Zama

 

 

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ZAMA

Lucrecia Martel

(2017)

 

Si una ve el tráiler oficial de la última película de la directora Lucrecia Martel, podría decir que Zama es un hombre, un político de rango inferior, que en algún lugar inhóspito de Sudamérica, espera su traslado a España. El tráiler empieza como una carta: la esperanza escrita del hombre que le dice a una amada lejana que ya falta poco para el traslado.

 

La lógica indica que si la película dura casi dos horas (114 minutos), estas tratarán sobre el tiempo trascurrido de forma lineal desde la esperanza hasta el desenlace. Pero es que una de las virtudes de Zama es que no transcurre en un timeline horizontal, sino que el tiempo como en la vida (de algunos o algunas) transcurre de forma vertical, profunda, transversal; en el otro sentido, vamos.

 

Zama es una adaptación del libro de nombre homónimo del escritor Antonio di Benedetto, Zama, pero bien podría haber sido una adaptación de El Corazón de las Tinieblas de Joseph Conrad publicada en 1899, un libro sobre un río. La cualidad del agua del río, es que aunque parezca que en la superficie el agua va en una única dirección, en la profundidad discurre en varias. Entonces Zama, un ser manipulador, miedoso y podrido nos sirve para mostrar una sociedad satélite de la española del siglo XVIII, una sociedad que  invadida por la naturaleza exuberante, aturullada por el río presente, lejos de la ley y de los ojos de seres que nos conocen, se representa tal y como es: degradada, sucia e inmoral.

 

 

 

 

Pocas son las películas contadas desde Sudamérica sobre la época colonial, (pocas en comparación con el archivo generado por un solo país sobre su época de colonización: las pelis de indios y vaqueros), en concreto en la Argentina. Es quizás una visión actual el pensar el país como paisaje previo a los europeos, y de ahí puede nacer Zama, un hombre que mira el paisaje como quien mira hablar un lenguaje que no es el suyo, y cuando se dispone a hablar intenta que lo comprendan hablando un idioma lejano y ciudadano. Por lo que empieza a nacer una perversión de los términos y de los significados. Permisos, papeles, ordenes, archivos, cartas. Un hombre le dice a Zama: “¿la firma de quien puede dejar sin libertad a un negro?”, en respuesta a una petición de una familia colona para que se les envíe negros para trabajar, porque han matado a todos los que había en sus tierras. Por lo que el idioma empieza a utilizar “trabajadores” en vez de la palabra esclavos. Permisos en vez injustica.

 

Los esclavos negros provenientes del comercio portugués parecen ser un recuerdo lejano en la conquista del continente, como si aquí no se pudieran contar historias de esclavitud. Y de esta presencia incógnita nace una de las presencias más increíbles creadas por Lucrecia Martel: los negros vestidos de forma extraña que se pasean, que se quedan quietos en taparrabos y levita, formando figuras que van desde lo grotesco, humorístico y exótico. Llevan mensajes de señores a señores, acarrean enfermos y niños, cargan bultos, y de todas las presencias que se materializan, esta es quizás la más cercana a las esculturas renancentistas: músculo y ébano. Ellas, en cambio, las negras, apenas hablan, apenas susurran, y se pasean por las casas estrechas y calurosas. Casas y escenarios que parecen sacados de un cuento de Felisberto Hernandez. Porque aunque hay poca filmografía sobre la época colonial (suponemos películas caras), literatura hay abundantemente, pocos escritores y escritoras se han podido resistir a esa vegetación que anuncia un continente no europeo, desde Juan José Saer y su El Entenado, hasta Mujica Lainez y su Misteriosa Buenos Aires. Estos personas esclavas, se mezclan con los indios, indios que aun visten y se pintan como lo hacían, que aún no han sido europeizados, que caminan entre pelucas viejas, y personas enfermas, como si fuesen presencias antiguas en una película de Apichatpong Weerasethakul, hablan de otra sumisión que no es la Zama, de una violencia que no proviene de la selva, sino de los hombres que llegan para hacer de ese lugar un lugar conocido.

 

De la propuesta estética de Lucrecia Martel dos cosas me llaman la atención: los animales y los cuerpos. Los animales aparecen como protagonistas del encuadre, la composición, muchas veces incomoda, tienen presencia de caballos y llamas, como si en este desorden perverso social viviesen todos juntos, en el mismo nivel. Los cuerpos, que los hay de todos los colores, se podrían diferenciar entre enfermos y sanos, brillantes y opacos, fofos y firmes, sería como un catálogo de cuerpos frente a la inclemencia del tiempo. Y llaman la atención porque la profundidad de campo es utilizada hasta en el último rincón del visor, produciendo capas y capas de información a través de los cuerpos que se pasean, se sientan y se quedan. Una de las escenas finales en las que unos cuerpos como llamas rojas entran y salen de un habitáculo, arrastran y golpean, es quizás una de las partes más fascinantes de la película, como si toda ella, la película fuese una excusa para llegar a este momento.

 

Pero más allá de la experiencia estética que propone Lucrecia Martel y que está llegando a un grado sensitivo salvaje. Más allá de los colores y los encuadres que logra su director de fotografía Rui Poças, de la increíble emoción que puede dar si Sudamerica empieza a contar su historia pasada; Lucrecia Martel consigue retratar a un tipo consumido por la espera, por la sumisión a los designios de su rango (¿Qué le impide mandarlo todo a la mierda e irse por su cuenta a España? ¿Dejar de ser?), llevado a empresas absurdas como atrapar a un delincuente llamado Vicuña Oporto, y que sintamos que algo tenemos que ver con él.  Estos seres retratados al margen, en las orillas del flujo del ancho rio de la vida, pueden dentro de su miseria producirnos una ternura propia de una sociedad enferma que ve en el sufrimiento ajeno virtud, insignificancia y oportunidad de aprender. Tal como le dice Zama a su delincuente: Voy a hacer algo que nadie hizo por mí, matar vuestras esperanzas. Porque lo terrible de la espera, de la marginalidad, de la angustia, no es que en si misma destruya, lo sufriente de la espera es la esperanza. Y hay nos volvemos todos seres humanos.

 

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