarme de su recuerdo y que tú no tengas su historia. Mil veces te contaré cómo se fue de niño al barbero para que le cortara el pelo al cero, harto de que sus hermanas le peinaran con raya. No estudió mucho, pero sabía de la vida. Te recitaba de memoria toda la geografía española. Y eso que apenas había viajado. Nos ayudaba con los deberes. Un día, cuando yo todavía iba a Primaria, miró mi libro de clase y me dijo que lo único que él iba a poder aportar a partir de entonces a mis estudios era prepararme la merienda. Me encantaba que me rascara la espalda con sus manos trabajadoras, llenas de durezas. Íbamos a pasear y me señalaba las balaustradas que había hecho él en la fundición. Él se encargaba de los moldes. El escudo de la Confederación hidrográfica del Ebro lo hizo él. Estaba orgulloso de eso. Era un contador de historias nato. Se sabía todos los refranes. Los estorninos nos dejan sin gorriones y todas sus lecciones. Salió de su pueblo de crío, huyendo de la Guerra. Su familia y él consiguieron llegar a Barcelona andando, esquivando los bombardeos. Háblame de la Guerra, abuelo. No se me olvida el olor a muerte. Y el hambre. Sobre todo el de la posguerra. Casi me hace racista. Se disfrazaba de Rey Baltasar y a mí me daba grima que me manchara la cara al darle un beso. Pensaba que eso ocurría con las personas negras. A su familia le pusieron el mote de Los nidos, tu abuelo y yo no recordamos bien el porqué. Fumaba Ducados, aunque lo dejó hace más de veinte años. Siempre nos lo arreglaba todo. No quiso ir nunca de viaje con el Imserso, decía que muchos de los autobuses de jubilados se accidentaban, y que era una maniobra del gobierno para ahorrar pensiones. En las celebraciones, se bebía el champán como si fuera agua. Sus litines. Su sentido del humor. Su conversación infinita. Su alegría al saber que su bisnieta llevaba primero el apellido Elhombre y no se iba a perder. Tenía miedo de no llegar al año dos mil. Cuando le recordaba que estaba viviendo una prórroga muy larga, me decía que parecía que me jodía. Todas sus cosas que no significan nada en un escaparate, pero que a mí me cosen el cuerpo. Te regaló un traje de chica, bien rosa y con bolillos, lo hizo para chincharme, porque nunca llevó bien que se le dijera lo que tenía que hacer. Ahí estáis los dos, con tus tres meses y sus noventa y un años, hace algún tiempo. Reís. Llevas puesto su regalo. Parece que os da la risa de verte tan repollo. Me gusta esa foto. Te llamaba paniquesa.

 

Tu bisabuelo se empezó a morir, el día que dejó de tomar su carajillo de ron después de comer. Porque cada persona se sujeta a la vida con algunas cosas, y, cuando le faltan, se desmorona. Como el juego ese de piezas de madera en el que si quitas una, se caen todas. Todos los años se quejaba de que los del Ocaso le subían el seguro, por no morirse. Ya no te lo subirán más, abuelo. Recuérdalo tú, recuérdalo a otros, me digo. Entramos en su casa vacía y enseguida te sorprendes al no verle sentado en el sofá. Él tenía dos fotografías enormes en casa. Eran de cuando os conocisteis. Vino a vernos al hospital. Le pidió a tu tía Ziara que imprimiera las fotos en grande y escribiera en ellas la fecha en la que naciste y la leyenda Mi cuarta generación. 91 años nos separan. Me llevé esas fotos. Y tú no las has soltado. La miras, sonríes y le das besos. Feliz y sin tristeza. Y así nos agarramos a su recuerdo.

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