Diario de unas células madre XI

 

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En diez días he pasado por un catarro, unas anginas y un virus estomacal. Todo eso. Todo eso y la falta de sueño. Dormir cuatro horas al día, ahora, es una buena noche. No era así hasta hace poco. La guardería tiene la culpa. El primer año de guardería es duro, me dicen. De octubre a marzo la vida va a ser un virus permanente. He pensado en llevarte a la guardería con escafandra. Me gusta la palabra escafandra, quería escribirla en este texto. Dejarla aquí es como regalártela para cuando sepas leer. Tú. He empezado hablando de mí. Yo he enfermado porque lo has hecho tú. Fiebre, mocos, tos. Todo dentro de lo normal. Diagnóstico: guardería. A veces creo que no vas allí junto a otros niños y niñas y que tus compañeros son, en realidad, unos virus. Como si fueran los dibujos de Una vez la vida. Porque los virus no los llevas tú, eso está claro. Son los demás. Tú eres como los linfocitos de la serie, que viajaban en naves soltando anticuerpos. Pero no puedes luchar contra todos. Da coraje verte enferma. Toda tu energía se vuelve niebla. El cuerpo se te convierte en herida. Sólo quieres brazos. No juegas, no quieres bailar ni leer cuentos. Se te pasa por un momento la fiebre, vuelves a ser tú. Aprietas el morro para intentar imitar el sonido de una vaca. Te divierte que te enviemos de un lado a otro de la casa diciéndote que dejes algo en un sitio. Entiendes todo lo que te decimos. No te pilles las manos con el cajón, ten cuidado. Y posas las manos lentamente en el frontal, para no cogerte los dedos. Siéntate. Arriba. Uno, dos y salto a la de tres. Te encanas de risa. ¿Quieres comer más? Y mueves la cabeza de un lado a otro señalando un no como respuesta. Jugamos al escondite. Cada vez te salen más palabras. Nos imitas. Empiezas a llorar y a querer que te coja de nuevo. Creo que mañana no habrá guardería. El otro día te llevamos y tus abuelos te tuvieron que ir a buscar. Unos padres deciden tener un hijo y a toda su tribu les cambia la vida, los horarios, las rutinas. La tribu. Trabajar, criar y los daños colaterales. Tener una red que soporte los virus. Yo no consulté a mis padres si querían ser abuelos, pero serlo les ha hecho tener que replantear su vida cotidiana. Y están felices, sí. Les gusta estar contigo. Pero no quiero ocuparme de ti de forma delegada. No quiero saturar a otros con mi decisión de ser madre. No digas tonterías, dice tu abuela. La tribu manda. Estamos las dos muy cansadas. Apenas podemos dormir. Te despiertas constantemente pidiendo agua, molesta por algo. La pediatra dice que tienes inflamación en los oídos. Nos da antibiótico. Es la primera vez que lo vas a tomar. Te gusta. Me has recordado a tu tía, siempre se quería tomar su medicación y la mía, le encantaban los jarabes y demás medicamentos. Vuelves a estar un poco mejor. Empiezas a ir de habitación en habitación empujando lo que pillas. Arrastras el cubo de la ropa sucia, veo que ahí tienes guardada una galleta de ayer. La banqueta, tu tren, un envase de plástico, cajas de leche…Tienes alma de tractor. Cenas bien. El que come, escapa. Dice tu bisabuelo. Te quedas entre mis piernas mientras ceno. Pides que te dé algo de lo que como. Te limpio un moco verde y te pongo cara de asco. La imitas y te ríes. Has descubierto que te encantan los bolsos. Coges cualquier bolsa que encuentras y te la echas al hombro. Tú misma te vas construyendo a pedazos. Es divertido ver el modo que tienes de descubrir el mundo y de hacerlo tuyo. De ponerle tus gustos y tus manías. La manera en la que me metes la mano en el sujetador para tranquilizarte, tu forma de reír, tus palabras, gestos o que te guste llevar bolso. Eres tu propio molde. Un molde precioso de mocos verdes y una bolsa de tela al hombro. Queremos que se vayan los virus, ¿a que sí, mi vida? Me miras y mueves tu mano diciendo adiós, sí, que se vayan. Les dices adiós y te vas de ellos, empujando tu tren con tu bolso al hombro.

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