Contarnos en la red

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Soy una mujer. Occidental. Nacida a finales del s.XX. He engendrado, parido y voy criando dos hijas. Estas experiencias han tenido un significado profundo para mi. Un antes y un después. Todas y todos los que han tenido una experiencia transformadora en sus vidas deben saber de qué les hablo. Me gusta pensar en ello, reflexionar sobre sus consecuencias en mi vida. Pero me doy también cuenta de que la maternidad va mucho más allá de la experiencia personal. Mis palabras acerca de ello tienen consecuencias más allá de mí misma.

La experiencia de ser madres nos ha moldeado como mujeres. Porque lo somos, porque no lo somos, porque lo intentamos, porque no queremos, porque lo hacemos mal o porque lo hacemos bien. Es inevitable que todas hayamos pensado en ello. Es inevitable, si pensamos en ello, darnos cuenta de que el discurso oficial (de esta sociedad patriarcal) ha hecho con nosotras, prácticamente lo que ha querido.

A continuación os hablaré de porqué me parece interesante que hablemos sobre ello, que las mujeres hablen de sus experiencias maternales, de las repercusiones en sus vidas y porqué no es casualidad que os esté escribiendo en un medio digital, desde la red.

***

Empiezo intentando desmitificar un mito. Dicen que la Virgen María y su madre, Ana, son los modelos imposibles que los hombres desde la Iglesia han creado para nosotras, las madres. Si bien esto es cierto, incontestable diría, también es verdad que hubo un tiempo en que las verdades y modelos no eran tan inamovibles como podríamos pensar. Por ejemplo, María y su madre tenían cierta capacidad de adaptación.

A finales del siglo XIX un viajero parisino llegó a un pueblecito bretón. En la Iglesia de la localidad vio una anciana rezándole a una imagen de Santa Ana. Se sorprendió del gran parecido entre ambas y le preguntó si se daba cuenta de ello.

Cómo no vamos a ser parecidas. Ella es abuela y bretona como yo. Respondió la mujer.

Después de alguna indagación más, el viajero descubrió que Santa Ana, la madre de la Virgen María, era muy venerada en la Bretaña y que allí se creía que, de hecho, había nacido allí, entre ellos (Se la habían apropiado y hecho a su imagen y semejanza).

Así pues, con esto quiero contar que si bien es verdad que el patriarcado (el estado, la Iglesia, etc) ha querido decirnos quienes éramos y como deberíamos ser (qué decir sobre su interés, sobre todo, lo que tiene que ver con la gestación y la llegada al mundo de criaturas) es importante saber que no les ha sido fácil. No nos imaginamos lo difícil que les ha resultado apoderarse de todas las conciencias, moldear a su antojo todas las actitudes. Les ha costado Dios y ayuda. Siglos y siglos de represión(es). A diestro y siniestro. Y sí, al final hay que reconocer que casi consiguen acabar con cualquier asomo de duda.

Un día los mismos inquisidores que habían quemado a la vecina por bruja, entraron a la pequeña iglesia del pueblo, quitaron a esa talla de rasgos locales y pusieron la imagen de una virgen distante.

Pasaron algunos siglos más y nos encerraron en pisos y nos dijeron que nuestra comunidad la encontraríamos en la pequeña pantalla o la radio o los periódicos, en las revistas (malditas revistas femeninas)… Todos ellos medios que no dan la oportunidad de contestación. Todos ellos contaban modelos de maternidades imposibles y frustrantes.

Modelos de cartón piedra. Esas eran (y son) unas madres tan poco interesantes, tan difíciles, tan buenas (con el sistema), tan rematada y escandalosamente buenas y perfectas…No quiero ser esa clase de madre. No tiene nada que ver conmigo. Lo que me ha costado más es saber que no tiene nada que ver prácticamente con ninguna madre que conozco.

Pero, ojo, porque tampoco quiero ser una mala madre. Porque parece que la única salida es por la tangente. Porque si me visto de mala madre, cuidado, porque solo habrá unos perjudicados, los de abajo (en este caso mis hijas). Tengo claro que ellas son las últimas a las que quiero herir (aunque sea difícil). Y para ello creo que es necesario que mi dedo acusador señale hacia arriba y no hacia abajo. El problema no son ellas sino las malditas normas que nos han hecho tragar. El estrecho corsé en que nos hacen entrar. Y no las quiero convertir en daños colaterales de mis problemas, al menos quiero intentar que no lo sean en la medida de lo posible.

Pienso en ello, sí. Mucho. Algunos pensamientos me causan heridas. Por ejemplo, mi principal problema por ahora, el que realmente me preocupa, es no proyectar en ellas demasiada porquería. Y lo hago. Les lanzo porquería de vez en cuando y sin querer o queriendo…y vivir con eso es difícil.

Toc-toc…¿hay alguién por ahí que también esté preocupada? ¿hay alguién como yo o diferente que quiera compartir sus dudas? ¿Hay alguién como yo que disfrute tanto de esto (a veces y a pesar de los pesares)? ¿Hay alguién que llore casi al mismo tiempo de dolor y alegría?

Pues parece que sí. Sé de algunas. Nos encontramos en la red. Hay muchos espacios en Internet que me reconfortan y me sirven. Internet tendrá muchos fallos, pero permite el diálogo. No encierra los discursos y los deja solos. Podemos contestar y contrastar.

Allí encuentro mujeres que me gustan. Son madres. Algunas que no han parido y gozan. Algunas que han parido y sufren. Algunas que no tienen hijos pero tienen madre. A veces, algunas se estiran de los pelos cibernéticos. Otras se dan grandes abrazos. Es evidente, si te das una vuelta por el ciberespacio, que muchas de nosotras estamos deseosas y necesitadas de hablar de ello. De pelearnos, también, por qué no.

Nos han contado tanto los demás. Nos han dicho tanto cómo éramos, cómo debíamos ser, cómo teníamos que hacer las cosas, cómo no debíamos hacerlas. Mensajes más peligrosos de lo que pensamos. Mensajes que controlan nuestra maternidad, nuestros cuerpos y nuestras acciones.

Contemos nosotras nuestra experiencia en primera persona. En voz alta. En la red y en la calle. Cada vez que veamos a una madre hagámosle un guiño. Yo intento juntarme con todo grupo de madres que haya a mi alcance. Contemos, contemos a todos cómo nos sentimos. Seamos indulgentes con nosotras mismas. Encontremos modelos como los de aquella abuela, que iba a rezarle a una señora que se parecía a ella. Como ella, no se lo pongamos fácil a los que quieren hacernos pasar por su molde. Queremos conocer a madres de todas clases. Abrir el abanico de posibilidades, convertir la maternidad en un mosaico de posibilidades. Tantas como madres, tantas como criaturas. Modelos reales en los que anclarnos y así hacerlo mejor. Vivirlo mejor.

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