El Día de las Escritoras debe ser siempre

 

Mujer leyendo de Matisse.

 

 

Me gusta trabajar en el salón principal de la Biblioteca Nacional. A pesar de la cantidad de gente que puede ocupar sus largas hileras de puestos, los techos altos, el silencio y la madera consiguen la abstracción y la paz necesarias para pelearse hasta con la escritura de una tesis doctoral. Es un pequeño lujo en el centro hoy tan abanderado de Madrid que las chicas de provincias celebramos con lujuria bibliófila y con cierta pasión histórica. Cuando acudí el año pasado, después de mucho tiempo, me sorprendió el “lectora” de la pegatina identificativa que te colocan a la entrada. Fundada en 1711, la casa no admitió esa posibilidad, la de la consulta, lectura y trabajo de las mujeres en sus salas, hasta 1837. Aquella visita mía del otoño de 2016 coincidió con la celebración del primer Día de las Escritoras, empeño de la Biblioteca pero sobre todo de la Asociación Clásicas y Modernas para hacer visible lo que todavía hoy sigue mirándose de forma extraña. Hace unas semanas de la segunda conmemoración de las ancestras y, a juzgar por el entusiasmo en las redes, la reivindicación tiene algo de manantial de agua pura en escenario contaminado y postapocalíptico. Como de forma general la acumulación de días de algo suele conducirme a un estado a medias entre la misantropía y la consternación, me guardé mis notas al respecto para otra fecha cualquiera. Porque el Día de las Escritoras ha pasado a ocupar un lugar importante en mi calendario particular, no tanto por obviar el hartazgo celebrativo de las conmemoraciones —algo imposible—, sino por anclar políticamente una identidad, la de escritora, que todavía hoy hay que ganarse a pulso. Retrasar la reflexión al 1 de noviembre me permite, además, traer a esta Tribu a una de mis más queridas vecinas, la escritora madrileña Rosario de Acuña, nacida en tal fecha de 1851 y cuyos restos están en el cementerio de Gijón, ciudad en la que vivió a comienzos del XX y donde murió en 1923. Sí, I’m a nineteenth century fox.

 

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Pero para enlazar la efeméride con la escritora se hace precisa una breve detención biográfica: Acuña nació, como decía, en Madrid. Procedía de una familia acomodada y que contaba con esa rara avis que perla las biografías de casi todas las pioneras en su siglo y en el pasado, un padre dispuesto a creer que las mujeres eran, además de paridoras, personas capaces y con derechos. Esto permitió que tuviera si no una educación intelectual de élite en centros reglados para entonces cerrados al sexo femenino, sí el acceso a la biblioteca paterna, a la conversación cultural, fermentos bien empleados para labrarse un camino autodidacta. Acuña saltó a la fama equivalente que hoy puede dar vender muchos libros, un buen premio o reseñas bien colocadas en el pertinente juego de afinidades electivas con una obra de teatro, Rienzi el Tribuno, estrenada con tremendo éxito en 1876. Esto le deparó aprecio crítico y la posibilidad de franquear barreras casi imposibles, como la del Ateneo de Madrid, reducido a señores salvo en días festivos en los que se permitía la asistencia de esposas, hijas y otras damas familiares, donde pudo leer sus poemas convirtiéndose en la primera mujer en hacerlo. Entre sus preocupaciones de entonces brilla la idea de la libertad, entendida en un sentido todavía impreciso, en formación, que entronca con ideas sobre la condición femenina un tanto ambiguas, vinculadas a la literatura doméstica: un poquito de escribir, un poquito de pensar, nada, por ahora, de subvertir. Se casa con un mozo bien plantado y se va a vivir al campo, espacio que ella desea aunque al flamante marido le tiran más las luces de la ciudad. Sabemos que Acuña sufre cuando ve que del ideal al fulano media mucha desesperación y que hizo el resto de su vida, hasta enviudar, más o menos como quiso y desentendida del que había sido amado esposo. Porque lo interesante, claro, es el resto de su vida. Un día tranquilo de 1884, la todavía autora joven trastea entre las compras y se queda absorta leyendo el papel de periódico en el que vienen envueltas. Bajo un título que como todos los de entonces suena grandilocuente, Las Dominicales del Librepensamiento, le atrapa la prosa de combate, las ideas de cambio, la comprensión clara de la burbuja de clase y de conciencia en la que ha vivido hasta entonces. Lo que eran intuiciones informadas cristalizan en epifanía. Rosario de Acuña decide adscribirse a una doctrina, el librepensamiento, que equivalía casi tanto a ser hoy por hoy militante de la CUP. Porque pensar con libertad implicaba, en aquella España, pensar sin iglesia católica, algo mal visto en los varones y pecado, aberración y condena asegurada para las mujeres. No le importó. Decidió profesar ese credo laico (se adscribió también, tiempo después, a la masonería, y acabo sus días venerada por sectores obreros de todo el territorio del Estado) y poner su palabra, renegando de lo escrito anteriormente, al servicio de la libertad de las mujeres y de la reforma del campo y los modos de vida política y social del país. Esto le supuso, a partir de entonces, tres décadas de libertad personal y miseria material que componen una trayectoria coherente hasta el último suspiro. Porque cada vez que Ferreras pronuncia ese mantra del “más periodismo” para despedir sus tertulias políticas es pertinente recordar que antes fue trabajador del Madrid de Florentino Pérez pero a Rosario de Acuña le tocó exiliarse de España en 1911 por denunciar en un artículo el acoso sexual al que unos gilipollas habían sometido a unas estudiantas norteamericanas de la universidad a la que, por cierto, las españolas podían acceder libremente sólo desde 1910. Por situar el “más” y el “periodismo”. Acuña fue propagandista, fue intelectual, fue agitadora de la causa de las mujeres aunque escéptica conceptualmente ante lo que hoy llamamos feminismo. No por desdeñarlo, sino por considerar que a su generación le tocaban la brega y el sinsabor y eso de emanciparse iba a ser cosa, con un poco de suerte, de otro siglo. Y como ha pasado uno más de su cuenta de progreso, justo es traer entonces, tras la biografía, sus palabras sobre la escritura y por qué, rehílo, el Día de las autoras que conmemora a Santa Teresa es un acto político fundamental para rescatar nuestra memoria del olvido.

