Diario de las ficciones elegidas V

La diarista con su yegua.

La diarista con su yegua.

La última vez que nos vimos, antes de despedirnos, F. me regaló un poliedro transparente, en realidad un Hexaquisoctaedro, amuleto que puede cómodamente guardarse en la mano cerrada. “Para que te reconcilies con todas tus caras, me dijo”, y empezó a enumerar…

Viernes, me encontraré al final del día con viejos amigos, amigos “de siempre” que también viven en Londres. De pronto he sentido una enorme necesidad de compartir con personas que me conozcan desde hace tiempo… que hayan viajado conmigo por todas mis caras. Solamente esa experiencia, el recorrido y la aceptación, pueden ahora evitar que yo me sienta en el compromiso de ofrecer exactamente lo que la otra persona espera de mí: como un espejo raro, reconozco la expectativa, la fantasía y la proyecto de vuelta mutada, con algunos toques a capricho.

Que la regla general sea que nadie tenga conocimiento previo de ti resulta extenuante muchas veces. Como estar atrapada en una pesadilla circular de presentaciones: nombre, edad, estudios, preferencias…

Vuelvo a los archivos, para buscar relatos de mí.

Apartado infancia: obsesiones en la infancia, separaciones dolorosas en la infancia, sentimiento de no ser comprendida por las sensibilidades adultas en la infancia

En todos esos apartados hay trazos de mi yegua negra. Yo una vez tuve una yegua negra, que compré de potrilla con mis ahorros de la primera comunión. Era fuerte, raza mixta de sangre fría, similar a los frisones que recortaba de las revistas de caballos y pegaba en libretas. Memoria semi-traumática: la Sara de 23 empieza a sentir la congestión que preludia el impulso de llorar. Llanto y yegua aparecen siempre unidos. Recuerdo llorar con rabia, mirando por la ventana a ese tipo que habían traído para intentar domar a mi hermosa desconfiada, un tipo de pelo largo y brazos musculosos, ojos sobreexcitados, que se hacía llamar “susurrador de caballos”. En mis intensivas lecturas infantiles sobre etología y doma alternativa, yo me había negado a hacer pasar a la yegua por otro proceso… y bueno, sinceramente pensaba que era innecesario, ella y yo nos entendíamos, habíamos pasado ya 24 meses juntas susurrándonos ―quien ha tenido esa conexión con un caballo lo entiende: el caballo siempre puede destrozarte con una coz si está asustado, siempre puede pisarte por error y entonces hay que entrar con él en una especie de cortejo delicadísimo… la yegua y yo rostro apoyado contra rostro durante horas, compartiendo una barra de pan… bajo el agua fresca de la manguera en verano, cepillando el pelaje lleno de polvo, ese olor de la capa de grasa que protege su piel…

Todo lo que sé del tacto, todo lo que sé del cuerpo, lo aprendí primero con los animales de mi infancia.

La escena con el susurrador fue más que violenta: la yegua había decidido no dejarse montar por ninguno de los tipos que lo habían intentado hasta entonces, tampoco por los hombres de mi familia; y eso a los hombres de mi familia no les gustaba. Pero yo no quería solo una montura, yo quería a mi yegua negra, mano a mano por el monte, como un perrito. Y los orgullos malheridos de los hombres de mi familia nos hacían pasar a ella y a mí por una cadena de episodios torturantes…

Ella intentaba con fuerza (y su fuerza era mucha) zafarse del “susurrador”, que ahora no ahorraba en golpes, gritos, tirones de crines. Trataba de ganarse la admiración de mi padre, y estoy segura de que se sentía el maldito héroe en la película de vaqueros. Recuerdo bajar de pronto del segundo piso llorando con rabia y aullando todas las barbaridades de odio, odio total, al farsante aquel. Cuando conseguí que se fuera la yegua temblaba, y yo temblaba.

Memoria semi-traumática: estoy en una comida con toda mi familia relatando este suceso y nadie me toma en serio. Lloro, y mi llanto argumentado les incomoda, hay palabras de consuelo, pero no encuentro comprensión.

Los niños sienten en muchas ocasiones cosas horribles hacia los adultos, que les educan de tal manera que se aseguran de que guardarán silencio sobre esas cosas en el momento, en el futuro.

Recuerdo muy bien a la niña: la niña nunca ha sido una etapa, es la que siente y calla, para no dañar.

La Sara amiga de la yegua negra, después de una separación impuesta “ese caballo era demasiado peligroso para ti” comenzó a pensarse a sí misma como una niña-sin-caballo, a pesar de que durante una temporada mantuvo una fotografía de la yegua pegada sobre la cama (era una especie de fidelidad, se sentía horriblemente culpable por no haber podido evitarlo) y de que también lloraba a menudo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *