EL AGUA Y LA ROTURA: VICTORIA RODRÍGUEZ CRUZ

 

 

 

En 1992, vivía en la Alameda de Hércules, Sevilla. En esos días (y meses) me encontraba perdida entre una Sevilla pre-expo convulsa y una Victoria deprimida. Casualmente, un fin de semana de viaje con amigos, descubrí la Sierra de Huelva; era la única sierra andaluza que no conocía. Por algún motivo que aún desconozco, en estos pueblos y paisajes, nada más llegar me sentí reconfortada. Pueblos pequeños envueltos en una vegetación muy humanizada y a la vez muy salvaje, casas de piedras construidas como a trozos, paisajes frondosos… Sin ninguna vinculación previa al territorio, en menos de cuatro meses, me vine a vivir a la sierra, pensando que sería temporal. De eso hace 25 años.

Este verano he conocido a Victoria Rodríguez Cruz. Victoria es fotógrafa y gestora cultural, vive en una casa de muros blancos que guardan todo el fresquito dentro y el suelo de tablas de madera cruje bajo los pies. Fuera, un gato-madeja rueda entre las flores.

Hace ya algunos años, empecé a fotografiar a las personas que forman mi familia. Lo hice en mi entorno, mi casa, mi alberca. Los he fotografiado metidos en agua y jugando con sus cuerpos, sumándole la subjetividad y creatividad de la distorsión del agua y la luz. De manera casual, hallé relación entre cómo los percibo en la vida y cómo se comportan en el agua.

La serie Familia muestra en retratos individuales distintos cuerpos sumergidos. Identificamos el agua por los pliegues flotantes de la ropa, los rostros que contienen la respiración -ojos y boca cerrados, crispados-, la luz refractada.

Primero era un juego, una importante colección para alguien que jamás ha coleccionado nada. Después me entró urgencia, necesidad de atrapar, retener, conservar. A medida que el proyecto crecía, afloraron muchos miedos, miedos a la pérdida, al paso del tiempo. Vértigo. A veces las fotos me han devuelto emociones que aún no había afrontado. He tenido que parar, reposar, dejar su tiempo para poder retomarlas. A la vez he sentido dudas y miedo a hacer daño, sobre todo a mi familia.

Si comparo Familia con otra serie de “retratos en agua”, las Awakened Seriesde David Lachapelle, encuentro diferencias importantes. En David Lachapelle los personajes flotan en un medio enteramente tomado por el agua -no en vano por esa misma época el fotógrafo empieza Diluvio, en el que muestra palacios y museos inundados- con un abandono cadavérico -la postura pasiva, los ojos abiertos-. En Victoria Rodríguez Cruz los personajes viven, aguantan, tocan los límites de ese lugar acuático donde han entrado. “Hallé relación entre cómo los percibo en la vida y cómo se comportan en el agua”. El medio resulta opresor, conflictivo, difícil, pero también lúdico o placentero, y cada uno de los individuos de esa familia lo afronta de manera distinta. En otra serie, tituladaSeres, Victoria retrata insectos que encuentra cerca de su casa. Es una entomóloga, pero no atraviesa a las criaturas con alfileres para enmarcarlas. Las aísla por unos segundos para observarlas mejor y luego liberarlas. El insecto muestra su barriga dorada o sus largas antenas; en el destello hay una impaciencia similar a la de los miembros de su familia, que no podrán permanecer inmersos durante mucho más, pero que se han prestado a dejarse mirar. A la vez, esa posición incómoda ha sido pactada a través de la confianza.

Mi familia no entendía mi proyecto, pero tampoco lo necesitaban, ni siquiera se reconocían en las fotos.

Recientemente, Victoria ha empezado a intervenir en algunas de sus propias fotografías de la serie Familia a través de la rotura. Así conocí yo este trabajo: acción sobre imagen. Victoria se sentaba a trabajar con los fragmentos rasgados.

Hace un año, jugando con mis fotografías empecé a romperlas y componer de nuevo. Tengo que reconocer que siento placer en ello. Es como volver a vivir esos momentos y reconstruirlos. Sobre todo lo estoy haciendo con las fotos de las mujeres de mi familia y mías, pero podría hacerlo con todas las mujeres. En realidad otra vez vuelvo a hablar de mí. Hablo de la necesidad de revisar las cosas que he creído, las que he defendido, las que he visto y las que no he sido capaz de ver.

En la foto rota y recompuesta no se percibe tanto una agresión -no hay tijera, no hay trituradora- como un relámpago blanco, una cordillera sobre los rostros, un cordón umbilical. Pienso en historias de destrucción y guerra: los talibanes que destruyen los Budas de Bamiyan, Stalin que manda borrar adversarios de fotografías, soldados franceses que hacen añicos toda la porcelana de la fábrica de El Retiro en Madrid. Y, frente a esto, artistas que solo rasgan su propia creación como metáfora inmediata de una necesidad de cuestionar el lenguaje y las formas. Alison Bechdel que emborronaba su diario adolescente y en Fun Home interpreta este emborronamiento, Elena Fortún que deshace sus frases en puntos suspensivos, Angélica Liddell bolígrafo en mano interviniendo su propio libro delante del público en la Noche de los Libros 2009. “La literatura como encarnizamiento es una idea terrible y magnífica de Marguerite Duras. Los textos se rompen sintáctica, genérica, lingüísticamente porque esa fractura estilística es una forma ideológica que aspira a reflejar el dolor del cuerpo concreto de una mujer que escribe: una mujer en la que muchas mujeres pueden reconocerse. Y muchos hombres progresistas y sensibles, también”, decía Marta Sanz hace poco. Victoria forma parte de esta corriente crítica y autocrítica, que siente las brechas abiertas y se propone habitarlas.

No puedes volver atrás, no quiero volver atrás. Necesito romper para volver a construir, necesito revisar para cambiar.

Quebrar para no destruir, para acercarlo un poco más a la verdad.

 

 

 

 

 

 (Las dos primeras citas de Victoria Rodríguez Cruz pertenecen a una conversación, escrita, con Jesús Micó).

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