 

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Rosario Acuña.

 

En la ingente obra de Rosario de Acuña, compilada hace unos años de forma magistral por José Bolado para la editorial asturiana KRK, la reflexión sobre la escritura, el amor propio y la dignidad que ha de sostener todo proyecto de vida libre vinculado al pensamiento y la acción pública aparece casi en cada escrito, incluso en los que compuso antes de tomar partido de forma radical por todas las desheredadas del pensamiento. De esos amplios cabos, quiero recoger en este artículo dos: su prematura denuncia del mansplaining y de lo que hoy es ciberacoso pero entonces sucedía por vía postal y el vínculo claro entre autoestima, conocimiento y seguridad personal para enfrentar un medio poco dispuesto a aceptar a las que se salían del tiesto. Vamos a los trolls. Como ha explicado la crítica, su opción política le deparó insultos y le hizo perder la protección de estatus que le brindaban la clase social y el ser inteligible para el sistema como escritora de temas acotados a un abstracto “femenino”. Para mayo de 1885 escribe “A lo anónimo”, una carta demoledora y sarcástica dirigida a esa “apreciable e incógnita criatura que vives en la sombra”. El artículo nos deja ver que no era infrecuente que la escritora recibiera, ya en fechas anteriores al año 84, cartas o notas con amenazas, consejos, reconvenciones e insultos relacionados de forma clarísima con el hecho de escribir. Extracto un párrafo:

 

¿Qué te propones al endilgar las advertencias, lamentaciones, consejos, y hasta amenazas, que son de rúbrica en tus escritos enmascarados? ¿Presumes que, si la aduana que me los decomisa no existiera, y estos mis ojos que la tierra, el mar, o el fuego se tienen que comer, los revisaran, llevarían al fondo de mi alma un conato de compunción mística, capaz de dar con mi cuerpo en los mismísimos desiertos de la Tebaida? ¿Piensas, pobre simplón, que tus frases enconadas, por mucha podredumbre que en ellas hubieres puesto, podrían conmover, como descarga eléctrica, todas las ramificaciones de los ganglios de mi individuo? (Te diré, porque Lo Anónimo no suele estar fuerte en anatomía, que estos ganglios son una cadena de nervios, que se extiende por ambos lados de la columna vertebral, y aun por grupos importantes en las demás cavidades y vísceras del cuerpo humano.) ¿Supusiste, acaso, mientras vertías tu miseria en el papel, que acá, dentro de mi ser, resonaría tu voz, si lograra penetrar, como en caja vacía, y con el compungimiento y los pucheros entrecortados de un niño a quien se le escapa un pájaro, iba a encontrarse ante lo sibilítico de los tristes augurios que estilas de ordinario, con que se me habían volado del magín las idealidades sobre la inviolabilidad de la conciencia humana? ¿O es que te imaginaste, pobrete, que con decirme acaso “que usurpo los destinos del hombre”, que viene como de molde cuando se escribe a una mujer, caería, como suele decirse, de mi burro (que para ti un burro debe ser algo así como mi orgullosa ignorancia), caería, repito, del burro de mi ignorancia, y con lágrimas como puños, y un “¡no lo volveré a hacer más!” había de ir, contrita y ruborosa, a besar la mano a los redactores de Las Dominicales, después a todos sus colaboradores, y aun a todos cuantos varones encontrase por esos mundos de Dios, para que me diesen la absolución del pecado de haber pretendido usurparles sus destinos? ¡Calla, tontín, y piensa con despacio en tus intenciones y verás que acusan, sobre todo, una candorosa ignorancia!

 

Bajo el estilo de época, ese comentarista anónimo se nos presenta como cualquiera de los que con nombre público o sin él se despachan en redes sociales contra periodistas, feministas, escritoras, mujeres varias que incurren en un doble tipo de conducta: la de sostener opinión política sobre la vida y sus asuntos y la de hacerlo, además, diciendo abiertamente que es desde el feminismo que articulan su pensamiento, lo que implica señalar sin muchos melindres cómo funciona el poder, qué señores lo detentan de mala manera y otras reflexiones elementales de democracia, justicia y derechos que ofenden a una parte numerosa de esa otra mitad de la humanidad que bien podemos despachar copiándole a Acuña el “tontín”. Ni hablar de libertad de conciencia, ni “usurpar” destino ajeno. Con ironía, la madrileña se fabula disculpándose ante cada varón, empezando por los de su medio de comunicación y siguiendo por el globo entero, para subrayar la absoluta estupidez que reina en el cerebro de esos hombres que nos explican cosas, fenómeno que no es ajeno a casi ninguna lectora de esta web y que reconocerán especialmente las que además sean autoras.

 

Porque al fenómeno de la violencia, la amenaza y el insulto que tan frecuente es hoy ante la “mujer pública” que expresa opinión (y pienso en las gravísimas amenazas que no deja de recibir Cristina Fallarás por hablar críticamente del franquismo, recordemos, una DICTADURA), va unida también la displicencia con que las escritoras somos recibidas en ciertos espacios y en muchos momentos, especialmente aquellos que podemos considerar pre o post, la inevitable sociabilidad y conversación en eventos literarios que lleva a departir, por elemental cortesía, con personas de las que presupones la implicación en la cosa de escribir. Salvo que se trate, claro, de escritoras. Lo cuenta con retranca también norteña Laura Casielles, pero sin poner en valor la dimensión exacta de su ejemplo: más de una vez me ha tocado ser testigo de la pregunta del plasta de turno que se las da de gran autor delante de una muchacha con varios libros publicados y, entre ellos, uno con premio nacional, datos todos que el susodicho ignora, claro, no le interesan y desde luego no va a consultar a posteriori del corte educado de la respuesta. Es justo decir que esto nos ha sucedido, a ella como protagonista que se guarda los galones con tranquila normalidad y a mí como cronista encendida, también con alguna señora; pero en el conteo ganan quienes en el fondo también se acercan, Casielles me perdonará, porque dos ojos azules en rostro armónico que tiende a escuchar con interés por elemental educación cuando le hablan tiran más a ciertos elementos que el molestarse si quiera en conocer la obra, pensamiento, publicaciones y trayectoria de una de las voces más interesantes en la poesía actual pero también en la reflexión y práctica política sobre este tiempo nuestro. Como señalé hace unas semanas reseñando la maravillosa Preciosa sangre. Diarios íntimos de Teresa Wilms, su “¡qué somos camaradas!” como corte ante los babosos que excedían el intercambio intelectual en las tertulias evidencia, sobre todo, que no lo somos, que llegamos a los espacios literarios todavía hoy más como animales mitológicos para fantasías y composiciones de lugar ajenas que como sujetos pensantes.

 

Para 1917, repasando su trayectoria en una carta destinada a un soldado español alistado en el ejército francés como voluntario durante la Gran Guerra, Rosario de Acuña expone su temprana vocación por las letras, resultado además de una ceguera parcial y otros problemas de visión que la apartaron durante mucho tiempo de la vida normal. Una vez curada, cuenta que buscó “ávidamente mayor cultura, y volé a los estudios de la literatura, largo tiempo vedados para las mujeres españolas, y en los cuales apenas cosecha —la que se atreve a desafiar el ridículo y la desestimación— otra cosa que la pobreza, el desamor y la soledad”. Para su tiempo, la posibilidad literaria ya no aparecía como un imposible por sexo, pero sí como un campo en el que el insulto, la sátira y las faltas de respeto eran constantes. El premio, la condición de vivir con libertad la voluntad de escribir, fue para ella pobreza, desamor y soledad. El extracto puede hacer pensar en tristeza o rabia en sus palabras y sin duda algo de eso hay. Pero hay, sobre todo, convicción. No era la pobreza un demérito en el código ético de Rosario de Acuña, aunque doliera y desde luego no es mi intención hacer un canto a la vida precaria, sino sólo subrayar la coherencia de pagar un precio cierto por la propia libertad. Desde luego el desamor, en un sentido general y en un específico de pareja, tampoco será ajeno a quienes se han encontrado con la imposibilidad de ser quienes desean ser acomodándose a lugares en los que para aguantar hay que hacerse de menos, algo que en el ámbito intelectual y artístico brilla hasta cegar en casi cada ámbito, en nuestra generación y en algunas pasadas. La soledad, sin duda alguna, es una hermana: una conquista cierta de dignidad que, a veces, tantas veces, pesa y envuelve, aunque no destruye esa íntima orden de batalla. Lo que nos muestra la cita es que el camino escogido por Acuña y por tantas otras pioneras de entonces no fue sencillo y, desde luego, no fue inocuo para sus condiciones de vida: las perdieron, cuando eran acomodadas, como condición de libertad porque si querían escribir sin ceñirse a lo esperado, a lo tolerado, a lo simple, perdían su posición respetable y al hacerse públicas bordeaban, de nuevo, la categoría de “putas”, arrojada como insulto, desprecio y patente de violencia sobre sus cuerpos y vidas.

 

El ámbito de la literatura no es ya así de forma general, claro. Por suerte. Ignoro si es por convencimiento: si al final los años, los lustros, las necesidades sociales que avanzan lo justo ante los cambios y los anhelos de la gente, no han sido los artífices de que se tolere la presencia de las mujeres en los ámbitos del pensamiento y la creación sin que ello suponga, en el fondo, que bajo cualquier alfombra no aguarde la más rancia, agresiva y castiza misoginia. También nosotras somos más fuertes y podemos ejercer la memoria activa de reivindicar los lugares con conocimiento del pasado y de sus luchas. Día de las Escritoras. Una fecha en el calendario que hace vívida esa conciencia y que aborda el complejo empeño de reivindicar a quienes vinieron antes al tiempo que se exigen en el presente espacios de libertad, de justicia e igualdad en el trato. Una fecha para hacer más fuerte la lucha contra las representaciones que todavía nos tienen entre musa y femme fatale y condicionan muchas comunicaciones y contactos en el más intrascendente recital de poesía, pero también en la recepción crítica de nuestras obras, en la consideración de nuestros trabajo, incluso en eso de lo que no se suele hablar pero también importa: en el premio entendido también como reconocimiento material, posibilidad de vida profesional como autoras. Una fecha para forzar una genealogía, algo inevitable e imprescindible en un país que no tiene memoria democrática de su siglo XX y sí cuarenta años de silencio y vaciado de las mentes y su capacidad de pensar. Día de las Escritoras. Que sea siempre, que sea también hoy, una constante reivindicación política.

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